¡Tira, coño, que tenemos prisa! 

[…] —¡Qué pasa, joder! ¿Es que no te das cuenta? —espeta, rabioso—. Siempre lo mismo. Cuanta más prisa tenemos, más lenta. ¡¡Venga!! […] 

Se está haciendo tarde. El autobús no espera.  

Parece que la niña se ha despertado con el pie izquierdo, y no colabora.  

Le ha dicho que se vista ella, pero no hace ni caso a pesar de la premura de su padre. Se entretiene con los juguetes, probándose ropa, y haciendo pequeñas bromas que, ahora —así lo siente— no tienen ni puta gracia.  

¿Es que no se da cuenta de la prisa que tienen? Él tiene justo a primera hora una reunión de la pera, y ella debe llegar a tiempo a clase.  

Roberto nota cómo le sube una pelota caliente por el pecho, que le duele como si se hubiera tragado una piedra. La mente se le llena de confusión y niebla, y sus brazos se tensan.  

«Te meto una hostia y te estampo en la pared», piensa mientras va hacia ella con la intención de vestirla, ahora por la fuerza.  

—¡Tira, coño, que tenemos prisa! —le suelta, mientras le baja el pantalón, sentándola por la fuerza en la cama.  

Su cuerpo de 40 años se ha puesto rígido. La niebla es cada vez más densa, siente frío, presión en centro del pecho, y cada movimiento pesa como si se estuviera convirtiendo en una estatua de arcilla que fragua.  

—¡Qué pasa, joder! ¿Es que no te das cuenta? —espeta, rabioso—. Siempre lo mismo. Cuanta más prisa tenemos, más lenta. ¡¡Venga!! 

Para más cojones, la niña ha tenido que elegir esas malditas medias. Las que más cuesta poner, porque se pegan al cuerpo como si fueran de neopreno.  

«Lo que me faltaba…» 

—Papá, ¡que me haces dañoooo! 

La última palabra le cae como un jarro de agua fría. De repente, le viene a la cabeza la imagen de su propia madre histérica, corriendo por la cuidad, tirando de su mano. Vuelve a sentirse una maleta. Un mero objeto al que no se le reconoce una historia, su experiencia, ni las emociones del momento.  

—Sólo te estoy poniendo las medias, Cariño —se disculpa de manera hosca—, es normal que te lleves algún pellizco. Si le ayudaras un poco, sería diferente.  

La niña ha dejado de jugar. Ahora está relajada, tumbada en la cama, y se deja hacer. No ayuda, pero tampoco interfiere en la tarea.  

Él termina de vestirla en silencio. Le cuesta una barbaridad colocarle cada prenda de ropa. Al terminar, nota como cierto alivio le sube por la columna vertebral, abriendo sus pulmones.  

—Ya está… —suelta como quien vomita una digestión pesada.  

Justo en ese instante, la niña le da un abrazo. Le pilla con la guardia baja, lo sabe. Ha sido a traición —piensa—, en el momento oportuno, cuando las defensas estaban más bajas.  

Él le devuelve el abrazo y se para el tiempo.  

«Vaya mal rato que nos hemos llevado», se dice. «Nos merecemos un poco de esto».  

Sabe que su malestar no va a desaparecer de repente, así que deja que esa pelota fría y dura del pecho se diluya con el calor de la pequeña, como un bloque de mantequilla.  

Ahora respira más profundo. Y su respiración parece acompasada con la respiración de ella.  

«A la mierda la reunión, ya pondré una excusa», le viene, como una oleada de certeza. Y aparece que esa seguridad, calmada, tranquila, se apodera de todo su ser, de la habitación, y después de ella, que levanta la mirada, y le golpea con una tortuga de peluche. Suelen juga a que hace mucho daño, porque está muy dura.  

—¡Ay! ¡Me has matado! —grita, mientras se deja caer en la cama.  

La niña le sata encima.  

—¡Cosquillas no, por favoooooor! 

Para ambos, será un comienzo de día estupendo.  

Para el jefe no, pero así es la vida.  

La vida 😉 


A menudo, las personas tenemos recursos de los que no somos conscientes. Y, sin embargo, nos salvan la vida. Roberto podía haberse quedado con esa sensación de ansiedad y furia tan desagradables, y dejarlas macerar todo el día, pero pudo salir de allí y dejar que esa activación tan horrorosa se fuera, prestando atención al alivio, como una señal de que estaba llegando a un punto importante. 

En los procesos de regulación emocional es tan importante poder prestar atención sostenida a nuestro malestar, como las señales que indican que van encajando las cosas. Se hace imprescindible surfear las olas de la marejada, y dejarnos mecer por el océano en calma, con los ojos cerrados, y con la seguridad de que debajo hay arena fina y blanca.  

Es esencial para que se produzca una reparación sincera. Es decir, para volver a la calma de la mano de quien nos necesita.  

En intervención educativa familiar es imprescindible y maravilloso rescatar estos relatos que, en muchas ocasiones, han quedado sepultados bajo el dolor y la narrativa de impotencia, desesperación y desamparo que impone el trauma. Pero ello implica esfuerzo arqueológico por excavar, extraer y limpiar las joyas que quedaron tan profundamente enterradas.  

Pa mí que se ve.  

¿Verdad? 


Gorka Saitua | educacion-familiar.com 

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