[…] Las clases pudientes, que ostentan la propiedad de los medios de producción, comunicación y, por qué no decirlo, también de organización de la sociedad, suelen guiarse por modelos éticos basados en las virtudes, mientras que a las clases más populares se nos proponen y casi imponen paradigmas éticos basados en la existencia de valores absolutos. […]
Si una niña o un niño te preguntara si robar es bueno o malo, ¿qué le contestarías?
Madre mía, igual estamos ante el artículo por el que me van a funar como a la RoRo 😉
Vamos a entender eso de «robar» en el sentido habitual. Sin hacer distinciones legales, como entre robo, hurto, apropiación indebida, ingeniería fiscal o que te vendan esa mierda por carne en el McDonald’s.
La cosa es que muy probablemente le responderías que robar es malo, a no ser que seas una o uno de esos educadores anarkosindicalistas y malnacidos, sucios, degenerados y perroflautas, hacia los que lanzo mi más sincero y apreciativo saludo.
Salud, camarones. Quiero decir, camaradas.
Introducción completada. Vamos al análisis de contexto.
¿Os habéis dado cuenta de que se aplican modelos diferentes de ética —no moral, sino ética— en función de las clases sociales?
Las clases pudientes, que ostentan la propiedad de los medios de producción, comunicación y, por qué no decirlo, también de organización de la sociedad, suelen guiarse por modelos éticos basados en las virtudes, mientras que a las clases más populares se nos proponen y casi imponen paradigmas éticos basados en la existencia de valores absolutos.
Toma moreno.
Para el estamento nobiliario —en sentido amplio—, hacer bien las cosas suele pasar por el «desarrollo personal» o el «cultivo» de nuevas habilidades. No se juzgan tanto las acciones concretas, sino la disponibilidad o no de atributos que se adhieran a su ser y puedan llegar a formar parte del mismo. Se premia la expansión del ser, incluyendo dentro del mismo el propio patrimonio.
Más es mejor.
No es extraño que haya tantos vendedores de extracto de serpiente adhiriéndose a esta estética.
Sin embargo, para las clases menos privilegiadas, a saber, para quienes dependemos del trabajo por cuenta ajena o propia para subsistir, el ideal ético no pasa por la expansión de las posibilidades, sino por la restricción de la conducta.
Desde esta perspectiva, no es extraña la formulación en negativo de la mayor parte de los diez mandamientos, mientras que la misma Biblia ensalza a figuras de autoridad que se los pasan por el forro de los c0jones.
Es la historia de siempre. Una doble moral. Para los poderosos, el crecimiento y la gloria; para la plebe, castración, contención y esfuerzo. Tecnología moral al servicio de la guerra de clases.
Educar éticamente no consiste en transmitir una lista de actos prohibidos, sino en aprender a juzgar quién hace qué, contra quién, en qué circunstancias, con qué consecuencias y al servicio de qué vida común, real o utópica.
Andaba yo con estas ideas en la cabeza cuando mi hija me contó algo en relación con el «robo» —más bien hurto— que presenció de un niño a otro. Y se me ocurrió preguntarle, así, sin prejuicios, qué es lo que pensaba ella. Si robar era bueno o malo. Con curiosidad sincera.
Al principio, respuesta automática. Pues claro que está mal, Aita. Anda, no me des respuestas rápidas. Piensa.
—Pues depende.
Respuesta en cero coma.
—¿De qué crees que depende?
—Pues no sé, Aita, de quién sea la persona y de lo que se robe. Ah, y de cómo se robe.
Y ahí está la vaina.
Porque, por mucho que se nos imponga una moral de los valores absolutos, en la que robar está mal, igualmente mal en todos los casos, hay momentos en los que robar no está tan mal y en los que incluso puede ser una condición para hacer posible un valor superior.
Como Diego Cañamero sacando leche y arroz para repartirlos entre la gente necesitada.
Creo que no hay discusión posible. Si una persona, física o jurídica, atesora bienes que son esenciales para satisfacer las necesidades básicas de otras personas solo para enriquecerse, especular o utilizarlos como moneda de cambio, y a una de esas personas le va la vida, la dignidad o lo más básico en disponer de ellos, es justo y recomendable que se ejerza el robo, aunque nuestra ley diga lo contrario.
¿O no es robar, de alguna manera, que nos quiten parte de nuestros ingresos para financiar instituciones y servicios públicos? Es evidente que, si no estuviera sancionado, habría muchas y muchos que no soltarían un duro. Y nos lo quitan por la fuerza. No hay mucha diferencia entre que nos amenacen con sanciones y que lo hagan con un cuchillo.
Que diréis que el Estado no ejerce violencia. Pero yo no lo tengo tan claro.
Sea como sea, quise yo ese día aplicar con mi hija la ética de las virtudes, en plan Aristóteles o Santo Tomás. Pero a mi pvto pedo.
—¿Y no hay una forma de robar que sea… cómo decirlo… incluso sana y recomendable? No pienses en bueno o malo, que eso nos fríe la cabeza. Piensa en tu experiencia.
Al principio, no se le ocurría. Pero su puñetero padre adora escuchar el chirrido de sus engranajes en la cabeza, por lo que tolera especialmente bien estos silencios.
—¿Quién es el dios del comercio y de los ladrones? —pregunté, no para dirigirla, sino como sugerencia.
—Hermes.
Y yo no sé qué pasó entonces en su cabecita, pero la respuesta fue maravillosa.
—A veces, robar puede ser divertido.
—En efecto, como cuando me robas moras e higos, ¿no? —¡Esta es mi niña! ¡Brava!—. Ese es el robo de Hermes, que acontece desde la picardía y la ligereza.
Y quizás haya pasado por todo esto para llegar aquí. A que podamos considerar, también, que existe una modalidad de robo —en la que todas y todos participamos— a la que no atrapa el juicio moral. Acontece rápido, sin pensar, sin cuestionarnos, desde la ligereza.
Este robo nos recuerda que se puede robar y no acabar en la cruz por ello. Incluso se ríe de cierta forma de reprimenda.
Puede ser el robo de algo material, como cuando te encuentras veinte pavos en la calle, te los guardas, te da subidón y te pegas un buen desayuno; pero también el de cosas más etéreas, inmateriales: canciones del eMule —soy más viejo que los estratos de una montaña— o ideas.
Tus profes no podrían haberte enseñado bien si no hubieran robado en el camino.
Y esto de las ideas me parece especialmente fascinante. Porque robamos ideas todo el rato. Tenemos una base de datos de la H0stia en un cerebro que no ha archivado bien las fuentes porque, oye, da a saco de pereza. Y gracias a esos robos que se producen así, sin citar al propietario, como si no pasara nada y desde el «me la suda» más espléndido, avanzan la humanidad y la ciencia.
Y se mueven los capitales entre clases que, de otra forma, no se moverían.
Robar no es en sí mismo malo, niñas y niños. Yo solo os educo como los pudientes educan a sus hijas e hijos. Depende de a quién robes, qué robes y cómo lo robes. Y de las relaciones de poder existentes entre quienes participan. Lo importante es que tú, los tuyos y el resto de la humanidad —si te da para ello— salgáis expandidos y, si me apuras, beneficiados en el camino.
Muahahahahahahahahaha.
Y eso también es válido para ti, no solo para los ricos.
Y tú, roba este post. Puedes compartirlo.
—
Gorka Saitua | educacion-familiar.com
