Acercarse al alumnado que sufre | ejercicio para docentes 

[…] Por ejemplo, Julia —siempre se utiliza este nombre en los ejemplos— es muy buena alumna, pero se activa mucho cuando siente que a sus profesores o compañeras no les importa. Según pasa el tiempo, se va observando que sus manos están más y más inquietas, hasta que finalmente suele levantar la mano para hacer alguna pregunta fuera de contexto que descoloca a la clase. […] 

Os dejo una técnica para acercaros a la realidad de vuestras alumnas y alumnos.  

Leva un poco de tiempo, pero creo que puede marcar la diferencia en el estilo de relación que mantenéis con ellas y ellos.  

No soy docente. Nunca he pisado un aula de un centro escolar o instituto. Pero la he utilizado un montón de veces para promover una intervención más cercana con las niñas, niños y adolescentes a quienes acompaño. Y he tenido resultados excelentes.  

Lo bueno es que no necesitáis conocer en entorno de la chica o el chico, ni a su familia. Tampoco necesitáis hacer una observación estructurada, sólo organizar la información que habéis ido recogiendo de manera informal, en el día a día.  

Tan sólo tienes que responder —si es posible, por escrito— a las siguientes preguntas:  

— 

¿Qué es lo que más le afecta en el trato con docentes o compañeros? 

Vamos a recordar las ocasiones en las que su sistema simpático se ha activado, dando lugar a una respuesta de lucha o huida, pero, sobre todo, ver en qué situaciones se ha quedado bloqueada o bloqueado (reflejo vagal dorsal), porque es el principal indicador de vergüenza, impotencia y desesperanza, esto es, de trauma.  

Reconocidas y puestas sobre el papel estas situaciones, trataremos de dilucidar qué gatilladores han desencadenado esa respuesta, y quién ha sido la persona (o personas) que han motivado dicho comportamiento.  

Puede que te sientas un poco bloqueada o bloqueado a la hora de elaborar tus hipótesis —claro sólo podemos hacer un planteamiento hipotético—, pero no te preocupes. Sea como sea el ejercicio te va a acercar un poquito más a la realidad de esa persona, y siempre vas a poder revisar el ejercicio a la luz de la nueva información que aparezca.  

Por ejemplo, Julia —siempre se utiliza este nombre en los ejemplos— es muy buena alumna, pero se activa mucho cuando siente que a sus profesores o compañeras no les importa. Según pasa el tiempo, se va observando que sus manos están más y más inquietas, hasta que finalmente suele levantar la mano para hacer alguna pregunta fuera de contexto que descoloca a la clase. Cuando hace estos movimientos, sus compañeras y compañeros reaccionan con rechazo (“ya está otra vez la pesada de Julia”), provocando en ella una reacción de bajón considerable: se queda apagada, ausente y no hace los ejercicios de clase. Por parte del profesorado, la respuesta es similar: suele sentir que Julia interfiere en el hilo natural de la narrativa, obligando a todo el mundo a seguir un camino paralelo que resulta un tanto incómodo.  

Llegados a este punto, toca la parte más interesante de esta primera pregunta: ver qué respuesta por parte del entorno le lleva a cotas más altas de tranquilidad o seguridad. Es decir, que le hacen pasar de esa respuesta de lucha, huida o bloqueo, a la calma y la activación del sistema de compromiso social.  

En reunión de profesores, una compañera expresa que suele saludar a Julia por la calle. Se suelen encontrar porque recorren el mismo camino andando. La profesora explica que siente que ese saludo le hace a Julia mucho bien. Si bien siempre se muestra tímida y cortada, parece que le ayuda a coger aire y recuperar las fuerzas.  

Esta información parcial nos habla de una chica especialmente sensible a la atención que recibe por parte de terceros y al rechazo. Esta información, por sí misma, nos lleva a aventurar algunas de las causas críticas de peligro o retos que ha tenido que enfrentar desde muy pequeñita, a saber, la horrorosa sensación de ser ignorada y rechazada, seguramente, cuando hacía más esfuerzos para estar presente en la mirada de los adultos y existir en su mente.  

