Elogio de la incoherencia 

[…] Ser incoherente es, hoy en día, una condena a la exclusión que resta trabajo a los sistemas de control de los poderes de los estados, porque somos nosotras y nosotros mismos, la ciudadanía, quienes nos encargamos de hacer el trabajo sucio. […] 

Dejaros de hostias. Yo quiero ser incoherente.  

Quiero ser incoherente en mi trabajo, y quiero serlo en mi vida. Quiero ser incoherente en la relación con el mundo, y educar a mi hija en el máximo respeto a la incoherencia, para que esta sociedad caduca tenga una herramienta menos con la que doblegarla, y para que tenga más recursos para sostener una buena relación consigo misma.  

Estamos tan metidos en la lógica neoliberal, que no nos percatamos de las grietas por las que se nos imponen sus valores. Y uno de esos agujeros, oscuros, húmedos, mohosos, es el imperativo de ser coherentes.  

Es decir, de ser iguales en todo momento, categorizables, predecibles y fácilmente manejables, con la voluntad y el conocimiento adecuados para ello.  

Ser incoherente, hoy en día, implica ser carne de zasca, de cancelación o de la exclusión más salvaje en formato postmoderno. Salirse del sistema ya no es tanto apuntarse a un movimiento político —y a su mechandising de tacitas y camisetas—, o pertenecer a determinado grupo-masa, sino hacer ejercicio consciente de la propia incoherencia, de la propia “locura”, resultando sujetos impredecibles y libres en la interacción con el contexto.  

No olvidemos que el sometimiento a la razón instrumental, esto es, a la que coordina medios y fines, es una gran herramienta de control social, al volvernos predecibles y puntuales en cada uno de nuestros movimientos.  

Si lo piensas un poco, hoy en día hay pocas cosas más capaces de callar bocas que el miedo a salirse del discurso del grupo social al que se pertenece y, por tanto, de ser tachado como incoherente. Ser incoherente es, hoy en día, una condena a la exclusión que resta trabajo a los sistemas de control de los poderes de los estados, porque somos nosotras y nosotros mismos, la ciudadanía, quienes nos encargamos de hacer el trabajo sucio. Tan contentos.  

Carta en la mesa, presa.  

Si has dicho algo públicamente, estas jodido. Harás lo habido y lo debido para mantener la coherencia con lo que dijiste, porque hoy en día todo queda grabado, escrito, y nadie parece aceptar el hecho de que las personas evolucionan en su pensamiento, no necesariamente hacia una mayor coherencia, sino hacia una mayor profundidad o por motivos más terrenales o superficiales, da lo mismo. Y eso, amigas y amigos, implica aceptar las contradicciones, el desconocimiento, el misterio y lógicas alternativas, metafóricas, simbólicas y narrativas, como parte de la vida.  

Una razón práctica y alternativa más allá de la lógica del capital, pero que nos conecta con los demás, con su experiencia y con su vida.  

Porque la incoherencia recoge valores muy humanos.  

Llegados a este punto, quizás tengas la tentación de contraponer coherencia e incoherencia como antónimos en tu diccionario. Pero, quizás, sea una trampa. Porque la incoherencia se hace más manifiesta y disruptiva cuando surge de de la coherencia, como un rayo devastador que lo perturba todo. 

Por de pronto, aceptar la incoherencia ayuda a tejer lazos más humanos. Más profundos y más estables, es decir, es un bálsamo contra la soledad de primer grado. Porque aceptar la incoherencia es aceptar a las personas en todo su esplendor, en sus luces y en su oscuridad, en lo bueno y en lo malo, en la salud y en la enfermedad… es decir, por completo, sin pretensiones de cambiarlas, y para siempre.  

Aceptar la propia incoherencia es un recurso a favor de la salud mental, en contra de lo que dictamina la psiquiatría clásica.

La incoherencia bien llevada es el origen del humor. De que mola, del que no hiere al describir la realidad de uno mismo. El que te lleva a escupir el café por la mañana y a atragantarte con una cerveza con los amigos.  

La incoherencia permite explorar los márgenes, que es algo que a veces da mucho miedo. Es decir, ayuda a salirse de la casilla donde nos ha colocado la vida, y nos ayuda a explorar el mundo. Se configura como una poción mágica que nos adhiere a personas de otras culturas, otras ideologías políticas, otros valores, y otras formas de vida. Pero, lo mejor de todo, es que nos ayuda a reconocerlas como seres completos en su propia incoherencia.  

Por eso digo que la incoherencia, como valor social a explotar, es un factor de movilidad social, a saber, de la peregrinación que las personas pueden entre clases.  

Toma moreno.  

La incoherencia es fuente de creatividad. Un saludo a la vida. La incoherencia nos ayuda a tomar conciencia de aspectos que están ahí y que pueden modificarse o resolverse, para integrar cosas aparentemente incompatibles o contrarias. Y eso vale para lo que anda ahí fuera, o para lo que tenemos aquí —me señalo a la cabeza—, aquí —me señalo al corazón— o aquí —me señalo a las tripas—, bien dentro.  

La incoherencia nos acerca a las tensiones del sistema, y eso nos da poder para intervenir en puntos clave, con el mínimo esfuerzo. Por eso, no es una locura pensar que la incoherencia restaura nuestro lugar en el mundo como sujetos activos que ejercen control sobre su propia vida.  

Abrazar la propia incoherencia es tomar conciencia de uno mismo. Es tratarnos con la profundidad, cuidado y respeto que necesitamos; pero también poder hacerlo con el resto.  

No hay persona más incoherente que la que evoluciona en su relación con los demás, o en un camino que no tiene metas definidas, pero que es el suyo.  

Imaginad un universo paralelo. Un lugar remoto que no estuviera regido tanto por esa lógica matemática del coste-beneficio, como por la incoherencia como motor de la satisfacción humana. Quizás, pasaríamos de un ideal concebido como el engranaje de un reloj, donde cada pieza se ensambla con las otras en un ajuste perfecto, a otro visto como oleadas que baten y remueven, que refrescan, van y vienen, sin una lógica que las haga predecibles.  

Incluyo a las y los profesionales de las profesiones relacionadas con los cuidados.  

Tenemos pendiente la tarea de explorar lógicas alternativas que nos alejen del mecanicismo que nos han metido con una sonda, del cientificismo que nos promete —válgame dios— comprender la realidad, y nos acerquen a formas de explorar el mundo, lo interpersonal y las relaciones más humanas.  

Pero, para ello, lo primero es abrazar la incoherencia.  

No hay ovarios. No hay huevos.  

Verás la que lías.  


Gorka Saitua | educacion-familiar.com

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