Te arranco la cabeza 

[…] Su hijo, de 4 años, había pegado un manotazo a su abuela. Y, cuando le habían dicho que pidiera perdón, se había negado reiteradamente diciendo que no, que no lo sentía en absoluto. […] 

Fue como un viento helado.  

«Te arranco la cabeza, niño», pensó.  

Su hijo, de 4 años, había pegado un manotazo a su abuela. Y, cuando le habían dicho que pidiera perdón, se había negado reiteradamente diciendo que no, que no lo sentía en absoluto.  

Actuamos en modo teleológico (una forma de no mentalización) cuando sentimos un fuerte malestar y sobreentendemos que la única forma de resolverlo es modificando el contexto o el comportamiento de los demás. El problema de esta forma de funcionar es que siempre está muy alejada de la experiencia de nuestras hijas e hijos. Y actuamos en equivalencia psíquica (otra forma de no mentalización) cuando sobreentendemos que la interpretación que hacemos de la realidad es la única posible, sin dudas al respecto. 

Para él era muy importante que su hijo tomara conciencia de lo que había hecho y se disculpara, así que, primero, se lo pidió por las buenas, tratando de ser comprensivo con él pero, cuando empezó a negarse, le empezó a salir un impulso autoritario:  

—Te quedas en la habitación hasta que le pidas perdón —le dijo—. Estaré contigo hasta que lo hagas.  

—¡No voy a pedirle perdón, no o siento! —repetía el niño, cada vez más rígido.  

Cuanto más empeño ponía el padre en que su hijo reparara el daño que había hecho, más rígido se mostraba el pequeño.  

Desde su perspectiva adulta, el niño se le estaba “subiendo a la chepa”; estaba actuando sin ninguna empatía, como un verdadero psicópata. De ahí la necesidad de resolver, a la voz de ya, la situación, sabiendo, además, que el crío se sentiría mejor tras resolver las cosas, porque seguro que obtenía una buena respuesta por parte de la abuela, que estaba deseando reparar la relación con él.  

«Cagoentuputavida, ¿por qué no das tu brazo a torcer? ¿Qué hostias te pasa?», pensó.  

En determinado momento, su mujer se le acercó. Le hizo un guiño como diciendo «joé, tío, menuda movida». Y fue eso, justo eso, lo que le hizo bajar a tierra. De repente, el problema no era sólo suyo, sino que estaba a-com-pa-ña-do.  

—No sabes cómo me está tocando los cojones —dijo, sincerándose con su pareja.  

Lo que no sabía este padre, porque era muy difícil en su estado, era que su impulso autoritario, que pretendía hacer entrar en razón a su hijo, en realidad estaba obrando el efecto contrario, dado que el niño, al ver resentida la relación con su padre, sentía más vergüenza y, en consecuencia, se sentía más rígido y bloqueado. 

—Ya, cuando se pone así es muy difícil —contestó ella.  

—Si yo ya sé que no lo hace por tocar las narices…  

Al decir eso, su mente pudo colocarse en otro lugar. Ya no se sentía amenazado, sino que tenía curiosidad por el comportamiento de su hijo. De repente, vio algo claro.  

—Dice que no le importa, pero en realidad está súper avergonzado. No podía mirarme a la cara, y mucho menos a ella —dijo, haciendo referencia a su abuela—. Lo que no sé es por qué se niega a pedirle perdón. Es tan fácil… y sabe que cuando lo haga todo se habrá arreglado.  

El hecho de darse cuenta de que estaba avergonzado, cosa que no había podido ver hasta ahora, cambió completamente la forma de ver a su hijo y de interpretar el problema. La situación había dejado de ser amenazante, porque ya no era que el niño se le estuviera subiendo a la chepa o descarriando, sino algo diferente, aunque todavía desconocido para ambos.  

—Yo tampoco tengo ni idea —respondió ella.  

—¿Puede ser que tenga tanta vergüenza que no pueda pedir disculpas? —preguntó él—. No lo sé, a veces a mí me pasa. Cuando sé que he hecho algo verdaderamente mal, permanezco oculto, porque reconocerlo me conecta con la idea de que soy una verdadera mierda. 

—No lo había pensado así —dijo ella—. Yo estaba pensando en que, igual, nos ha echado mucho de menos hoy, porque ha pasado todo el día con tu madre, y apenas le hemos hecho caso. Igual es sla única forma que tiene, en su enfado, de decirnos que se siente mal y que necesita estar más tiempo con nosotros.  

—Puede ser. Igual son las dos cosas… 

—¿Qué hacemos entonces? 

—Ahora que lo pienso, en vez de decirle que pida perdón él solo, podríamos acompañarle y ser nosotros los que pongamos palabras a lo que está sintiendo. Seguro que le damos un impulso para que lo haga.  

—Qué bien. De acuerdo.  

—Venga, vamos juntos.  


Lecturas recomendadas:  

BATEMAN, A. y FONAGY, P. (2016). Tratamiento basado en la mentalización para los trastornos de la personalidad. Bilbao: Deslee de Brouwer 

DANGERFIELD, M. (2017). Aportaciones del tratamiento basado en la mentalización para adolescentes que han sufrido adversidades en la infancia. Cuadernos de psiquiatría y psicoterapia del niño y del adolescente. SEPIPNA, nº 63.   

PITILLAS, C. (2021). El daño que se hereda. Comprender y abordar la transmisión intergeneracional del trauma. Bilbao: Descelee de Brouwer 


Gorka Saitua | educacion-familiar.com 

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