Cuando te pide un imposible

Abrimos algunas ventanas para ventilar porque la casa olía a comida, y le pedimos que estuviera un rato conmigo en una habitación cerrada, para que no pasara frío. Nada, 5 minutillos, muy poco tiempo. 

¡¡Quiero pasar frío!! —pedía a gritos— ¡¡Quiero pasar frío!!

Seguro que te suena un poco.

Ayer, después de cenar, mi hija —de 2 años y medio— tuvo una pataleta. 

Abrimos algunas ventanas para ventilar porque la casa olía a comida, y le pedimos que estuviera un rato conmigo en una habitación cerrada, para que no pasara frío. Nada, 5 minutillos, muy poco tiempo. 

Al poco rato, fue hacia la puerta. 

—Quiero ir con Ama. 

—Ahora no puedes ir con ella, Amara —le dije—. Hemos abierto las ventanas y hace frío. 

Protestó un poco. 

Poco tiempo después, volvió a la puerta: 

—Quiero pasar frío —dijo, mientras agarraba despacio la manilla. 

—No puedes pasar frío ahora —le contesté con cuidado—. No llevas apenas ropa y puedes ponerte malita. Pronto vamos a poder ir con Ama. 

Estalló como una bomba de 15 kilotones. 

—¡¡Quiero pasar frío!! —decía a gritos— ¡¡Quiero pasar frío!!

Hay un vídeo que circula por internet que igual has visto. Se trata de una compilación de niños llorando, y madres y padres mofándose de los motivos de su llanto. 

Rollo, «quiere un helado, pero el helado está en la televisión», o «quiere montar en el avión, pero el avión está a 10.000 metros de altura». 

Lo reconozco, a mí también me resultó divertido. Pero, si lo piensas un poco, DUELE. Es representativo del nivel de desconexión existente entre la experiencia de las niñas y los niños, y el mundo adulto. Porque, para que alguien se ponga así por esas cosas, quizás deberíamos poner algo de atención no sólo fuera, sino también en el ESTADO DE SU SISTEMA NERVIOSO

Porque, a menudo, cuando una niña o un niño llora por una tontería, no llora por eso, sino por el desbordamiento de su sistema. Es decir, porque se ha ido FUERA DE SU VENTANA DE TOLERANCIA

Si ahora me pongo en el lugar de mi hija ayer, puedo verlo más claro: 

«Ayer dormí regular, es tarde y necesito ir a la cama.»

«Justo cuando más necesitaba la tranquilidad de Ama, se ha marchado.»

«Ahora no me apetece estar contigo.»

«Me habéis dicho que esté un rato aquí, pero con lo mal que me encuentro se me hace una eternidad.»

«No es tan importante como huele la casa, frente a lo mal que me encuentro.»

«Además de hacerme esperar ahora, cuando más necesito estar con Ama, —ya te vale—tratas de distraerme con el juego. Siento que no me haces caso.»

Normal que quiera “pasar frío”. Centrar la atención en fuertes sensaciones es una forma válida de regularse cuando nadie se hace cargo. 

Porque, cuando el sistema nervioso se satura, es muy complicado entender y expresar sus razones. Y más para una niña de dos años y medio.

Pero, espera, vamos a ver cómo se solucionó la cosa. Que la bajada de la tensión siempre nos da alguna pista. 

¿Dónde estábamos?

Ah, sí. Que ella había explotado como la Bomba del Zar, y yo estaba perplejo. 

—Jolín, pues sí que lo estás pasando mal —le dije—. No me había dado cuenta. 

Se acercó un poco. 

—Puedo cogerte en bracitos —le pedí, buscando su permiso. 

Abrió los sobaquillos. 

—Vaya, vaya… —dije cuando ella relajó la cabeza en mi hombro izquierdo—. Se está haciendo largo. Pronto vas a ir a la camita con Ama, ya verás qué gustito.

Se abrazaba como un bebé Koala, mientras le hacía cosquillas en la espalda. 

Se relajó en seguida. Cuando llegó su madre, le dijo: 

—Quiero ir a la camita. 


Me preocupa cómo siente el mundo adulto estas señales de las niñas y los niños. A fin de cuentas, están en un momento muy sensible a las señales que, también, mandamos los adultos. Es decir, que ahora, más que nunca, y más que nuestras palabras, les llega nuestro estado de ánimo. 

Cuando una niña o un niño nos pide UN IMPOSIBLE, hay varias posibles reacciones: 

«Anda, no fastidies con tonterías». 

«No me jodas». 

«De verdad, ¿ahora?»

«Jajaja, mira que gracioso el mocosillo.»

«Pero, ¿es que no ves que es imposible?»

«Venga, piensa un poco y dime lo que necesitas.»

«Vaya, la volvemos a tener. Vaya mierda.»

«La prefieres a ella. Pues nada, que te aguante tu madre.»

«¿Me vas a hacer esto ahora, pedazo de egoísta?»

Y otras muchas. 

Sea como sea, lo mejor es siempre ser conscientes de lo que activamos y, cuando se pueda, tratar de trasladar la atención de lo visible —es decir lo que pasa o lo que nos pide— al estado de su sistema nervioso, reconociendo que, sea por lo que sea, lo está pasando mal y nos pide, a la desesperada y gritando, que nos HAGAMOS CARGO

Que sintonicemos y le prestemos nuestro cerebro para ir, poco a poco, hacia la calma, porque él o ella no pueden hacerlo. 

Ahora no importa. Ya pensaremos en otro momento acerca de sus verdaderos motivos. 


Referencias: 

BILBAO, A. (2015). El cerebro del niño explicado a los padres. Barcelona: Plataforma

PORGES, S.W. (2017) Guía de bolsillo de la teoría polivagal: el poder transformador de sentirse seguro. Barcelona: Eleftheria

SIEGEL, D. (2012). El cerebro del niño. Barcelona: Alba Editorial

SIEGEL, D. y HARTZELL, M. (2012). Ser padres conscientes. Barcelona: La Llave


En este blog «caminamos a hombros de gigantes». La mayor parte de las ideas expuestas se basan en nuestra bibliografía de referencia.

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Autor: Gorka Saitua. Soy pedagogo y educador familiar. Trabajo desde el año 2002 en el ámbito de protección de menores de Bizkaia. Mi marco de referencia es la teoría sistémica estructural-narrativa, la teoría del apego y la neurobiología interpersonal. Para lo que quieras, puedes ponerte en contacto conmigo: educacion.familiar.blog@gmail.com

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