Uno de mis grandes errores de novato fue sobrestimar el método.
Afrontar el trabajo con familias como una cuestión meramente técnica. En mi imaginación, yo debía ser el experto que solucionara sus problemas, a través de la superioridad que me otorgaba mi formación y mi posición privilegiada como observador participante, que puede ver la realidad como es, sin interferencia de sentimientos de ningún tipo.
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