[…] Ver este círculo vicioso en las primeras sesiones es fundamental, sobre todo para no alimentar la falsa expectativa de que, gracias al educador familiar y sus recursos, se va a lograr lo que la familia desea: que el chico o la chica retome las clases con normalidad lo antes posible. […]
Cuando una chica o un chico se niega a ir a clase —sea por el motivo que sea—, impone un límite al mundo adulto. Una frustración que les lleva a sentirse insuficientes.
Es como si dijera: «Se acabó, por ahí no paso».
Lo habitual es que los adultos —acojonados primero porque se descuelgue de sus compañeras y compañeros; luego, porque repita curso; más tarde, porque se «acomode» a la situación y no pueda volver a clase; y, finalmente, porque intervengan los servicios sociales ante un parte de severo absentismo— se angustien un montón y empiecen a hacer cosas desde la urgencia y la obligación. A buenas, a malas, pero siempre con el objetivo de que el chaval o la chavala regrese a clase.
Sin embargo, esta urgencia, aunque es comprensible y hasta cierto punto justificable, no suele ayudar a mejorar las cosas. La familia puede entrar, entonces, en un círculo vicioso en el que toda la familia está implicada:
No va a clase → La familia presiona con mano derecha o izquierda para que vaya → El chaval o la chavala se siente una carga y un problema → La familia se angustia más, si cabe → El chico o la chica se deprime → Se siente más incapaz de enfrentar la situación en soledad → Evita → Siente más ansiedad → Y esto refuerza el hecho de que no vaya a clase.
No siempre es así, por supuesto, pero pasa tantas veces que merece ser nombrado.
Ver este círculo vicioso en las primeras sesiones es fundamental, sobre todo para no alimentar la falsa expectativa de que, gracias al educador familiar y sus recursos, se va a lograr lo que la familia desea: que el chico o la chica retome las clases con normalidad lo antes posible.
Una vez visto, urge plantear otro modelo de trabajo. Una mirada que, sin duda, a la familia le puede asustar hasta el punto de rechazar la intervención.
La idea es sencilla:
El chaval o la chavala acaba de imponer al mundo adulto un límite infranqueable. Vamos, que nos hemos topado con un muro de hormigón contra el que no se puede hacer nada.
Absolutamente nada. Al menos, de momento.
Por tanto, por muy bueno que sea el educador familiar, no puede garantizar el éxito que la familia desea. No, al menos, en sus términos. Porque, si la chavala o el chaval dice no, es que por ahí no se pasa.
Eso es devolver al chaval o a la chavala cierto poder sobre sus circunstancias. Un poder que no garantiza nada, pero que, al menos, le coloca en un mejor lugar frente a los suyos para comunicar qué es lo que le pasa.
Lo hará o no, pero es probable que aparezcan posibilidades que antes no estaban.
Porque, ante la urgencia de los adultos, pocas alternativas hay salvo la contención, el silencio y el estallido cuando la persona ya no puede más con lo que se está colocando sobre ella.
Aceptar el límite que nos ponen nuestros hijos no es negligencia. Se parece más a aceptar la realidad que nos ha tocado vivir para abrir las puertas a hacer las cosas de otra manera. La faena es que el límite nos confronta con el vacío. En plan: «Pero, vale, ¿y ahora cómo lo vamos a resolver?».
Pues no sabemos.
El no saber angustia. Angustia que lo flipas. Porque los riesgos están ahí y no nos los estamos inventando. Cada día que falta, hay una nota para casa, un parte y unos servicios sociales que se andan preparando. Sostener en estas circunstancias el no saber implica aceptar una angustia que puede volverse insoportable.
Pero es justo en ese territorio vacío donde pueden empezar a aparecer otras cosas, más allá del deseo de resolver para evitar riesgos y sentir que somos válidos como adultos. Quizás un día apetezca preguntar. Puede que otro día uno se deprima y pueda conectar con otras cosas valiosas que está desatendiendo. O puede que, a su debido tiempo, aparezca cierto sentido del humor que pueda relativizar las cosas. No sabemos.
Pero lo que sí sabemos es que esos movimientos que salen, justo, de la aceptación del límite y de sostener la angustia en el vacío van a tocar a todos los integrantes del sistema, abren la puerta para que aparezcan movimientos —no planificados— que van a facilitar que emerjan otros estados del sistema nervioso y sus recursos asociados. A veces sí, a veces no, pero el mero hecho de que a veces estén puede cambiar mucho las cosas.
Sigue sin haber garantías de solución.
En estas profesiones, difícilmente las tendremos.
Pero, al menos, ya no estamos tan atascados en el barro, sino que circulamos.
Derrapando, chocando con las piedras, llevándonos por delante los matojos, pero avanzando.
—
Gorka Saitua | educacion-familiar.com
