[…] La pregunta clave es «¿cómo puedo sentir que tengo valor si no es enfrentando retos que mi propio entorno sienta como tales?» o «¿cómo puedo sentirme un héroe si no es venciendo a los dragones que aterrorizaron y siguen aterrorizando a mi pueblo?» […]
Una o uno difícilmente puede diferenciarse si no es enfrentándose a “los dragones” de su familia.
Puede que esto explique, de alguna manera, por qué nuestras hijas e hijos tienden a cometer los mismos errores que nosotros, a meterse en los mismos líos y, en consecuencia, a tocarnos la fibra que nos “embajona” o nos pone en guardia. .
Piensa en lo que es un proceso de diferenciación: ese “viaje del héroe” que implica separarse de la propia familia y de la seguridad que ésta proporciona para demostrarse a sí misma o mismo que tiene valor, que puede ser independiente y que puede manejarse con su propio criterio y sus competencias particulares en la vida.
La pregunta clave es «¿cómo puedo sentir que tengo valor si no es enfrentando retos que mi propio entorno sienta como tales?» o «¿cómo puedo sentirme un héroe si no es venciendo a los dragones que aterrorizaron y siguen aterrorizando a mi pueblo?»
A mi pueblo…
Los niños, niñas y, sobre todo, adolescentes, que son quienes con más energía suelen enfrentar estos procesos, necesitan retos que sean reconocidos como tales por parte de su entorno, posiblemente aderezándolos y haciéndolos un poco más digestivos gracias a las narrativas y metáforas que aportan los cuentos, el cine, o ciertas leyendas urbanas. Por tanto, no es extraño que recurran a la historia —contada o no, pero sí sentida o vivida— de sus madres o sus padres para compararse con ellos y superarlos enfrentándose a los enemigos que les hicieron temblar en algún momento.
No vale cualquier dragón. Tienen más valor los de nuestro cuento.
Esto no implica que las personas no suframos violencia por parte de otros, ni quita peso como víctimas a las personas que sufren determinado tipo de agresiones, pero también permite aceptar que lo que identificamos como retos, es más, como retos que pueden ofrecernos la dignidad que anhelamos y un lugar en el mundo independiente a la acomodación a nuestros mayores, no es independiente de la historia de la familia, los padres, o sean quienes sean las figuras de referencia.
Así, una madre que lo ha pasado muy mal en la escuela puede tener a una niña que lo pase también mal en la escuela. Por mil razones, pero también porque la niña es una persona activa que detecta perfectamente los retos que pueden estar a su altura. Y los que siente que puede enfrentar y superar, porque su madre, con quien se identifica y quien representa su “medida” o “límite de crecimiento” a nivel simbólico, ya los ha superado.
«Si mi madre resistió, yo también puedo; y si puedo, tengo asegurado un hueco en el mundo de los adultos». No es racional, claro que no, como todo lo que nos mueve por dentro, pero tiene un peso profundo en la mente como estímulo para el desarrollo de nuestras capacidades, claro, dentro del marco que nuestra realidad nos impone.
Para una madre que ve a su hija meterse en el mismo “marronazo” con el que ella ha sufrido, puede sentir una angustia y un dolor profundos. En este caso no sólo porque su cuerpo recuerda sus peores sufrimientos y los proyecta sobre la pequeña, sino también porque no puede hacer nada para evitar a la niña el dolor, dado que no puede, y no debe, vivir la vida de ella.
Y menos mal, porque, si pudiera evitarle el sufrimiento, seguramente lo haría. Pero al matar al dragón de su hija, la dejaría desvalida, sin una prueba que le permita conquistar autónomamente su sentido de independencia y valía.
Por supuesto, esta no es la única narrativa que cabe dentro de este marco metafórico, arquetipal o simbólico. Por ejemplo, la hija puede sentir también que, para diferenciarse, no debe repetir la resistencia materna, sino negarse a soportar lo que su madre soportó. Su gesto heroico podría no ser resistir mejor, sino abandonar antes, denunciar, pedir ayuda o rechazar el sacrificio. Sigue siendo el dragón familiar, enfrentado con otra armadura y otros recursos.
Lo paradójico es que en estos procesos, para ser bien llevados, requieren que los adultos se dejen afectar y atravesar por esta realidad, y eso suele implicar bastante SUFRIMIENTO. Pero también cierto ORGULLO de saber a sus peques capaces de resistir y superar las pruebas. El problema se gesta cuando los padres y las madres, bien no dan valor al reto
—porque no pueden sostener el dolor, porque se desconectan, o porque les supera por completo—, o no llegan a sentir orgullo por el esfuerzo, resistencia, tesón o logros de sus pequeños. En estos casos, las niñas, niños y adolescentes, pueden enfrentarse a problemas muy potentes y a grandes dificultades, sin obtener esa mirada validante, empoderante y estimulante que precisan por parte del contexto.
Hablar en estos términos, no implica que no haya que poner límites al dragón, actuar para proteger, o evitar determinados riesgos. A veces, intervenir es saludable e incluso imprescindible. Algunos dragones no son iniciáticos y pueden amenazar con devorar completamente a nuestras hijas e hijos. Pero, a veces, cambiar un poco la mirada frente a estos procesos de diferenciación, colocando los retos en su sitio, puede facilitar cierta flexibilización de los problemas que eviten que nos atasquemos en el fango, con nuestro Artax, y nos perdamos por el camino.
Resumiendo mucho, que frente al viaje del Héroe una familia angustiada, pero que reconoce los recursos de sus pequeñas o pequeños, suele estar bien situada. Aunque sufran, y aunque la caguen aparentemente como consecuencia de este sufrimiento.
Aquí es donde nos tenemos que parar a pensar los profesionales. Lo habitual es que, con toda nuestra buena intención, tratemos de bajar la intensidad de las emociones, de conectar a la gente con la calma, y de pensar racionalmente. Pero, de haber algo cierto en lo que digo, ¿no existe el riesgo de ir en contra de los procesos de diferenciación que se han iniciado?
La respuesta en relación a casos concretos no la tengo clara. Pero la pregunta fijo que procede.
¿No sería más inteligente ayudar a las familias a sostenerse en esa tensión que reconoce el reto, se duele por el mismo, pero de la que también emerge el orgullo hacia el héroe que enfrenta la misma realidad que nos tumbó a nosotros, con los recursos que han obtenido de nosotros, de otros maestros, y los que la vida les ha proporcionado independientemente de los nuestros?
Quizás el héroe no necesite ayuda. Probablemente rechace escuderos. Pero eso no implica que no necesite admiración y testigos de su proceso.
Quién sabe, a veces, el monstruo no es quien habita en la cueva, sino la necesidad de los suyos de que venza ya, rápido, con eficacia, y vuelva a casa sano y salvo. Y esto cambia mucho nuestra posición y protagonismo en la historia.
Pero vale, tú que ahora que has leído esto, ¿piensas que lo que he dicho tiene algo de sentido?

Imagen hecha con IA.
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Para seguir explorando:
Bowen, M. (1991). De la familia al individuo: La diferenciación del sí mismo en el sistema familiar. Paidós.
Campbell, J. (2012). El héroe de las mil caras: Psicoanálisis del mito. Fondo de Cultura Económica. (Trabajo original publicado en 1949).
Tarragó Garrido, S. (2026). La diosa silenciada: Una invitación al misterio de Perséfone. Ánima.
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Gorka Saitua | educacion-familiar.com
