Ahora que llegas, apostamos por el feminismo [diario de embarazo III]

Ayer leímos un articulo [supuestamente] publicado en el venerable New York Times. Periódico de liderazgo mundial. Recogía la opinión de neurocientíficos, psicólogos, economistas y otros profesionales sobre cómo educar en el feminismo. Habrá llegado a millones de personas. Y lo más importante, ha generado debate en nuestra cocina. Estas son nuestras opiniones ¿con cuál te quedas?

Podéis leer el artículo que nos ha inspirado pinchando aquí, pero para los más “vaguetas” (que los hay) aquí tenéis un resumen.

El artículo es una lista de las ideas a tener en cuenta para conseguir educar (parece que a los niños más que a las niñas) en el feminismo:

   Ante todo, celebremos que es niño.

   Leerles muchas historias sobre niñas y mujeres.

   Debemos dejarles llorar.

   Que tengan referencias y buenos modelos a seguir.

   No debemos utilizar el término niña como insulto.

   Debemos enseñarles que “no es no”.

   Tenemos que animarles a que tengan amigas.

   Que sea lo que quiera ser. Que sea él mismo.

   Tenemos que otorgarles tareas y que se hagan cargo ellos mismos.

   Enseñarles que cuiden de otros.

   Y normalizar el trabajo y las tareas.

Nos quedamos satisfechos. Suena bien. Lo que esperábamos. Pautas muy lógicas, claro. Pero saltó la alarma. Eh, tronkis, parad. Es una lista. Ya sabéis, cuidado con las listas. Las listas limitan y simplifican el pensamiento. Ojo.


Opinión de Mariña:

Una de las cosas que más he pensado desde que decidí ser madre es cómo quiero educar a mis hijos. Ese cómo incluye por supuesto muchos aspectos: el tipo de cole, los idiomas, la música, el movimiento libre, la lactancia, el colecho, Montessori, Waldord, Pikler, los tipos y cantidad de juguetes que va a tener… en fin, os hacéis una idea. Pero hay algo que me ronda la cabeza muy profundo y que siempre que he intentado comentarlo o debatirlo con el entorno he recibido casi siempre la misma respuesta: “eso se enseña con el ejemplo”.

Bien, pues en eso yo creo que no soy un buen ejemplo. Y se trata de educar en el feminismo, o en la igualdad. De hecho hay muchas cosas en mi misma, en mi autoestima, en mis relaciones personales, que no quiero enseñar con el ejemplo. Voy a tener una hija y —aunque dentro del bombo de hipótesis educacionales que hacía antes de quedarme embarazada creía que haría exactamente lo mismo tanto para una hija como para un hijo— ahora que se confirma que es una chica, esto se me ha activado especialmente.

Estas son algunas cosas que me caracterizan y no quiero transmitirle a mi hija.

  • Quiero que sea capaz de decir que no. Agradar a los demás es muy satisfactorio, pero no es necesario hacerlo siempre. Ni nunca, si no quieres.
  • Quiero que se guste y que se quiera a si misma. Esto incluye ser consciente de su salud tanto como de su aspecto. Sin complejos, pero también sin abandonarse.
  • Quiero que disfrute de sus relaciones personales y que sea capaz de valorarse a si misma sin compararse con los demás.
  • Quiero que sea capaz de ubicarse en el mismo nivel que sus compañeros y compañeras, independientemente de su género, su aspecto y posición social o económica.
  • Quiero que sea capaz de encontrar su propia felicidad y que esta no dependa de la aceptación de los demás.
  • Quiero que sea capaz de disfrutar de su cuerpo y que sea ella quien tome las decisiones sobre el nivel de contacto físico al que se quiere exponer.
  • Quiero que sea capaz no se traicione a si misma, y que no se sienta culpable si decepciona a los demás por hacer lo que ella quiera.
  • Quiero que sea curiosa, graciosa, que diga lo que quiera, que sea soez si le apetece.
  • Quiero que no sienta límites en su carrera laboral.
  • Quiero que tenga una autoestima sana, fuerte.
  • Quiero que sepa que se puede querer incondicionalmente a otras personas y que eso no implica ponerlas por delante de una misma.

Y en todo esto yo he fallado y sigo fallando y aunque también trabajo cada día en cambiar lo que más incómoda me hace sentir, no soy un buen ejemplo.

A menudo me siento inferior a otras personas con las que estoy, muy a menudo digo que sí a infinidad de cosas que no me compensan ni laboral ni emocionalmente sólo por no decir que no. Muy muy a menudo me juzgo a mi misma, a mi cuerpo. En incontables ocasiones me puede la pereza. Muchas veces, me dejo llevar y no peleo por lo que considero justo para mí misma. Y aunque hay muchas cosas que ya he superado, de joven hubo muchas veces que no he puesto límites a relaciones de las que luego me he arrepentido, que me he sentido incómoda y he puesto por delante el placer del otro, que me he rebajado sólo por no molestar…

Todo esto forma parte de mí, de lo que soy. Configura mis relaciones personales, mis respuestas, mi forma de estar en el mundo. Me considero buena persona, equilibrada, relativamente feliz y estable, pero eso no significa que lo considere suficiente para mi hija.