Que sí, son hipótesis, pero cuadran perfectamente bien con lo que observamos.  


¿Qué partes protectoras activa para mantenerse protegida o protegido? 

Las partes protectoras son los personajes que toman el control para evitar el peligro o la amenaza, o para sacarnos de algún atolladero. Pueden estar más o menos integradas en la estructura de personalidad, en función de la relación que tengamos con ellas, o la vergüenza que desencadenen en nosotras o nosotros.  

Según Schwartz, hay dos tipos de partes protectoras: las directivas, que tienen la función de cuidar nuestra vulnerabilidad en los estados de relativa calma, y las apagafuegos, que aparecen para proteger urgentemente y a la desesperada cuando esta vulnerabilidad ha sido tocada.  

En el caso de Julia, observamos que suele mostrarse comedida y complaciente, como si todo su cuerpo tratara de volverse gris, mimetizarse con el entorno, y desaparecer entre el resto de compañeras y compañeros. Si pudiéramos darle un nombre artístico, diríamos que activa la niña buena.  

Sin embargo, cuando Julia se siente ignorada es como si su personalidad cambiara por completo. De repente, la niña buena se transforma en otra niña hostil y con afán de superioridad, que no duda en interrumpir la clase para demostrar que ella está ahí y que sabe más que los demás.  Vamos a llamarla, la niña repipi, porque evidentemente molesta a los demás.  

Pero cuando esa niña repipi recibe el rechazo de sus iguales, se queda desactivada, apagada, pero con una expresión rara. Es como si, a pesar de sentir una terrible vergüenza y humillación, esté deseando o maquinando la forma de hacer sentir lo mismo a los demás: la hija del mal, que, ahora sí que sí, genera un profundo rechazo —e incluso miedo— en los demás.  

Es importante que veamos a las partes protectoras en una secuencia de escalada, por ejemplo, primero la niña buena, luego la repipi, y luego la hija de satanás —guiño, guiño—, porque verlas así nos ayuda a entender todas ellas tratan de satisfacer necesidades similares, siendo más difícil la conexión emocional —y la satisfacción de dichas necesidades— cuando la tensión o el malestar se incrementan.  


¿Qué vulnerabilidades protegen estas partes protectoras?  

Las partes protectoras suelen ser incómodas y desagradables tanto para la persona que las activa, como para el contexto que las sufre o tolera, pero, sobre todo ello, tratan de comunicar las necesidades que deben satisfacerse, aunque no siempre lo logran.  

La pregunta clave es de qué están protegiendo a la persona, porque, si sabemos qué es lo que necesitan y les damos ese alimento, no necesitarán activarse tan a menudo, perjudicando a la persona y al resto. Así que, si les pusiéramos un micrófono para hablar, ¿qué estarían diciendo? 

Vamos a hacer el ejercicio, tomando de nuevo a Julia como ejemplo:  

La niña buena: “Me da miedo la mirada de los demás. Cuando las personas se fijan en mí, temo que me hagan daño.” 

La niña repipi: “Estoy aquí. Existo. Soy valiosa e importante.” 

La hija del mal: “No hay nada malo en mí por ser rechazada. La culpa es del resto, que son estúpidos y no entienden el valor que tengo.” 


¿Qué respuesta obtiene cuando activa esas partes protectoras? ¿Es una respuesta que satisface sus necesidades íntimas, o que las compromete aún más de cara al futuro? 

Es importante que tomemos conciencia de qué activan esas partes protectoras, tanto en nosotras y nosotros como en el resto del contexto. Porque una cosa es lo que tratan de comunicar, y otra cosa lo que recibe las personas que están al lado. Y, de esta diferencia entre lo que se emite y lo que se recibe, surgen las insatisfacciones más dolorosas.  

