Blancanieves: la mala del cuento

Esto es lo que pasa con las niñas y niños que activan la disociación: que el adulto siempre empeora las cosas, de la manera más eficaz posible.

Seguro que has visto un GIF que rula por internet.

Es el de una tipa vestida de Blancanieves, que trata de animar a una niña que mira al frente con expresión neutra, pasando de todo.

En los comentarios, jajaja, que jefa, mira como pasa de todo o, hala, qué huevos la pequeñita, qué actitud que se marca.

En resumen: jajaja.

Me pregunto qué porcentaje de la población es capaz de hipotetizar que, igual, la niña está bloqueada por el MIEDO.

Tampoco es una locura, oye. Mirada a un punto fijo, cuerpo paralizado, entumecimiento y aparente atonía muscular. Los que sabemos un poco de esto —y tampoco hay que saber mucho—, lo llamamos REFLEJO DE MUERTE, que es el estado en el que se protege el cuerpo cuando aparece una AMENAZA y no es posible luchar, huir o pedir ayuda.

En términos de la teoría polivagal, implica la activación de la rama dorsal del nervio vago, que desconecta el sistema simpático, bien para recuperar la calma, la función ejecutiva y la conducta social, o para favorecer PROCESOS DISOCIATIVOS en los que el cuerpo se desconecta de la mente, en un último intento para no sentir dolor en caso de sufrir una agresión grave.

En realidad, no sabemos qué está pasando. Por qué se ha [presuntamente] disociado la niña. Quizás, esté pasando algo grave fuera de cámara. O, igual, le ha llegado una señal desde el entorno que pone todo su sistema en guardia. O, quién sabe, estar expuesta a la presión de una desconocida la ha superado. O todo junto. Yo qué sé.

Pero lo que sí sé es que la reacción del mundo adulto está siendo LA-MEN-TA-BLE. Por un lado, un tipo (o tipa) grabando, casi aplastándole la cámara en la cara. Por otro lado, Blancanieves, toda ella metida en su papel, PRESIONANDO para que la niña le de una respuesta que no puede articular.

Nos podemos hacer muchas preguntas. Pero hay dos que proceden, quizás, por delante de otras. La primera, qué está sintiendo DE VERDAD esta niña. Me la imagino con la piel fría, especialmente la de las manos y de los pies, ausencia de visión periférica, corazón a tope y sensación de despersonalización, como ser la protagonista en una historia que no es la suya. ¿Te suena?

Y la segunda, qué va a pasar cuando todo acabe, y vuelva a estar en su estado de conciencia habitual. Quizás, reprima esa parte de la historia y trate de dejarla alejada, en una cajita escondida de su mente, haciendo grandes esfuerzos para que se quede ahí, y apartar ese episodio del pasado. O quizás, pueda verse ahí, sola y bloqueada por una tontería, reafirmándose su sensación sentida de vergüenza, o lo que es lo mismo, de ser alguien sin dignidad, que no es válido o merece la pena.

Mientras, y para colmo, un episodio tan grave, de terror profundo, se ha convertido en la gracia que ríe todo el mundo. Ja-ja-ja. Conocidos y desconocidos. Confirmándole la idea y el sentimiento de que es ridícula y que se altera por nada.

Ya sé. Quizás no era fácil verlo. Tampoco se trata de mandar a los adultos a la mierda. Nos falta cultura sobre cómo afecta el miedo a las niñas y los niños y, en consecuencia, a las figuras adultas. Pero, igual, hubiera sido más apropiado apagar la cámara y decirle, “vaya, lo siento, lo estás pasando muy mal, ¿a quién te gustaría que avisemos?” Igual, así, se podría haber evitado mucho daño.

Porque tú, pequeña, no tienes nada que avergonzarte. El miedo es como un DUENDE AMIGO que habita en nuestra tripa. Que es muy sensible y trata de protegernos de los peligros, a veces, de maneras mágicas. Si siente que las cosas pueden ir mal, prepara todo nuestro cuerpo, bien para que corramos, para que luchemos, o para que suframos lo menos posible si nos atacan. Lo que pasa, es que, a veces, se confunde, y nos prepara para enfrentar un peligro que no está presente. Como, por ejemplo, cuando nos asustamos por el ladrido de un perro que está tras una valla. Quizás no haya peligro pero, ante la duda, mejor estar preparados, ¿verdad?

Sea como sea. El miedo no se juzga. No dice nada de nosotros, salvo que podemos protegernos. Así que, aunque así te lo parezca, no tienes nada de qué avergonzarte. Ojalá los adultos fueran más sabios, fuertes y amables, y hubieran sabido acompañarte.

Te mando un abrazo y mis mejores deseos. Algunos nos hemos dado cuenta. No estás del todo sola.

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Referencias:

BARUDY, J. (1998). El dolor invisible de la infancia: una lectura ecosistémica del maltrato familiar. Barcelona: Paidós Ibérica

BARUDY, J. y DANTAGNAN, M. (2009). Los buenos tratos a la infancia: parentalidad, apego y resiliencia. Barcelona: Gedisa

GONZÁLEZ, A. (2017). No soy yo. Entendiendo el trauma complejo, el apego, y la disociación: una guía para pacientes y profesionales. Editado por Amazon

PORGES, S.W. (2017) Guía de bolsillo de la teoría polivagal: el poder transformador de sentirse seguro. Barcelona: Eleftheria


En este blog «caminamos a hombros de gigantes». La mayor parte de las ideas expuestas se basan en nuestra bibliografía de referencia.

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Autor: Gorka Saitua. Soy pedagogo y educador familiar. Trabajo desde el año 2002 en el ámbito de protección de menores de Bizkaia. Mi marco de referencia es la teoría sistémica estructural-narrativa, la teoría del apego y la neurobiología interpersonal. Para lo que quieras, puedes ponerte en contacto conmigo: educacion.familiar.blog@gmail.com

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