Felices fiestas sin educación

[…] Ella contaba que, durante una sesión de terapia orientada a ayudar a un niño a transitar el duelo por la muerte de su padre, le preguntó qué echaba más de menos de él. El niño, emocionándose, le dijo que “ver películas” con él. […]

Cuando escuché a Alma Serra contar esta historia se me pusieron los pelos de punta. Y creo que no me han bajado desde entonces.  

Ella contaba que, durante una sesión de terapia orientada a ayudar a un niño a transitar el duelo por la muerte de su padre, le preguntó qué echaba más de menos de él.  

El niño, emocionándose, le dijo que “ver películas” con él.  

Es una historia que se me quedó grabada en el cuerpo, y que, hoy en día, revivo con mucha ternura y cariño. Seguramente, porque me recuerda cómo son los momentos más significativos para nuestras hijas e hijos: aquellos que no somos conscientes de que lo son.  

No sé cuál era la historia o las circunstancias de esta familia pero, quizás —yo qué sé— ese padre ponía películas a ese niño para tener un rato de tranquilidad, echar la siesta, o poderse recostar. Quizás —quién sabe—, lo hacía con cierto sentimiento de culpa porque pensaba que estaba siendo débil, excesivamente permisivo, o que debía dedicar ese tiempo a algo más productivo, convirtiéndolo en el tan manido “tiempo de calidad”.  

Pero, para el pequeño, su padre estaba allí.  

Estaba allí, con su calor y su olor. Como una figura grande, bondadosa, que le protegía y a la que podía recurrir. Como un brazo que se posaba en su espalda, y le hacía cosquillitas donde el pelo nace, cuando sentía que determinada escena podía causar tristeza o terror.  

Ese padre no estaba educando. No estaba en la lógica del costo-beneficio que imponemos los profesionales de la crianza y la educación. Estaba —podría ser— con las defensas abajo, porque se había tomado un par de vinos, tenía la tripa llena y quería dormir.  

Y al dormirse, sus ronquidos llenaron la habitación. Pero el pequeño no le despertó, no se quejó, porque, a diferencia del resto de días, tenía a su padre blandito, relajado, todo para él.  

Pero ese padre se puso enfermo y murió.  

Y meses o años después, ese niño, en terapia, dijo que lo que más echaba de menos era ver películas con él.  

Lo digo hoy, el día de navidad. Un día en el que muchas y muchos echamos de menos a alguien en la mesa familiar.  

Es un buen momento para recordar a las personas que nos faltan. Dedicar un tiempo para conectar con más bonito que dejaron dentro de nosotros.  

¿Lo sientes? 

¿Lo ves? 

No es una disciplina positiva, una crianza con apego, una crianza consciente o respetuosa, o lo que aprendieron en cursos sobre cómo tratarte bien.  

No señor.  

No es su coherencia, sus sacrificios, su esfuerzo, las decisiones que tomaron por tu bien, las extraescolares a las que te apuntaron… 

No es nada de eso. No señor.  

Son sabores, olores, tacto… humanidad.  

Una humanidad que, paradójicamente, sólo emerge cuando dejamos de educar.  

Y eso es lo que quiero desearos hoy, con todo mi corazón. Felices fiestas, y que os podáis encontrar sin los frenos, las fronteras y las cargas que os imponemos los profesionales de la crianza y la educación.  

Porque no hay motivo o razones que valgan si estamos impostando nuestro ser.  

Felices fiestas. Sin educación.  

Toca descansar.  


Gorka Saitua | educacion-familiar.com 

Un comentario en “Felices fiestas sin educación

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