De la insuficiencia a la maestría

[…] Cuídate de los adultos que vean a Cronos como inseguridad o un mero bloqueo. Suelen ser personas que, cegados por la urgencia, no pueden respetar los imperativos del tiempo. […]

—A ver, piensa en algo que a mí se me dé bien.

—Leer —contestó ella.

Es verdad que estoy orgulloso de cómo mi mente se ha ido abriendo a múltiples ideas, pero también es cierto que siento que tengo la comprensión lectora de una gallina. Me daba igual. Como ejemplo me servía.

—Es verdad, Amara, leo mucho y podríamos decir que leo bastante bien —le contesté—. Pero si yo te pregunto cuándo crees que me leí mi primer libro por gusto y no por obligación, ¿a qué edad dirías que ocurrió eso?

—Con 20 años —contestó ella.

—Bueno, no fue con 20 años. Fue con 16. Y, si quieres, te puedo enseñar en la biblioteca justo ese libro.

—Pero mira, aita, yo me estoy leyendo también un libro.

Y me enseñó un cómic que tiene guardado en una caseta en la que pasa bastante tiempo. Orgullosa.

—Pues fíjate, yo a tu edad no era capaz de leerme un libro. Me llevas ventaja. Pero lo interesante es que tú no sabes que durante mucho tiempo yo me sentí insuficiente en la lectura. Me comparaba con otras niñas y niños que leían libros grandes y gordos y pensaba que era torpe con esto. Y cada vez que en la escuela nos mandaban leer un libro y hacer un resumen, sentía que había hecho un trabajo de mierda.

—Pero aquí aparece lo interesante —continué—. Gracias a que hubo un momento de mi vida en el que me sentí insuficiente, pude dedicar esfuerzo a esa tarea para ser competente. Gracias a ese esfuerzo, que empezó cuando me sentía pequeño e insuficiente, ahora puedo estar muy orgulloso de lo que he ido construyendo a través de la lectura. Y fíjate: no solo soy un lector orgulloso del tiempo que pasa con los libros, sino que también he podido escribir un libro y ahora mismo hay otro en camino.

Ella me miraba con interés.

—La gente no sabe, Amara, que hay un dios, una parte interna nuestra, si lo prefieres llamar así, que tiene muy mala prensa, con el que la gente se lleva francamente mal y que a veces genera mucho rechazo, pero gracias al cual se puede terminar desarrollando una maestría. Es decir, haciendo especialmente bien una tarea que requiere tiempo, esfuerzo y voluntad para su dominio. Sabes quién es ese dios, ¿verdad? No suele tener cara amable. A veces parece un poco amargado. Suele representarse como un anciano severo y no suele apetecernos estar en relación con él. Pero a él le debemos muchas cosas.

—Es Cronos, aita —respondió ella—. Lo tengo en mi habitación, en la lámina.

—Efectivamente. Es el Cronos griego o el Saturno romano. El dios de la frustración, de los límites, pero también de la fuerza que podemos sacar de esa sensación de insuficiencia para hacernos maestros en alguna tarea. Porque las personas, en ocasiones, sacamos fuerzas para convertirnos en maestros en cuestiones en las que nos hemos sentido desde siempre incompetentes.

—»Así que, cada vez que sientas que no vales para algo, que no estás a la altura o que eres menos que los demás, escúchalo, a ver qué te dice. Aunque tenga cara de culo. Quizás te diga que todavía no puedes, que con esfuerzo y tiempo lo puedes lograr o que incluso puedes terminar siendo experta en esa materia.

—»No en todo, claro. Cronos a veces nos dice que hay límites que no podemos superar, y ahí nos pega un bajón de la pera. Pero otras veces Cronos implica esa fuerza que nos permite ser especialmente buenos en alguna cosa importante. Sobre todo si se alía con Afrodita, es decir, con el deseo que nos impulsa en la vida.

—»Pero ten cuidado. Los adultos somos muy torpes. Y cuando vemos a una niña o un niño que se siente insuficiente, no solemos ver estas oportunidades, ni estos procesos.

—»Cuídate de los adultos que vean a Cronos como inseguridad o un mero bloqueo. Suelen ser personas que, cegados por la urgencia, no pueden respetar los imperativos del tiempo.

Gorka Saitua | educacion-familiar.com

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