Te lo comes tú para que yo pueda sobrevivir: proyección y vergüenza de base 

[…] El problema de la proyección es que es insensible a los argumentos. Por mucho que expliquemos a una persona lo que está pasando y las dificultades en que se está metiendo, difícilmente entrará en razón, porque se está protegiendo de amenazas formidables. […] 

—No sé qué le pasa a este niño. Para mí que tiene algo mal en la cabeza.  

Era una mujer que había sufrido sistemáticamente violencia de género, primero de manera vicaria, y luego en sucesivas relaciones que le habían dejado varios hijos. Cuando su hijo mayor llegó a la adolescencia tuvieron un fuerte encontronazo y golpeó una puerta. Se le vinieron encima todos los fantasmas.  

—Has tenido que sentir algo muy fuerte en tu cuerpo. Si te parece, dime, por favor, qué parte de tu cuerpo está más activa ahora que me estás contando lo que pasó —respondí.  

Rápidamente se llevó la mano a la zona baja del estómago.  

«Parece miedo», pensé, pero no dije nada.  

—Si te apetece, podemos hacer como otras veces —continué—, deja la atención allí un rato, y vamos a ver en qué lugar del espacio y del tiempo se posa.  

Sus ojos empezaron a moverse rápidamente de un lado a otro, como si estuviera buscando tras las paredes los recuerdos.  

No tardó en emocionarse. Con un hilo de voz tembloroso, contestó:  

—Su padre… 

Es algo que observamos reiteradamente en nuestro trabajo. Las personas que han vivido experiencias traumáticas, sobre todo, si se trata de trauma complejo, tienen una clara tendencia a la proyección. Es decir, a colocar su malestar o sufrimiento en otras personas, haciéndoles responsables de su mundo interior y culpándoles de su sufrimiento. Como esta madre, que atribuía el comportamiento de su hijo a que algo en él “estaba mal”. Este mecanismo de protección —prefiero hablar de “protección” en vez de “defensa”— constituye una de las dificultades primarias en nuestro trabajo, dado que, si una persona siente que son los demás los que deben cambiar, difícilmente se podrá responsabilizar de los demás (familia, hijos, etc.), o de su propio mundo interior, lo cual, ineludiblemente, nos lleva a un callejón sin salida.  

¿Qué me estás contando? No digas chorradas. A mí me están jodiendo. Mientras no paren, ¿cómo voy a estar o hacer las cosas bien? 

El problema de la proyección es que es insensible a los argumentos. Por mucho que expliquemos a una persona lo que está pasando y las dificultades en que se está metiendo, difícilmente entrará en razón, porque se está protegiendo de amenazas formidables.  

Nada que no sepas, ¿verdad? 

Pero, ¿qué suelen tener en común las amenazas que activan la protección? Es importante saberlo para tomar decisiones que ayuden a la gente a tirar hacia delante. Y para que las y los profesionales no nos volvamos tarumbas en una empresa que, por mucho que insistamos, por muchas ganas que le pongamos, no va a funcionar.  

No sé si alguien ha estudiado sobre esto. Pero no tengo ninguna duda de que la proyección se sustenta en la… vergüenza. Ya sabéis, la sensación de que uno no vale lo suficiente y que muchas veces va asociada a la sensación de indefensión o impotencia, asociada en muchas ocasiones a un relato que implica la creencia de que uno no se ha podido ni se puede proteger.  

Si aceptamos esta idea, las cosas cobran sentido. Sentirse malo, insuficiente, inválido, peor que los demás, implica una verdadera amenaza existencial. Porque si uno no vale, ¿para qué protegerse? Y si me apuras un poco… ¿para qué vivir?  

Por eso, las personas con trauma se protegen de cualquier forma para conectar con esa vergüenza de base —que no debe confundirse con la “vergüencita social”—, dejándola por ahí, en un compartimento estanco donde ni quieren, ni pueden mirar. Retroalimentando así los procesos circulares de disociación que fragmentan la personalidad.  

Y la forma más natural y eficaz para protegerse de la vergüenza que mata es colocando lo que nos parece horrible en los demás. Porque, si son ellos los malos, los que tiene algo chungo o los que están mal, puedo evitar esa mirada hacia el interior que puede acabar conmigo, porque afecta a todo mi ser.  

—Yo también estaba pensando en su padre —dije—, pero también en todas esas personas que te han tratado a lo largo de la vida con una violencia que no te merecías. 

—Es verdad… 

—… y que te hicieron sentir que no valías ni el aire que respirabas —continué—, de manera directa, a través de los golpes, y de manera indirecta, a través de la impotencia que implica el hecho de no poderte proteger.  

Cada vez se emocionaba más.  

—Vamos a dar un rato a eso que estás viendo, sintiendo, porque es importante y tiene que encontrar su lugar, ¿te parece bien? 

Asintió.  

Estuve con ella, sintiendo cómo iban y venían las oleadas de la emoción. Hasta que, pasado un buen rato, respiro profundamente y clavó su mirada en mí.  

—¿Cómo estás? 

—Joe, Gorka, sorprendentemente bien.  

—Qué gusto. Si quieres, vamos a dar un tiempo, también, a esas sensaciones agradables. Que también tienen que encontrar su lugar.  

Estuvo un buen rato, disfrutando de la respiración.  

Cuando sentí que todo estaba en su sitio, me aventuré:  

—Y ahora, con todo esto que has sentido y vivido… y con esas sensaciones en tu cuerpo, ¿qué te gustaría decir a tu hijo? 

Fue un silencio largo.  

Cuando habló, lo hizo evitando mi mirada: 

—Que me perdone, porque desde aquel día no le he tratado nada bien. 

Igual hay otras formas de hacerlo. Yo qué sé. No soy un experto en nada, ni tengo legitimidad para sentar cátedra sobre el tema. Pero lo que veo, en muchas sesiones, es que las personas que han sido muy vulneradas sólo pueden desactivar la proyección cuando las figuras profesionales podemos aceptar, comprender y dar valor a esa vergüenza de base que se relaciona con las experiencias traumáticas, acompañándolas como se merecen justo ahí, en esos eventos de su vida en el que otras figuras de apego no quisieron, no supieron o no pudieron, ni acompañar, ni proteger. 

Es decir, proporcionándoles las experiencias de buen trato necesarias para que el dolor y el sufrimiento puedan tener un sentido, y se puedan integrar.  

El resto va sólo.  

Ya ves.  


* Artículo basado en una experiencia real. Como siempre, se han modificado nombres y aspectos del relato para evitar una posible identificación.  

Lecturas recomendadas:  

BARUDY, J. y DANTAGNAN, M. (2010). Los desafíos invisibles de ser padre o madre. Barcelona: Gedisa 

GONZÁLEZ, A (2021). Las cicatrices no duelen. Cómo sanar nuestras heridas y deshacer los nudos emocionales. Bilbao: Planeta 

MARTINEZ DE MANDOJANA, I. (2021). Pero a tu lado. De la parentalidad positiva a la crianza terapéutica. Madrid: El Hilo Ediciones. 

PITILLAS, C. (2021). El daño que se hereda. Comprender y abordar la transmisión intergeneracional del trauma. Bilbao: Descelee de Brouwer 


Gorka Saitua | educacion-familiar.com  

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