No se trata de evitarle todos los problemas y sufrimientos, que soy muy consciente de que es imposible y además, contraproducente. Se trata de enseñarle que se puede ser como yo y no esta mal, pero también se puede ser de cualquier otra forma y no pasa nada. Que se puede querer, se puede cuidar, se puede ceder, se puede convivir y ser muy feliz con otras personas, pero lo ideal es que eso no suponga un esfuerzo en el que se olvide de sí misma.

Y todo esto a día de hoy, lamentablemente, creo que son características muy “masculinas”. Y por eso quiero educar en el feminismo o -para los que no os guste la palabra, usaremos el sinónimo- la igualdad.

Si algún día tengo un hijo, reescribiré todo este artículo, exactamente con los mismos valores, pero incidiendo en el respeto. En que dichos valores estén por encima y ante cualquier persona, sea quien sea, con la que se cruce en su vida.

Por esto os pregunto, ¿cómo lo hago?, ¿podéis recomendarme libros, cuentos, películas…? Me gustaría enriquecer el mundo de mi hija, enseñarle mujeres tan fascinantes como todos los hombres que va a estudiar y ver en la sociedad. Enseñarle gente diferente, de otras razas, de otros países, con más y menos recursos que los nuestros, que consiguen ser felices con lo que tienen. Ejemplos de personas que hacen bien su trabajo y se sienten realizadas, sean ingenieras, amas de casa, artistas o agricultoras. Enseñarle el amor por la vida y la naturaleza.

Enseñarle que se puede vivir y ser feliz sin miedos en un mundo que no te lo pone nada fácil. Yo no lo sé hacer. Tendrá que aprenderlo de otras a través de mi. Me esforzaré.


Opinión de Gorka:

Habrán visto el título y se les habrá quedado una sonrisa de desconfianza. Algo así como 😏. Lo entiendo: “A ver, caraculo. Ahora vas a venir tú a darnos clases de feminismo ¡Lo que nos faltaba!”. Y llevan razón, porque no soy un ejemplo a seguir para nada.

Sólo que ahora estoy más sensible con el tema. Parece que voy a ser padre de una niña, y es imposible no removerse por dentro. Así que esto es sólo un propósito de intenciones. Qué. Menos es nada. Algo así como una hoja de compromiso a la que mi pareja, mis padres, mis suegros, y quien le dé la gana, pueda recurrir para obligarme a volver al camino. Me equivocaré. Sin duda. Pero prometo aceptar la reprimenda muy sumisamente.

El feminismo sigue pareciendo una cosa en la que podemos o no implicarnos. Participar o no. Que podemos o no tomar esa decisión. Pues no. En esta discusión estamos necesariamente implicados. No cabe la posibilidad de mantenerse al margen.

El silencio siempre transmite un mensaje. Algo del tipo “Acepto las relaciones de poder existentes entre hombres y mujeres. Me molan. Me parece legítimo que el sexo establezca una diferencia evidente a nivel de oportunidades, derechos, y ejercicio del poder. Esta es mi opción. Y he tomado partido.”

Así que el primer compromiso en la educación de un niño feminista —y una niña, que también cuentan— es aceptar un compromiso. Hacerlo explícito. Evidenciarlo con los hechos. Aceptar esa pelea y asumir de antemano los golpes. Que fijo que llegan.

Porque esa es otra. Implicarse en una educación feminista no puede reducirse a cumplir unos preceptos. A tener una check list, e ir tachando lo que vas cumpliendo. Presupone aceptar un sufrimiento. Vendrá en forma de exclusión o de golpes con mala suerte. Pero en el mejor de los casos empujándote a vivir al margen de la normalización [de género] establecida. Ser un paria. Un bicho raro. Y a no ser que ya lo seas y te hayas acostumbrado, la presión va a ser sutil, constante e ineludible para que vuelvas a los imperativos del patriarcado “¡No me jodas! ¿De verdad toca discutir de esto ahora?”

Me hizo gracia un twit de un movimiento feminista durante estas navidades. Decía algo así: “Y recordad compañeras: es nuestro deber como feministas estropear con nuestras opiniones la armonía de las cenas familiares”

No voy a simplificar el feminismo. No voy a decir que es tan fácil educar en la igualdad entre las personas. No quiero caer en esa trampa. Hacerlo es degradar su filosofía y sus contenidos. Participar de la matanza.

Entonces ¿por dónde empezamos?