Veamos:  

La niña buena: nadie le hace caso y no se le ve porque pasa desapercibida.  

La niña repipi: la gente mira para otro lado y pone los ojos en blanco, esperando una respuesta molesta.  

La hija del mal: genera rechazo y resentimiento.  

Lo habitual es encontrar que lo que las niñas, niños y adolescentes que sufren provocan —como es el caso— es diametralmente opuesto a lo que verdaderamente necesitan. Y suele ser muy duro llegar a la conclusión que nosotras y nosotros, como profesionales —y, en consecuencia, figuras de apego sustitutivas— estamos provocando el mismo comportamiento que rechazamos, muchas veces ejerciendo un maltrato oculto a través del doble vínculo.  


Si las partes que le protegen pudieran hablar, ¿qué estarían gritando? ¿a quién se lo estarían gritando? 

Os pido ahora un ejercicio de resumen. Se trata de condensar las reflexiones que hemos hecho en algo que sea práctico. Debemos traducir el comportamiento de estas chicas o chicos, en algo que nos resulte práctico.  

Para ello, suele ser bonito imaginar lo que estas niñas, niños y adolescentes están gritando, pero identificando hacia quién van esos gritos, tanto en el centro escolar, como fuera del mismo.  

En este caso, el equipo pensó que Julia estaba gritando a sus profesores de matemáticas e historia lo siguiente:  

“Necesito existir, y para ello necesito estar presente en vuestra mirada.” 

“Necesito que entendáis que tengo valor más allá de estas apariencias que me dan asco.” 

“Quiero tener un lugar entre mis amigas.” 

No hay grito más intenso que el que se emite a través de la conducta. Por eso, el equipo fue consciente de que, más allá de lo que pasaba en el centro escolar, la familia necesitaba un modelo de intervención que le permitiera satisfacer más de cerca las necesidades de su hija. La apuesta del centro escolar fue, entonces, aconsejar al padre y la madre que contar con los servicios de un orientador familiar, porque había cosas que escapaban a sus competencias y capacidades.  


¿Qué cambios en vuestra relación o en la relación con otras personas necesita para sentirse más segura o seguro? ¿Podemos regularnos individualmente y como equipo para lograrlo? 

Sin duda, esta es la parte más complicada del ejercicio. Primero, toca definir la actitud que necesita cada una de esas partes protectoras; segundo, toca ser consciente de nuestros automatismos, muchas veces relacionados con nuestra propias experiencias de vida molestas o literalmente traumáticas; y tercero, debemos preguntarnos si somos capaces de mantener en el tiempo la respuesta que las niñas, niños y adolescentes necesitan, sosteniéndolas con nuestros recursos individuales de autorregulación y/o con las capacidades de corregulación emocional de nuestro equipo.  

Nada, fácil en la mayor parte de las organizaciones, por cierto.  

Pues nada, si lo haces, cuéntame porfa qué te ha parecido.  


Referencias:  

BARUDY, J. (1998). El dolor invisible de la infancia: una lectura ecosistémica del maltrato familiar. Barcelona: Paidós Ibérica 

DANA, D. (2019). La teoría polivagal el terapia. Cómo unirse al ritmo de la regulación. Barcelona: Eleftheria 

GONZÁLEZ, A. (2017). No soy yo. Entendiendo el trauma complejo, el apego, y la disociación: una guía para pacientes y profesionales. Editado por Amazon 

LEVINE, P. A. y KLINE, M. (2017) Tus hijos a prueba de traumas. Una guía parental para infundir confianza, alegría y resiliencia. Barcelona: Eleftheria 

MARTINEZ DE MANDOJANA, I. (2017). Profesionales portadores de oxitocina. Los buenos tratos profesionales. Madrid: El Hilo Ediciones. 

SCHWARTZ, R.C. (2015). Introducción al modelo de los sistemas de la familia interna. Barcelona: Eleftheria 


Gorka Saitua | educacion-familiar.com 

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