Amara y el dinosaurio gigante

[…] Sin embargo, Amara no estaba tan convencida. Su intuición le decía que aquel ruido había sido muy raro, y que el peligro andaba por ahí, oculto en la niebla. […] 

Este cuento tiene dos autores: mi hija y yo. Es un cuento que le encanta y que hemos ido construyendo juntos.

Hace muchos, muchos años, en estas mismas tierras, vivió una niña que se llamaba Amara. 

Amara era una niña cavernícola. Vivía con su ama y su aita en una cueva, con muy pocas cosas. Tan sólo un fuego que les mantenía calientes, y unos pocos juguetes hechos con palos y piedras. 

Como en aquellos tiempos no se habían inventado las tiendas, Amara y su familia tenían que salir todos los días al bosque para recolectar frutas. 

Un día, Amara, su ama y su aita, salieron a buscar comida. Hacía frío y mucha niebla. Poco a poco, se fueron internando en el bosque, que cada vez era más oscuro y espeso. 

De repente, escucharon un ruido. Crasss. Era como el chasquido de una rama. 

Los tres se quedaron petrificados. En en bosque vivían muchos animales, y algunos tenía muy malas pulgas. Se quedaron muy quietos, escuchando, para descubrir si había algún peligro. 

Afinaron el oído, y nada. Silencio. 

—Falsa alarma —dijo aita cavernícola, posando su lanza en el suelo. 

—Habrá sido el viento —confirmó ama cavernícola, acariciando la nuca de su hija. 

Sin embargo, Amara no estaba tan convencida. Su intuición le decía que aquel ruido había sido muy raro, y que el peligro andaba por ahí, oculto en la niebla. 

De repente, una vibración hizo temblar el suelo. 

Pum. 

Pum. 

Pum. 

A través de la neblina, empezó a perfilarse una imagen enorme. Llegaba por encima de las copas de los árboles. Caminaba a 4 patas, tenía un cuello larguísimo, y arrastraba una enorme cola escamosa por el suelo. 

—¡Oh no, es un dinosaurio! —gritó Amara—. ¡Tenemos que escondernos!

Tomó a su aita y a su ama de la mano, y los guió hacia un arbusto. Los tres se metieron dentro, entre pinchos y ramas, esperando que el dinosaurio no les viera y pasar inadvertidos. 

Pum. 

Pum. 

Pum. 

El dinosaurio, poco a poco, se acercaba al arbusto donde estaban ellos. 

—Nos va a aplastar —susurró aita cavernícola, sintiendo mucho miedo—. Lo mejor es salir corriendo. 

—¡No! —respondió Amara—. Si corremos es peor. Puede asustarse, y volverse agresivo. Es mejor quedarse aquí, quietos. 

—Vale —confirmó ama cavernícola, poco segura de lo que estaba diciendo. 

El dinosaurio se paró y rugió con fuerza. Se quedaron helados, pero consiguieron permanecer quietos. Era un ejemplar enorme, grandioso, todo un espectáculo. 

Como no había visto a la familia cavernícola, empezó a comer tranquilamente de la copa de los árboles. 

Grounf. 

Grounf. 

Era tan grande que, con tan sólo dos bocados, dejaba los árboles pelados. Sólo el tronco. 

Cuando menos lo esperaban, el animal fijó su mirada en el arbusto donde estaban escondidos. 

«Oh no.», se dijo Amara, interpretando sus ojos. «Creo nos hemos ocultado en su plato favorito.»

En efecto, el dinosaurio empezó a bajar su cabeza, despacio, poco a poco. Y mientras descendía, abría su enorme boca, mostrando claramente sus intenciones. 

Amara miró hacia sus padres, buscando protección y ayuda. Pero aita y ama cavernícola no se podían mover. Estaban paralizados por el miedo. 

«Piensa, piensa, que no tenemos tiempo», se dijo a sí misma, apremiándose a hacer algo. 

Mientras, la cabeza gigante del dinosaurio se acercaba, con todos sus dientes y babas, dispuesta a disfrutar del bocado. 

Amara, en un acto de valentía, salió del arbusto, y empezó a hacer aspavientos. 

—¡¡Ehhhh!! —gritó con todas sus fuerzas— ¡¡Ehhhhhh, dinosaaaauuuriooooooo!!

El dinosaurio se paró, sorprendido por encontrar un “bicho” así en su comida. 

—¡No nos comas! —le dijo Amara— ¡Que no somos una lechuga!

No nos comas, ¡que no somos una lechuga!

El dinosaurio, curioso al ver algo tan raro en su alimento, se acercó a olerla. Amara sabía que no tenía que correr, porque eso haría que el animal se asustara, volviéndose peligroso. Así que, aterrorizada, dejó que acercara su enorme cabezón. 

Estaba ta cerca que podía tocarlo. Olía a hierba cortada y saliva de vaca. 

—Tranquilo —susurró—, no somos peligrosos, sino tus amigos. 

Como si hubiera entendido sus palabras, el dinosaurio levantó de nuevo el cuello. Se giró con cuidado, y se empezó a caminar hacia el lugar por donde había llegado, despacio. 

Pum. 

Pum. 

Pum. 

Pum. 

Sólo entonces, Amara pudo sentirse segura. Tenía la cara, las manos y los pies muy fríos, y le temblaban las piernas. 

Aita y ama cavernícola salieron de su escondite, y los tres se abrazaron. Al sentir la seguridad y el calorcito de la familia, los tres lloraron. Y así, llorando, dejaron salir los nervios, que se fueron por el aire, como el humo de una fogata en invierno. 

Cuando regresaron a la cueva, Aita cavernícola se dirigió a su hija: 

—Has sido muy valiente. Estoy impresionado. 

—Pero… tenía mucho miedo —respondió Amara, sin creérselo—. Mira todo que he llorado. 

—Valiente no es quien no siente miedo —contestó Aita cavernícola—, sino quien lo reconoce, lo enfrenta, y luego sabe sacudirse y dejar ir los nervios. Y eso, hoy, lo has hecho estupendo. 

Aquella noche hicieron una fiesta. 

Comieron frambuesas, y pintaron lo que había pasado en las paredes y el techo. 

Hoy, escondida en alguna parte, aquí cerca, hay una gruta que esconde ese tesoro. 

¿La buscamos?


Audiocuento aquí:


Amara y Gorka Saitua | educacion-familiar.com

4 comentarios en “Amara y el dinosaurio gigante

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