Nagusha: la princesa lobo

[…] Las manos le crecían, sus uñas se convertían en garras afiladas y retorcidas, como las de un tigre o un dragón. En sus talones aparecían espolones que goteaban un líquido verde fosforescente. Y su rostro se desfiguraba llenándose de pelo, con orejas puntiagudas, ojos con una pupila vertical, y un hocico prominente del que salían unos colmillos largos y afilados de color gris. […]

Nagusha parecía una princesa normal. Era hija de un rey y una reina que le querían y le protegían, y vivía en un castillo enorme. Tras sus muros se sentía segura. Llevaba una corona de oro en la cabeza y flamantes vestidos con joyas incrustadas. Respetaba los protocolos de palacio, y comía de manera muy educada, manejando con delicadeza el tenedor y el cuchillo, sin mancharse jamás. 

Pero la princesa Nagusha guardaba un secreto. Un secreto que afloraba una vez al mes, con la luna llegaba en su máximo esplendor. 

Nagusha se retiraba a sus aposentos y cerraba la puerta con llave. Nadie, ni los consejeros de palacio, ni sus propios padres, ni las magas que le instruían, podían entrar. 

Entonces, un escalofrío le recorría la espalda como una sacudida de electricidad. Y según avanzaba esa corriente por su espalda, de arriba hacia abajo, la zona le picaba como si hubiera un montón de bichos correteando por allí. De los puntos de picor nacía rápidamente el pelo, primero, en su nuca, luego en sus omóplatos y finalmente rellenando toda, toda la espalda hasta que no se veía un ápice de su piel. 

Empezaba a sentir un poder descomunal. 

Las manos le crecían, sus uñas se convertían en garras afiladas y retorcidas, como las de un tigre o un dragón. En sus talones aparecían espolones que goteaban un líquido verde fosforescente. Y su rostro se desfiguraba llenándose de pelo, con orejas puntiagudas, ojos con una pupila vertical, y un hocico prominente del que salían unos colmillos largos y afilados de color gris. 

En cada punto de su transformación se sentía más viva, más fuerte y más malvada. Deseaba hacer daño a los demás. 

Con cada luna llena, Nagusha se convertía en lobo. Pero no un lobo cualquiera, sino uno feo y mostruoso, el más malvado y malholiente, al que todos temían por las leyendas que los ancianos contaban acerca de la gente que se había internado en el bosque y nunca, nunca, se les volvió a ver. 

Gruñendo y aullando, Nagusha saltaba desde la ventana. Daba un salto al llegar el suelo, y traspasaba los muros esquivando las flechas de los arqueros y las lanzas de la infantería, que pensaba que el mismo demonio había llegado al castillo como castigo por no rezar. 

Nagusha, la princesa lobo, corría por los senderos hasta llegar el bosque. Y, una vez allí, se internaba en la espesura, cada vez más oscuro, hasta llegar a las tierras pantanosas que ningún hombre se había atrevido a explorar. Allí, con los murciélagos, los cocodrilos, las serpientes, las sanguijuelas y el fango apestoso, se sentía bien. 

A veces, abandonaba el pantano y vagaba por el bosque. Al encontrarse con un ciervo o un conejo, lo perseguía, lo acorralaba y lo despedazaba con sus zarpas o sus dientes, dejando el cadáver —ja, ja, ja— para que se pudra ahí. 

El sabor de la sangre le excitaba y la llenaba de vida, como el elixir mágico de la eterna juventud. Y aullaba, aullaba al cielo, sabiendo que ese sonido aterraba a los pájaros y a los zorros, a los tejones y a los osos por igual. 

Pero, cuando la luna comenzaba a mermar, Nagusha empezaba a sentir un fuerte dolor en sus brazos y sus piernas. Un dolor que la atenazaba desde dentro y que le indicaba que era la hora de volver. 

Sigilosamente regresaba al castillo. Trepaba por los muros y se colaba en su habitación. Observaba, compungida, como el pelo se le caía, las uñas retrocedían, los músculos se volvían débiles, el hocico se convertía en labios y las orejas volvían a ser gráciles, simpáticas y limpias como correspondía a una niña de noble cuna. Al culminar la transformación —esta vez de lobo a niña— Nagusha se sentía aterida y agotada, y sus recuerdos eran lejanos y confusos, como si todo fuera una historia que le han contado, como si ella y todo lo que e había pasado fuera irreal. 

Entonces, los sirvientes entraban. 

—¡Nagusha, Nagusha! —gritaban—. Pensábamos que te había llevado el demonio de la noche. ¡Qué horror!

Y ella sonreía por dentro, mientras se decía: 

«Tranquilos, amigos, preocuparos por vosotros y vuestras familias. No os desveléis por mí.»


Gorka Saitua | educacion-familiar.com

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