Profes de abracitos: la reparación de las cadenas de trauma 

[…] Personas que están llenando el alma de la infancia con caricias que les recuerdan, todos los días, que son valiosos, importantes, incluso en su dolor, y que merecen su tiempo y, por lo tanto, la pena. […] 

—Mira, Amara, eso es un cole de mayores —señaló su madre, al pasar al lado de un instituto.  

Yo iba conduciendo.  

—¿De cuatro años? —respondió ella.  

—¡No! Mucho más mayores, de 14 y 15 años.  

Debió quedarse escuchando, porque se hizo un breve silencio.  

—¿Y sabes qué? —continuó mi pareja—, allí tienen muchos profes: para lengua, para matemáticas, para hacer deporte…  

—¿Y una para abracitos?  

Que no le falte lo importante. Qué bonita y sabia es tantas veces la infancia. 

Ella necesitaba, por encima de otra cosa, que alguna persona adulta estuviera disponible para ella en caso de encontrarse mal y no poder regularse emocionalmente; porque, cuando las personas enfrentamos retos formidables, como ella sus primeros días de cole, necesitamos a otras personas que nos den seguridad para seguir adelante.  

A veces, por muy capaces y fuertes que seamos, no podemos solos. Necesitamos a alguien que recoja nuestro dolor en toda su intensidad, y que se sitúe a nuestro lado, como diciendo “hostia, tía (o tío) menuda mierda, cómo duele, que horror, me quedo aquí a ver si podemos llevar esa carga juntos”.  

—Tengo mucho miedo —le dije a mi mujer, rompiendo a llorar—; intuyo que me va a pasar algo y que no puedo controlar lo que siento.  

—Ya, es que es una mierda —dijo ella compungida, acariciándome la espalda.  

Se quedó allí todo el rato, hasta que una a una todas mis lágrimas fueron saliendo. Para ella, esa actitud es algo natural. «Prefiero verte hundido y cuidando lo que sientes, que haciéndote el fuerte», me dice, porque me conoce de maravilla mis errores recurrentes.  

En la siguiente sesión, lo hablé con mi terapeuta.  

—Es que yo pensaba que la clave de todo era el autocuidado… —empecé—, es decir, el trato que nos damos a nosotros mismos. Pero esa experiencia que ha hecho volver la mirada hacia lo que verdaderamente repara, que es la respuesta de las personas a quienes confiamos nuestro dolor y sufrimiento.  

—Sin frases de mierda —respondió ella.  

—Eso es, sin que nadie te diga que no es para tanto, que no es nada, qué ya pasó o que las cosas no son como las ves, sino menos graves —continué—; coño, que se queden contigo y con todo lo que estás pasando. Te juro que esa actitud de mi mujer pudo reparar toda una cadena de trauma.  

Las cadenas de trauma están formadas por eslabones que son experiencias traumáticas que comparten experiencias corporales y sentidos similares, y denotan un “hambre” específica que sentimos que nunca, repito, nunca, se ha satisfecho; pero que pueden repararse desde el final al principio cuando una persona de confianza cambia el patrón, y nos da la respuesta que necesitamos.  

Para mi hija, hay tres personas en la escuela que son sus referencias:  

«Miren, que es la profe, y da abracitos.» 

«Nora, que a veces se queda con nosotros, y da abracitos.» 

«Maite, que es la que cocina, y da abracitos.» 

Personas que se acercan a las niñas y niños con ternura, a pesar de las limitaciones y miedos que impone la pandemia. A pesar de tener un trabajo muy poco reconocido, y que muchas veces sólo se nombra en las quejas de madres y padres; a pesar de la burocracia, de sus días de mierda, de sentirse un cero a la izquierda en un contexto sociocultural que las valora sólo como un recurso para que las personas adultas puedan trabajar, producir y generar valor económico, que es lo que importa.  

Personas que están llenando el alma de la infancia con caricias que les recuerdan, todos los días, que son valiosos, importantes, incluso en su dolor, y que merecen su tiempo y, por lo tanto, la pena.  

Una cosa que yo puedo valorar más si cabe, si conecto con mi experiencia a su misma edad, en la guardería o en infantil: la de un niño que explora, como puede, sólo, sin entender nada, y sin ninguna figura adulta a la que recurrir porque no confiaba en poder tener una respuesta tan generosa y grande. Un patrón que se fue instaurando poco a poco y que acabó alejándome de mis profesores hasta en la adolescencia, que era cuando más los necesitaba.  

Y eso es justo lo que me devuelve a la idea de ese “profe de abracitos” en los institutos, donde hay muchas y muchos adolescentes que ya no confían en que el mundo adulto les pueda ayudar, porque, como yo, sufren cadenas de trauma relacionadas con la respuesta del mundo adulto: demasiado invasiva, demasiado lejana o que, sencillamente, les causó dolor, en vez de consuelo. Personas especialmente capaces para llegar a ellos, reparando esas secuencias de desconfianza que se retrotraen hasta los días de su más tierna infancia.  

Como hizo mi mujer conmigo, sólo con permanecer abrazada.  

Como hacen las profes de mi hija, cuando nos echa de menos y siente que lo que le pasa es terrible, porque no puede ser de otra manera.  

«Ama, hoy he llorado porque te echaba de menos. Pero ha venido Miren, me ha dado un abracito y he seguido jugando».  

Es que es así como nos hacemos fuertes.  

Con abrazos que cuidan nuestra historia y, con ella, el alma.  


Gorka Saitua | educacion-familiar.com 

Deja una respuesta

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s