Dos castillos para Lilith | cuento sobre el cambio de custodia

Son profesionales excelentes. Han preparado un cuento para explicar a una familia cómo se sentía una niña tras sufrir un abrupto cambio de custodia. Me fascinó la historia, y les pedí permiso para escribirla y publicarla ¡Gracias Tamara y Esti! 😉

¡Atención! Es un cuento adaptado. Se ha escrito considerando el contexto relacional de una niña.

Hace muchos años, en unas tierras muy lejanas, vivía una niña de 6 años que se llamaba Lilith. Lilith vivía en un castillo muy especial. Estaba situado en una colina en medio de un bosque. Y lo que más llamaba la atención era su torre gigante que atravesaba las nubes.

Castillo_Lilith
Su gran torre era más alta que las nubes y cambiaba de forma con el tiempo…

Esta estructura parecía cambiar de forma y tamaño con el tiempo. Si te situabas en un punto por la mañana y mirabas hacia ella, y hacías lo mismo al caer la noche, podías percibir como la construcción cambiaba de forma y de textura.

Los cuentos son una forma excelente de invitar a las personas a conectar con su universo simbólico y con su parte más emocional.

Dentro del castillo las cosas eran, si cabe, mucho más raras. Los pasillos eran como un laberinto que siempre estaba en movimiento. Si el lunes seguías un camino y llegabas a la cocina, el martes te llevaba a las caballerizas. Si el miércoles te decidías por una ruta que te dejaba en tu habitación, el jueves te sorprendías al llegar a la biblioteca.

¿Cómo arreglarse en un sitio así? Hace años que Lilith había descubierto el truco.

Sabía que si deseaba algo con mucha fuerza, podía cerrar los ojos y decir en alto las palabras mágicas: “Truan mía lumis parructo”. Cuando hacía esto, sonaba ¡puff! y frente a ella se materializaba un hada buena. Este hada le miraba con cariño, y le proponía una adivinanza. Por ejemplo:

«¿De qué color son las rosas rojas que no han florecido?»

Las devoluciones a través de los cuentos tienen muchas ventajas. Entre ellas, que sitúan la atención sobre lo importante, estimulan el pensamiento creativo y divergente, y que suscitan múltiples interpretaciones válidas, de manera que es muy difícil resistirse o discutir.

Si Lilith se equivocaba con la respuesta, todo el castillo temblaba. Los pasillos se removían como espagueti hirviendo en una cazuela, y todo se llenaba de caos y confusión.

Pero cuando Lilith acertaba —que era casi siempre— un gran pasillo se abría frente a ella, llevándole en línea recta hacia su destino ¡era genial!

A Lilith le encantaba su Castillo. Se sentía muy cómoda en él. Tenía mucho aprecio a su hada y como había respondido a muchas adivinanzas, sabía intuir las soluciones. Así, podía sentirse segura y tranquila. Confiaba en su capacidad para llegar siempre a las habitaciones donde quería estar, y tener a mano lo que necesitara.

Pero un día hubo gran tormenta. Las nubes, negras como el carbón, dejaron el reino en la oscuridad. Los truenos hacían vibrar las paredes de piedra, y agitarse al ganado. Y los rayos iluminaban como el brillo de una espada a través de las ventanas.

A pesar de estar bastante asustada, Lilith subió a una almena. Quería ver el espectáculo. Confiaba en los muros del castillo y sus pararrayos. Estaba convencida que estaría a salvo.

Notó una presencia a su espalda. Al girarse quedó petrificada. Un enorme dragón se había posado tras ella. Era negro, y a la luz de los rayos sus ojos y escamas brillaban rojos. Tenía el tamaño de 60 bueyes, y dientes grandes y afilados como dagas. Sus garras se clavaban en la piedra del suelo, rasgándolas como si fueran pergamino u hojas secas.

Las metáforas son una forma excelente de acercarnos a la experiencia de las personas, porque contienen conceptos complejos muy difíciles de trasladar.

