Pues a mí sí que me importa 

[…] Hay un discurso hegemónico al que parece que deben adherirse las personas supuestamente fuertes, y que puede resumirse con la siguiente premisa: «una persona poderosa, fuerte, con ‘valor’, debe ser ajena a las opiniones que de él manifiesten otras personas, a saber, que debe ir hacia sus objetivos con independencia de las presiones que pueda recibir por parte del grupo». […]

Ayer una mujer me acusó de «defender o justificar —no recuerdo bien— las violaciones de los moros». Lo hizo en Instagram, en privado, y con un comentario vinculado a una publicación de humor en la que aparecía yo durmiendo con mi gato. 

Me sorprendió mucho porque era una persona con la que había interactuado afablemente en el pasado, y a quien incluso le había ayudado desinteresadamente con alguna cuestión personal. 

Así que me quedé ojiplático y sumamente perturbado. 

Me pilló echando el rato con mi hija y lo viví como si se hubiera metido el enemigo en casa. Armado. 

Aunque me hubiera gustado responder, activé el protocolo para estos casos. Este perfil no tolera insultos ni ninguna actitud asociada al odio hacia ninguna minoría. Cero palabras. Bloqueada y punto. 

No puedo evitarlo. A mí estas cosas me afectan. Me afecta que me insulten por redes sociales, que me atribuyan ideas que no tengo, y que me hagan campañas de acoso y derribo. Como la que sufrí hace unos meses por parte de un sionista, que me estuvo difamando allá donde pudo. 

Me genera una ansiedad que lo flipas. Ojalá pudiera decir que “me la pela”, pero no es el caso. Me afecta en lo profesional, en lo personal y en lo familiar, no porque sea frágil, sino porque soy humano. 

Y aquí quiero llegar. Hay un discurso hegemónico al que parece que deben adherirse las personas supuestamente fuertes, y que puede resumirse con la siguiente premisa: «una persona poderosa, fuerte, con ‘valor’, debe ser ajena a las opiniones que de él manifiesten otras personas, a saber, que debe ir hacia sus objetivos con independencia de las presiones que pueda recibir por parte del grupo». Macho alfa lomo plateado. Yo a lo mío, sin perder el enfoque, con independencia del maldito mundo. 

Es una idea atractiva. En algún momento de la vida, a todas y a todos nos ha hecho daño algo que han dicho sobre nosotros, y nos hubiera encantado haber podido evitar esa herida. Nada que reprochar, es humano. Pero quizás también nos podemos plantear cuáles son las consecuencias de ese tipo de desconexión que prioriza supuestamente el propio enfoque. 

¿Dónde estamos mejor, desconectadas y desconectados de los demás, o en este punto en el que ahora me encuentro, en el que estoy jodido porque me han insultado y he sido testigo de violencia xenófoba?

De la primera forma, es posible que mantenga el rumbo y siga palante, que evite confrontarme con mi vulnerabilidad, y que sostenga la ilusión de ser un tipo duro. De la segunda, uno puede hacer algo con lo que ha vivido, como por ejemplo, pediros un poco de calor y apoyo ahora a vosotras y vosotros, porque siento que es lo que necesito. 

Igual así, sigo persistiendo, aunque jodido. 

Pero, sobre todo, urge hacer una afirmación. Una mujer o un hombre que se desconecta de los demás para no sufrir ante su mirada, no sólo se desconecta de las figuras que le agreden, sino de todo el mundo. La desconexión emocional no discrimina demasiado, al menos, en los primeros momentos. Así que este tipo de mensajes que instan a las mujeres y hombres de valor a priorizar sus necesidades frente a las objeciones del resto, no sólo generan malestar, sino que podrían constituir un problema de salud pública. Porque una persona que no se reconoce como vulnerable, lo tendrá probablemente mucho más complicado para hacer algo a favor del propio bienestar y del de los suyos. 

Por eso, yo hoy quiero reivindicar como un hombre vulnerado, vulnerable y humano. No para que nadie arremeta contra esa mujer, ni para que se percate de su error, sino para romper con esa idea tan dañina de que a uno no le debe de importar lo que piensen de él los demás. Extraños o conocidos. 

Importa. Claro que importa. 

El Hate es muy doloroso. Puede ocupar unos segundos en la vida de quien lo lanza y quedarse durante horas o días en la de quien lo recibe. Quien lo recibe suele vivirlo como violencia en primera persona. Nuestro sistema nervioso no distingue demasiado bien entre la hostia que te dan a mano abierta, o a través de Messenger de Facebook. 

Por mucho que la peña diga que se la suda, duele que lo flipas. Es una agresión formidable. Basta, por tanto, de decir que no nos tiene que importar, porque, en paralelo, estamos también tolerando el acoso en redes que sufren tantas y tantos adolescentes y niños. 

«¿No ves que eso sólo ha pasado en el mundo virtual? Hala, a la cama. Es una tontería. Y si sigues fastidiado, es que eres de mantequilla. Un blandito»

Puede que no cambie mi forma de actuar. Es más que posible que siga publicando cosas, NO a favor de Hamás, NI del integrismo islamista, NI a favor de la matanza del 7 de octubre, NI justificando las agresiones físicas y sexuales perpetradas contra rehenes judíos; pero SÍ en contra del asesinato sistemático de civiles en Gaza, de la limpieza étnica, y del genocidio que está perpetrando Israel con el beneplácito del gobierno del país más poderoso de este maldito mundo. Cosas documentadas por una comisión independiente de la ONU en 2025. 

Y cada comentario que reciba con insultos por parte de personas o bots me hará daño. Mucho daño. Aunque sepa que van contra una caricatura de mí, y no en contra de mi persona tal y como yo la reconozco. 

Sufrir desde nuestra vulnerabilidad sin minimizarla ni ocultarla, también es un acto político. 

Gorka Saitua | educacion-familiar.com

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