Abandono y divorcio conflictivo: una relación estrecha

Muchos divorcios conflictivos se anclan en experiencias de abandono y parentalización durante la infancia

Cuando su padre se fue, se dijo que le daba igual. Que estaban mejor sin él. A fin de cuentas, era un hombre autoritario y distante, que sólo aportaba tensión en casa. 

Su madre quedó desolada. No sólo tuvo que enfrentar la ruptura, sino también hacerse cargo de la crianza de 1 hijo y 2 hijas, sin ninguna ayuda por parte de quien había sido su compañero. Se sentía abrumada por las responsabilidades, y sin red de apoyo que la sostuviera. 

En la historia de la pareja había habido maltrato. No el que resulta evidente, con golpes y amenazas, sino otro más sutil pero igualmente dañino: un menosprecio sistemático que daba justo donde más duele, cuestionando la capacidad y el valor que esta mujer tenía como madre. 

«No ves. A ti no te hacen caso». 

«Eres incapaz de organizarte por ti misma». 

Por eso, cuando la mujer quedó sola, todo resultó incluso más difícil. Parecía que la profecía se cumplía, y que, cuanto mejor trataba de hacer las cosas, peor salían. Con el añadido de que las niñas, que habían sufrido especialmente la partida de su padre, activaban la rebeldía en un intento de llamar la atención sobre su dolor y que él las rescatara. 

Ante estos retos tan formidables, pudo hacer lo único que podía funcionar: apoyarse en su hijo mayor. Seducirlo a través de halagos y regalos, y depositar en él su dolor y la responsabilidad de gestionar el caos de la familia. 

«Menos mal que tú sí eres bueno, no como tu padre», se leía entre líneas. 

«Yo sé que tú no me vas a abandonar, y que vas a ser un hombre de provecho». 

«No sé lo que voy a hacer. Mira lo que me han hecho tus hermanas». 

Asier (nombre ficticio) creció así, con la sensación de que había sido rechazado y de que se le colocaba demasiada responsabilidad encima. 

Por eso, se protegió con la rabia.

La rabia es muy sabia. Permite tirar hacia delante cuando las condiciones son muy difíciles, pero acaba pasando mucha factura. 

Era una rabia hacia su padre, que se había marchado y les había destrozado la vida; pero también hacia sus hermanas, que eran egoístas y sólo miraban por sí mismas. Y a las que envidiaba, porque ellas sí podían tener una vida, gracias a que él se hacía cargo de su madre y de la casa. 

La rabia le hacía pasar horas y horas rumiando. Dando vueltas a las cosas. Pensaba en lo que diría a su padre si volvían a encontrarse, y en lo que espetaría a sus hermanas si no estuviera por medio el dolor de su madre. Y, cuando se encontraba con ellas, les reprochaba su comportamiento, no con palabras, sino traspasando sus límites y generando molestias. 

Entraba en su cuarto sin llamar, y les decía cómo hacer las cosas. O rebuscaba en sus cajones, para confirmar su mala fe encontrando algo prohibido. 

Era su forma de hacer justicia, de restaurar cierto equilibrio. Un equilibrio que sentía que había roto su padre, y que él tenía la responsabilidad de recuperar, por todos los medios.

«Yo estoy bien», se decía. El problema es que tengo un padre de mierda y unas hermanas sumamente egoístas. 


Asier creció y, con 25 años inició una relación de pareja, con quien tuvo dos hijos. Todo fue más o menos bien, hasta que ella se fue distanciando. 

Un día, le dejó, sin previo aviso. Al poco tiempo se enteró, gracias a un amigo, que ella andaba con otro chico. El juez decretó la custodia para ella. 

Este hecho, le afectó en lo más profundo. De nuevo, fue presa de la rabia. Una rabia animal, sin límite, orientada hacia ella. 

«¿Cómo ha podido rechazarme a mí, con todo lo que hice por ella?»

Levantó un muro de incomunicación y desprecio, y pasaba horas y horas dando vueltas a su dolor y a lo terriblemente egoísta que era ella. Trataba de contenerse pero, a menudo, la rabia explotaba y hacía algo para transgredir los límites, y hacerle daño a ella. Volvía a sentir que esos movimientos eran la única forma de restaurar el equilibrio y la justicia. 