Le paralizó el miedo. Y cuando quiso darse cuenta sintió que volaba. Atrapada en las garras del monstruo, miró hacia atrás y vio como su castillo se alejaba.

Despertó en una cama de piedra, sin sábanas. Hacía frío, y la única comodidad era una almohada de esparto. No sabía cuanto tiempo había permanecido desmayada. Pero le dolía la cabeza, y sobre todo la espalda. Miró a su alrededor, y vio que estaba rodeada por muros de piedra con pequeñas rendijas como las que sirven para lanzar las flechas.

Castillo_Dragón
Sus muros eran sólidos y fríos. Le hacían sentir desolada y pequeñita…

Asomó el ojo. Estaba en otro castillo. Pero éste se veía muy diferente, como un bloque cuadrado de piedra, que se erigía en un terreno arenoso y yermo. No tenía ventanas, sino sólo aspilleras. Frialdad y solidez. La viva imagen de desolación en tiempos de paz, y de la eficacia durante la guerra.

Salió de la habitación, y al instante tuvo una sensación de congoja. Los pasillos eran todos rectos, con esquinas de noventa grados. Era fácil orientarse y llegar a donde quisiera. Pero todas las puertas estaban cerradas con llave.

Estaba sola. No había nadie a quien preguntar o en quien apoyarse.

Tal y como había aprendido, cerró los ojos y dijo las palabras mágicas “Truan mía lumis parructo”. Pero no pasó nada. Volvió a hacerlo con más fuerza “Truan mía lumis parructo”. Gritó “¡¡Truan mía lumis parructo!!”. Silencio. Asustada, se encogió en una esquina y rompió a llorar. En este castillo nada era como esperaba.

Todavía estaba en el suelo cuando vio algo a través de su velo de lágrimas. Un rectángulo en la puerta. Tambaleándose por los nervios se acercó, y trató de enfocar la mirada.

«Para abrir esta puerta, debes seguir tres leyes: lavar 10 platos, limpiar 3 letrinas, y levantarte a las 6 de la mañana.»

Para el trabajo con familias me gustan especialmente los cuentos con un final abierto. Dejar que las personas construyan un final que contenga sus propios deseos y vivencias puede articular interesantes recursos.

¿Qué era esto? ¿Estaban de broma? Todo el mundo sabía que a las habitaciones no se llegaba así, sino resolviendo adivinanzas.

Así que siguió vagabundeando por el castillo. En cada puerta que veía había un cartel diferente.

«Para abrir esta puerta, debes seguir dos leyes: dar de comer a los caballos y leer un libro»

O «Para abrir esta puerta, debes seguir cuatro leyes: resolver 3 sumas, correr 10 minutos, ordenar la biblioteca o estarte una hora sin moverte.»

Cada vez que leía uno de éstos carteles, se sentía más desamparada y sola. Le recordaban que no estaba en casa. Que no sabía cuándo ni como podía volver a sentirse tranquila y segura.

Y lo peor de todo, sentía un profundo temor a cumplir las normas y que se abran las puertas. Así llegaría a obtener lo que deseaba, pero temía que los goznes se cerraran y solidificaran detrás de ella.


¿Qué te sugiere el cuento? ¿Qué simbolizan para ti las frases resaltadas en negrita? ¿Qué te ha llamado más la atención? ¿Qué final te gustaría para este cuento? Déjanos tu opinión en los comentarios, y regálanos algo de tu creatividad, sensibilidad y empatía ¡Gracias!


Gorka SaituaAutor: Gorka Saitua. Soy Pedagogo. He trabajado desde el año 2002 en el ámbito de protección de menores de Bizkaia, en la Asociación Bizgarri – Bizgarri Elkartea. En 2016 comencé con el proyecto educacion-familiar.com que me apasiona. Para lo que quieras, ponte en contacto conmigo: educacion.familiar.blog@gmail.com

Este artículo pertenece al blog www.educacion-familiar.com, antes www.indartzen.com. Si quieres saber más sobre nosotros echa un vistazo a quiénes somos y síguenos en nuestras redes sociales Facebook y Twitter, somos @educfamilia.

 

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