La escisión de lo agradable: otra respuesta ante el trauma

[…] Lo primero que sentí fue un golpe que, como una patada, me recolocaba el pecho. Me quedé con cara de tonto, sorprendido, porque no estaba pasando nada grave ni importante. La niña estaba bien y en compañía de su madre. Pero mi cuerpo estaba reaccionando como si se tratase de un evento crucial en nuestra vida. […]

Ayer dejé a mi mujer y mi hija por la noche en el hospital.

Nada grave. Le van a monitorear el sueño a la peque porque probablemente le tengan que operar de vegetaciones. 

Al llegar a la planta de ingresos, nos encontramos un cartel enorme en la puerta que decía “un sólo acompañante por persona”, así que tuve que dar la vuelta y marcharme. Pero, al cerrar la puerta y ver que la niña avanzaba —bastante contenta y motivada— por el pasillo, algo se despertó en mí. Algo muy fuerte y no del todo desconocido. 

A ver si consigo describirlo. 

Lo primero que sentí fue un golpe que, como una patada, me recolocaba el pecho. Me quedé con cara de tonto, sorprendido, porque no estaba pasando nada grave ni importante. La niña estaba bien y en compañía de su madre. Pero mi cuerpo estaba reaccionando como si se tratase de un evento crucial en nuestra vida. 

Rápidamente, y sin pedirme permiso, mi pecho se infló con una presión muy grande que apenas podía contener, desembocando como un río turbulento en mi garganta. Los ojos se me humedecieron y me entraron unas tremendas ganas de llorar que reprimí tragándomelas, como quien se traga un cacho enorme de pollo seco. Por lo que volví a sentir el pecho como una olla a presión, sin válvulas, y ardiendo por el fuego. 

Eso no mola nada. 

Volviendo en mi coche, me paré a ver esa secuencia a cámara lenta y paso a paso. Tipi tapa. Y mi mente pudo irse a un montón de situaciones en las que había sentido algo parecido. Aparqué en la playa, quité la música —el punk no es lo mejor para mirarse hacia dentro— y me di un tiempo. Llovía un poco, y se escuchaba el crepitar de las gotitas en el techo. 

Quizás ya intuyas por dónde van los tiros. 

Recordando ese nudo en la garganta y esas ganas de llorar, mi mente voló hasta casi mi primera infancia. Cuando veía películas que me emocionaban y estando sólo o acompañado, reprimía el llanto para sentirme más fuerte. Luego, se fue al despacho de ese profesor que supo verme y respetar mi espacio, con quien mi corazón estaba a full, pero por fuera aparentaba ser un témpano de hielo. Al día en que nos dijeron, en el hospital, que lo de mi abuela no tenía remedio, y que iban a sedarla. Y a ese funeral en primera fila, donde mi mente se fue a volar por el espacio para contener las lágrimas. 

La cosa es que el nudo en la garganta siempre me ha resultado agradable. Una sensación que recorre todo el cuerpo acariciándolo con cuidado hasta sentir cosquillas y escalofríos, y me hace sentir, ¿vivo? Sí, vivo es la palabra. 

Cosa que no es ninguna tontería para quien sistemáticamente se ha protegido escindiéndose o disociándose de su cuerpo. 

Imagino que es una sensación que me persigue para que le haga caso, como un cachorrillo indefenso. Que me muerde y araña los pantalones cuando menos lo espero para decirme, oye, amigo, no te pires, que son amistoso, deseo cuidarte de cerca y quiero estar contigo. Pero al que normalmente le doy una patada, porque todo el mundo a mi alrededor me dijo siempre, sin palabras pero con firmeza, que lo que valía es tener, como He-Man, muchos músculos, una espada y un tigre gigantesco al lado. 

Pero yo no era un superhéroe de dibujos animados. Y mi amigo, mi confidente y mi protector era muy diferente a lo que esperaba: un pequeño labrador, sin dientes ni garras, que apenas conseguía seguirme el paso. Un bichillo simpático que todavía trata de llamar mi atención, cuando menos lo espero, aprovechando el momento adecuado. 

¿Por qué os cuento esto?

Porque el trauma, en muchas ocasiones, no nos disocia sólo de las sensaciones desagradables o intolerables, sino que perturba también la relación que tenemos con lo que es gustoso para nosotras y nosotros mismos. Y, al hacerlo, no sólo nos priva a nosotros de esa experiencia, sino también a los que nos siguen —como ese cachorrillo— los pasos. A fin de cuentas, nuestras hijas e hijos difícilmente podrán explorar y sostener lo que nosotros, adultos, fuertes, y refugio seguro, no toleramos. 

Como individuos, como familias y como sociedad, tenemos una cuenta pendiente con la infancia: 

Recuperar las sensaciones agradables, positivas, amables, que el peso del trauma intergeneracional nos ha arrebatado. 

Es un compromiso profundo que, sin duda, puede tener un impacto profundo en ellas y ellos. 

Pero yo no quiero que mi hija se pierda eso. No quiero que no pueda disfrutarlo a mi lado porque le genere inseguridad o miedo. 

Y a ti, ¿qué sensaciones te persiguen y te estás perdiendo?


Gorka Saitua | educacion-familiar.com

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