Lo primero es asumir que yo —el padre que va a ser— también he sido y soy machista. Que he tratado mal a las mujeres. Y me arrepiento un huevo. Que debo ponerme en su lugar y sentir culpa por lo que he hecho. Revisar mi biografía. Con ayuda, porque hay cosas que querré pasar por alto. Y poner nombres. A cada una de ellas. Y tratar de reparar el daño. Implicarme. Decir que me he dado cuenta. Que no hay excusas. Que me porté como un verdadero cabronazo, y que lo siento.

Aceptemos también la idea de que a las mujeres no lo tienen más fácil. Tampoco en esto. Que tienen —por lo menos— el mismo mérito que los hombres cuando se enfrentan a estas ideas y creencias. Que su sexo no hace más fáciles las cosas, sino que [casi] siempre se las complica.

Asumamos entonces que no podemos salir de esta estructura. Somos parte de ella. Que mandarla a freír puñetas implicaría un nivel de exclusión —para nosotros, clase media, educación universitaria, con un trabajo, y todas esas cadenas— intolerable. Entonces ¿qué? Pues abrazar el feminismo desde el realismo. Sabiendo que muchas veces sólo podremos aspirar a ser más conscientes de lo que pasa. Así, mucho esfuerzo y pocos éxitos. A ver quién se mantiene como punta de lanza.

Así que si finalmente va todo bien, y nace mi hija, me gustaría que me viese pedir perdón a su madre. Que me escuche decirle que lo siento. Cuando las cosas sean evidentes, y cuando parezca que no ha pasado nada. Sorprenderle con esto. Que flipe en colorines con nosotros y que poco a poco se vaya percatando de la historia.

Y por supuesto, que lo viva en primera persona. Que vea que su padre no deja pasar las cosas. Que a ella también le pide perdón, antes incluso de que ella se de cuenta. No importa. Intentaré explicarlo con sus palabras. A ver si me sale.

Otra cosa. Fomentar los buenos tratos hacia las personas más vulnerables. De igual a igual. Colaborando. Haciendo de tripas corazón con todas esas injusticias que hemos aprendido a relegar a un segundo plano. Implicarnos en lo que —reconozcámoslo— nos da bastante asco. Con la gente que de verdad lo necesita. Disfrutar de la solidaridad sin paternalismos. Permitiendo que los afectados/as ejerzan el poder, se organicen y tomen sus propias decisiones. Con el ejemplo y no con las palabras. Ya veis lo chunga que se pone la cosa.

Se trata no tanto de juzgar las conductas de las personas. Sino la normalización imperante en el sistema. Partiendo de preguntas simples como ¿por qué sólo las chicas llevan tacones? ¿cómo nos limita a todos/as esto? ¿por qué los chicos meamos unos al lado de otros, y las chicas en sus cubículos cerrados? ¿qué pasaría si de repente a mi se me ocurre saltarme estas normas? ¿qué harías tú si lo vieras? Todo ello, sin empujarle a vivir el sufrimiento que nosotros como adultos hemos aceptado. Pero invitándole a dar vueltas sobre ese tema. Preguntas. Qué maravilla las preguntas. Cómo activan el pensamiento.

Y por último respetar su derecho a ser machista. A mandarnos a todos a tomar por saco, y elegir su propia forma de vida. Una idea a caballo entre la manipulación y la ética. Porque sabemos lo que es correcto, pero también que cuanta más elevada es la presión, más fuerte es la resistencia.

Me pregunto qué habría pasado al incorporar estas ideas al artículo. Si al New York Times de la clase dominante del primer país del mundo les hubiese gustado. Si les habría servido para mantener a su público feliz y contento. Porque chicos y chicas —no nos engañemos— un artículo es feminista sólo si te deja revuelto [jodido] por dentro.


No tenemos formación en temas de género. El objetivo de este artículo es estimular un debate y no sentar cátedra. Así que nos encantaría saber la opinión de personas que hayan leído y vivido el feminismo en primera persona. Estamos dispuestos a ser flexibles y cambiar nuestros planteamientos. Muchas gracias.


Autores:

Mariña CasaisMariña Casais. He estudiado comunicación audiovisual y dirección de cine. En la actualidad creo contenido para diversas plataformas, y dirijo la tienda online de materiales educativos hechos a mano Edukiwi, donde hacemos realidad las ideas de este blog ¡contacta conmigo! info@marinhacasais.com


Gorka SaituaGorka Saitua. Soy Pedagogo. He trabajado desde el año 2002 en el ámbito de protección de menores de Bizkaia, en la Asociación Bizgarri – Bizgarri Elkartea. En 2016 comencé con el proyecto educacion-familiar.com que me apasiona. Para lo que quieras, ponte en contacto conmigo: educacion.familiar.blog@gmail.com


Este artículo pertenece al blog www.educacion-familiar.com, antes www.indartzen.com. Si quieres saber más sobre nosotros echa un vistazo a quiénes somos y síguenos en nuestras redes sociales Facebook y Twitter, somos @educfamilia.

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