El castigo como una parada en el camino o ¿un mal menor?

[…] Lo digo porque, a veces, nos metemos en debates en el que hay dos posturas enfrentadas, en plan a favor y en contra, rollo dicotómico, como si el hecho de castigar (o no) fuera una realidad independiente a las personas que lo hacen, o a las personas que pretende corregir o hacer entrar en razón. […]

No voy a ser yo quien defienda el castigo como herramienta educativa. Pero sí me atrevo a decir que hay variables que condicionan el sentido que puede tener para las familias y en las niñas o niños a quienes se aplica como, por ejemplo, el modelo de familia, que es una de las cosas que primero estimo para comprender lo que está pasando por ahí.  

Lo digo porque, a veces, nos metemos en debates en el que hay dos posturas enfrentadas, en plan a favor y en contra, rollo dicotómico, como si el hecho de castigar (o no) fuera una realidad independiente a las personas que lo hacen, o a las personas que pretende corregir o hacer entrar en razón. Y eso es, aquí y donde sea, casi siempre un grave error.  

Sé que algunas y algunos de vosotros estaréis agarrando piedras, así que voy a explicarme rápido y un poco regular.  

Si pensamos en una familia que abusa del castigo como herramienta educativa, nuestra mente, en plan automático, presupone que se trata de un modelo autoritario. Es decir, una estructura donde los valores predominantes son la obediencia y la sumisión a la autoridad, y donde las necesidades de la infancia pasan desapercibidas o son subyugadas, dado que la conducta de las pequeñas y los pequeños sólo se valora en la medida que se asemeja al ejemplo y las pautas que dicta el adulto dominante, normalmente un hombre que, además aplasta también a su mujer.  

Y claro, en este contexto el castigo es caca, porque implica carencias severas a nivel de mentalización, y constituye una forma severa de maltrato hacia la infancia, porque los adultos sólo pueden confiar en pisar cabezas como única forma de guiar a las y los pequeños y, así, sentirse mejor.  

Sin embargo, existen otros modelos de familia en los que el castigo es, prácticamente inconcebible. Por ejemplo, en el modelo hiperprotector. En el modelo hiperprotector —coño, éste soy yo—, los progenitores tienden a proyectar sus miedos e inseguridades en las niñas o niños, sobreestimulando así sus necesidades de cercanía y conexión, pero limitando los estímulos que ofrecen para la exploración. Es como si la idea predominante fuera que “el mundo es un lugar peligroso y, por eso, me necesitas a mí”.  

El riesgo, aquí, es crear niñas y niños demasiado dependientes, que no puedan distinguir entre una leve molestia y una amenaza grave, porque tienen el autoestima por los suelos y la amígdala a full.  

Aquí el castigo no se suele aplicar, pero, cuando se aplica, tiene un impacto completamente diferente. Es verdad que implica dolor, tanto para los adultos como para las peques o los peques afectados, pero también cierto criterio de realidad y confianza en los recursos disponibles para enfrentar a solas determinada situación.  

!! Repito, que ya me ha dado la primera pedrada, no estoy defendiendo el castigo, sino exponiendo los matices que permiten ver las consecuencias que tiene de manera diferencial. No aconsejo ni aconsejaré a ninguna familia aplicar el castigo como solución a los problemas.  

Retomo. Por criterio de realidad me refiero a la capacidad que tienen las niñas y los niños, según su desarrollo y experiencias relacionales, para distinguir lo leve de lo grave, y que se construye, en gran medida, gracias a la respuesta que los adultos dan a los estados de su sistema nervioso, en plan, guaoooo, qué movida, o déjate de chorradas que ha sido una tontería, sin más. Y que, de alguna manera, se relaciona con la autoconfianza percibida para enfrentar los problemas, porque si algo es una chorrada, coño, puedo con ello, pero sí es una movida tocha igual mejor buscó refugio donde adultos que reconforten y sepan cuidar.  

Y aquí es donde el castigo tiene un gran impacto, porque comunica algo así como “a mi déjate de chorradas y apechuga, colega, que has hecho mal”. Una idea que, en sí misma es una mierda, pero que puede ser el inicio de un camino que merezca la pena recorrer.  

No olvidemos que muchas de las personas a quienes acompañamos no tienen los mismos recursos que nosotros, y que los nuestros no los podemos imponer.  

Y es que hay algo confuso en lo que llamamos “teoría del apego”, porque su mismo nombre nos lleva a pensar, por encima de otras cosas, en las necesidades de afecto y conexión. Pero, en realidad, un #apego_suficientemente_seguro se construye en ese equilibrio que se construye y refuerza a promover tanto el acceso a un refugio_seguro como la posterior exploración. Y es la sobreestimulación o la insatisfacción de estas necesidades lo que da lugar a los diferentes modelos de apego predominantemente inseguros, que pueden condicionar el desarrollo posterior.  

Y eso es lo que es el castigo: un revulsivo grotesco y chungo, pero que obliga a la infancia a sacarse las castañas del fuego con sus propios guantes y herramientas, sin un adulto se que se anticipe a sus necesidades y les invalide haciéndose cargo de lo que ellos deberían poder gestionar. 

Siempre y cuando, claro, se aplique con medida, y conectados con lo que las peques y los peques puedan sentir y sin excluir la posterior reparación porque, coño, lo sabemos, si hemos hecho eso algo hemos hecho mal.  

Vale. Os lo compro. El castigo es el recurso de los que no tienen otro recurso para educar. Pero también os confieso que, en determinados procesos que he acompañado, las familias han optado por castigar y yo no he dicho nada en contra de su decisión, porque entendía —y entiendo— que es una parada en el camino que, paradójicamente, podría darnos pistas sobre lo que las niñas, niños y adolescentes necesitan para desactivar el síntoma que preocupa o sentirse algo mejor.  

Es decir, para confiar en respuestas más empáticas y adaptativas que tengan el mismo efecto, a saber, estimular su confianza y sus necesidades de exploración.  

No voy a ser yo quien tire la primera piedra interrumpiendo un proceso maravilloso, sólo por hacer alarde de superioridad moral.  

Que tampoco soy tal listo y tan guapo como para decir a nadie que se baje del caballo, y que no vaya por allí. Lo primero es respetar su sentido de agencia y, por tanto, su decisión.  

Y eso, obviando otras movidas guapas, como el modelo de apego predominante en las niñas y niños, la neurodivergencia, o la interferencia del trauma. Yavestú. Pero ahí no me quiero meter ahora… 

No me digáis que no me meto en berenjenales. Porque no. 

¿Se ve? 


Gorka Saitua | educacion-familiar.com 

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