Por su parte, ella, que se sentía profundamente vejada, se protegía activando otro muro de hielo. Cosa bastante sana cuando se es víctima de maltrato. Sin embargo, este muro de hielo le daba a él directa y brutalmente en su herida de abandono, activando los mismos mecanismos infantiles que le habían ayudado a soportar el daño que le había hecho su padre: el rechazo, la rabia y la invasión de la privacidad de los “culpables”. 

Se creó así un círculo vicioso, en el que, cuanto más activaba la distancia ella, más agresivo se mostraba él, y más se protegía ella. Con el añadido de que había una niña y un niño por medio, que servían como vehículo para trasladar el malestar que no se podía expresar con palabras. Y lo que es peor, con la responsabilidad de gestionar el dolor que no podían soportar los adultos. 

Cuando le conoció su terapeuta, él estaba instalado en la rabia hacia ella. La demonizaba y la hacía responsable de todos sus males. Justificaba la invasión de su privacidad como la única forma de proteger a su hija e hijo de una madre negligente. 

Poco a poco, su atención pudo desplazarse del dolor que ella le causaba, al dolor que le había causado la partida de su padre. Empezó a ver ciertos paralelismos, y a reconocer que su sobre activación estaba, en parte, anclada en el pasado. Esto le llevó a mirarse a sí mismo con una renovada curiosidad, lo que aceleró el proceso. 

También empezó a ver, poco a poco, que la rumiación y la necesidad de castigar sobrepasando los límites, tenía mucho que ver con lo que había hecho con sus hermanas. Y que, lo natural, era que ellas se protegieran de él, haciendo piña y dejándole solo, activando la distancia. 

Eso le llevó a retomar la relación con ellas y, poco a poco, hablar de algunas experiencias del pasado. Pero, esta vez, podía escuchar su relato, su dolor y sus motivos. Un dolor que pasaba por sentirse excuídas de la relación con quien era su referente, la madre, y por sentirse violentadas por un hermano que, siempre, había sido el chico bueno. 

Poco a poco, paso a paso, empezó a revisar la relación con su madre. Pudo entender que su dolor no sólo tenía que ver con el abandono de su padre, sino con exceso de responsabilidad que le había delegado su madre. Con la misión imposible de controlar lo que pasa en casa, y lo que sienten los adultos, cuando eres un niño de apenas 10 años. Con la misión de aplacar en ella una tristeza que en casa se sentía como el fin del mundo. 

Y entonces, sólo entonces, lloró. Lloró durante una sesión entera. Empezó llorando por esa tristeza que no se había podido expresar nunca, y terminó llorando por el abandono de su padre. Dudando de si era tan malo como recordaba, y preguntándose si siempre se había sentido él igual de despreciable. 

Lo que más le dolió fue ver que estaba repitiendo con sus hijos los patrones que le habían causado tanto daño. 

Pero si lloró, no era por tocar la herida, sino por sentir que, por fin, podía abrazarla con cariño. 

Así que lloró, se abrazó, y permitió que le cuidaran. 

Pudo entonces por primera vez entender que su sistema puede aliviarse. Y que tiene la capacidad, real, de provocar las mismas sensaciones en el resto, cuando abraza su sufrimiento, en vez de luchar contra él con rabia. 

Así pudo empezar a pensar en lo que le habría gustado vivir, en vez de lo vivido. 

Fue el inicio de la reparación y un momento maravilloso. 


* Caso ficticio, basado en experiencias reales.


Referencias: 

BARUDY, J. (1998). El dolor invisible de la infancia: una lectura ecosistémica del maltrato familiar. Barcelona: Paidós Ibérica

MINUCHIN, S. (1998). Calidoscopio familiar. Barcelona: Paidós

NARDONE, G. (2015). Ayudar a los padres a ayudar a los hijos: problemas y soluciones para el ciclo de la vida. Barcelona: Herder

PORGES, S.W. (2017) Guía de bolsillo de la teoría polivagal: el poder transformador de sentirse seguro. Barcelona: Eleftheria


En este blog «caminamos a hombros de gigantes». La mayor parte de las ideas expuestas se basan en nuestra bibliografía de referencia.

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Autor: Gorka Saitua. Soy pedagogo y educador familiar. Trabajo desde el año 2002 en el ámbito de protección de menores de Bizkaia. Mi marco de referencia es la teoría sistémica estructural-narrativa, la teoría del apego y la neurobiología interpersonal. Para lo que quieras, puedes ponerte en contacto conmigo: educacion.familiar.blog@gmail.com

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