Lo que siento cuando intento cambiar 

[…] De hecho, en estas infancias se da una paradoja. Cuanto más se esfuerzan por ser mejores, más se recuerdan a sí mismas que no son suficientes, entrando en un círculo vicioso difícil de frenar. […] 

Hay niñas y niños que viven con el imperativo de que deben cambiar, vayan donde vayan. 

Puede ser porque se porten mal, porque sean tímidos, neurodivergentes, o porque tengan cualquier característica que se salga de lo habitual.  

La cosa es que, estén donde estén, siempre se encuentran con alguien que les diga que no es suficiente con lo que son, y que deben esforzarse para dejar de ser así y convertirse algo diferente.  

Gotita fría por la sien. 

A veces, lo escuchan con palabras, otras veces, con los gestos, pero lo que realmente les llega y les perturba son las reacciones de rabia, rechazo, abatimiento o desesperanza que perciben en los demás. Porque el cuerpo de los adultos comunica apreciaciones o “despreciaciones” que impactan de manera brutal.  

Pasados unos años, esas niñas y niños internaliza estos mensajes y sensaciones como una voz interior. Una voz que les recuerda, a martillazo limpio, que no son suficientes hagan lo que hagan, se esfuercen lo que se esfuercen, porque “no son bien”.  

Sin embargo, se trata de pequeñas y pequeños que se esfuerzan todos los días por cambiar, por hacerse visibles en la mirada apreciativa de los demás. El problema es que el esfuerzo que implica impostarse a sí mismos están formidable que agota su sistema nervioso, por lo que, llegado a determinado nivel de saturación o agotamiento, llegan a un punto de desconexión.  

«No puedo más, joder, dejadme en paz.» 

Se produce entonces una transición de estado. A los ojos de un espectador puede parecer que se convierten en una persona diferente, desarraigada de su familia y del mundo adulto, que hace lo que le da la gana, sin tener en cuenta los sentimientos o las necesidades de los demás.  

«Si nadie aprecia lo que soy, no puedo confiar en nadie; así que tomaré lo que me dé la gana, y que les den.» 

Tanto familias como profesionales debemos ser más conscientes de las implicaciones que pueden tener nuestras reacciones, gestos y mensajes, cuando conectan a estas niñas y niños con la idea de que no son suficientes para nosotros. Porque despierta en ellos una profunda vergüenza, que es una de las sensaciones más difíciles de tolerar o gestionar.  

De hecho, en estas infancias se da una paradoja. Cuanto más se esfuerzan por ser mejores, más se recuerdan a sí mismas que no son suficientes, entrando en un círculo vicioso difícil de frenar.  

Hasta el punto de que “se rayan” ellas y ellos solos, enfadándose con el mundo sin razón aparente.  

Y éste es un indicador clave de que necesitan ayuda. Pero NO para hacer mejor los deberes, para modificar su conducta, para aprender habilidades sociales, o para hacer croquetas sin leche —se me ponen los pelos de punta—, sino para ayudarles a reconciliarse consigo mismos mirando apreciativamente lo que pasa desapercibido o es rechazado por los demás. 

Pero esa mirada apreciativa hacia lo que todo el mundo considera SU SUPUESTA OSCURIDAD, no es posible sin el apoyo de sus referentes más significativos (madres, padres, tutores, profesores, entrenadores, etc.). Es decir, sin que las personas que les importan revisen qué les estuvo y les está llevando a reaccionar así, como si estas y estos peques fueran apestados, incompletos, absurdos o insuficientes precisamente por sufrir.  

Porque, lo que a menudo se considera un problema no es sino una solución creativa para sobrevivir a la situación.  

Porque las niñas, niños y adolescentes que rechazan al mundo adulto, muchas veces están protegiendo su identidad. Una identidad que rechaza y niegan sus mayores, cegados por la idea de que deben cambiar.  

Y tienen derecho a hacerlo. Primero como pueden. Y, luego, como vayan aprendiendo, pero siempre con respeto a su autonomía. Porque sus decisiones —las suyas, es decir, las que parecen buenas y las que parecen malas—, son las que les van a ayudar a desarrollarse en la línea que necesitan.  

Y aquí es donde lanzo mi crítica hacia los profesionales venden programas de tratamiento orientados a cambiar a las niñas y niños y desarrollar “todo su —maldito— potencial”.  

A fin de cuentas, un rasgo de las relaciones suficientemente seguras es la confianza de la figura de apego en la capacidad del otro para regularse y encontrar el equilibrio.  

Si nos falta eso, quizás sea una pista sobre lo que debemos atender.  

Porque, si algo transmite que uno es lo que debe ser, es que nadie se preocupe ni ocupe demasiado por ella o él.  

Pero ahora, turno para ti, ¿los identificas a tu alrededor?

¿Qué vas a hacer?


Gorka Saitua | educacion-familiar.com

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