El calvario de los tests de inteligencia

Siempre me he negado a hacer un test de inteligencia. Laura no, y así le fueron las cosas.

Intentaron hacerme el primer test de inteligencia en el cole, con 14 años.

Mi primera experiencia de resistencia. Dije que no. Y no lo hice.

Recuerdo bien los nervios. No quería que me comparasen con mis compañeros. Me sentía inferior a ellos. Sí, más tonto que ellos. Y me repugnaba la idea de que una puntuación cristalizara para siempre esas sensaciones y la diferencia. Quería seguir volando en mi nube, confiando en que pudiese despertarse con el tiempo alguna capacidad que ignoraba.

En la universidad se repitió la historia. Unas prácticas de psicología cognitiva nos obligaba a pasar por esa experiencia. De nuevo, sudores fríos y el culo prieto. La mente en blanco y el cuerpo paralizado. No, no y no. No pasé entonces por ello, y no voy a hacerlo ahora. El resultado: un ejercicio suspendido, y una especial sensibilidad con el  tema.

Un test de inteligencia sólo mide tu capacidad para pasar ese test de inteligencia

Hace un par de años trabaje con Laura (nombre ficticio). Laura había hecho muchos test de inteligencia. Los había sufrido. Retraso mental moderado la llamaban. Cuando empecé a trabajar con ella llevaba una vida desastrosa. Síndrome de Diógenes, y una relación con un hombre consumidor de drogas y que ejercía un maltrato constante.  Para colmo, un hijo de 5 años muy dañado, y aislamiento social. Buen panorama.

Los test de inteligencia no tienen ninguna capacidad para predecir la felicidad o el éxito en la vida

Un día, mientras esperábamos a que su hijo saliese de la escuela, me contó su drama. Pedagogos, psicólogos y todo tipo de “personal especializado”. Pruebas para el TDAH, para la depresión, para la ansiedad, y para destrozarte la cabeza a palos. Pediatra, endocrino, y por si acaso, visita al psiquiatra. Medicación y a ver qué pasa. Y mientras, todos mirando. Bromitas tontas, bromitas listas, y acoso escolar en toda regla. La tonta de la clase. Tú sí que vales. Pero como saco de las hostias. Eres una mierda.

Si quieres que tu hijo/a tenga éxito en la vida, más vale que pases tiempo con él/ella y que  le facilites espacios de juego libre, en vez de exponerle a tareas similares a las de un test de inteligencia

No podía defenderme, era verdad lo que me decían”. Claro, lógica aplastante. Cociente intelectual de 65 puntos. Y así me voy a quedar para siempre. Porque la inteligencia se mide, y nunca cambia.

Si de verdad deseas que tu hijo/a disfrute del aprendizaje alaba su esfuerzo, nunca su inteligencia

Le conté mi experiencia. Volví al colegio y a la universidad. Y tuve de nuevo las mismas sensaciones. Deseé de verdad que ella también se hubiese negado. Que hubiera mandando a todos a paseo. Pero sólo atiné a señalar al colegio de su hijo, y a explicarle que lo que habían medido en ella era como ese edificio. Pero que su inteligencia -¡cómo odio ese concepto!-  era como el pueblo entero. Balbuceé exponiendo cualidades asombrosas que había descubierto en ella, y que seguro no estaban en los cuestionarios. Ternura, sentido del humor, creatividad, iniciativa, preocupación empática, etc. Y me cagué en las prácticas maltratantes de las administraciones públicas, que a menudo necesitan categorizar a las personas como pedazos de carne, para darles un “tratamiento” que no quieren ni necesitan. Poco profesional, lo sé. Pero es que los que curramos en esto a veces nos despistamos, y volvemos a ser personas.

Si tu puntuación es alta, puedes sentir que todo está hecho, y que no merece la pena el esfuerzo. Si es baja, que nunca llegarás a nada ¿por qué seguimos empeñados en ello?

Sea por lo que sea, Laura se separó de su pareja. Y mantuvo su decisión. Trabajó durante meses para sacar todos los trastos de su casa. Después se dedico a redecorarla en cuerpo y alma. Centró la atención en su hijo, y le ayudó a superar sus dificultades. Los profes, encantados con ella. Un milagro, dijo la tutora. ¿Cómo lo has hecho? —me preguntaba—. Y yo que sé. Pregúntale a ella.

Laura Retomó la relación son su familia. Y hoy vive feliz como madre soltera. Y cuando acuñamos el lema “los milagros no existen, son los padres” —qué pena que no lo sepa…— estaba pensando en su proeza.

Vámonos juntos a jugar al parque.

¿Habrían predicho esto sus tests de inteligencia?


Gorka SaituaAutor: Gorka Saitua. Soy Pedagogo. He trabajado desde el año 2002 en el ámbito de protección de menores de Bizkaia, en la Asociación Bizgarri – Bizgarri Elkartea. En 2016 comencé con el proyecto educacion-familiar.com que me apasiona. Para lo que quieras, ponte en contacto conmigo: educacion.familiar.blog@gmail.com

Este artículo pertenece al blog www.educacion-familiar.com, antes www.indartzen.com. Si quieres saber más sobre nosotros echa un vistazo a quiénes somos y síguenos en nuestras redes sociales Facebook y Twitter, somos @educfamilia.

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