[…] Me voy a “analizar” un sueño. Así, en vivo y en directo. Y además, sobre la marcha. Sabe dios qué va a salir de esto. […]
Me voy a “analizar” un sueño.
Así, en vivo y en directo. Y además, sobre la marcha. Rollo escritura automática. Sabe dios qué va a salir de esto.
Vaya por delante que no tengo formación para hacer nada de esto. Soy un completo ignorante. Pero también tengo que confesar que no es la primera vez que me lo hago: he encontrado cosas muy bonitas metiéndome en estos fregaos, tengan o no sentido.
Y ya sabéis cómo soy. No me importa demasiado la técnica, si puedo encontrarme con algo que no había visto.
El sueño me resulta fascinante:
Lo primero que me llama la atención, es que transcurre en una frontera o un límite. No en un mundo en concreto. Voy pendulando entre dos lugares: el recuerdo, muy nebuloso y difuso, y la realidad, que se presenta como una cura de realidad frustrante.
La cosa es que, en el sueño, tengo el recuerdo de haber tenido un encuentro sexual con una amiga —no diré su nombre para no provocar la respuesta de arcada o huída—. Lo que me sorprende es que, en el mundo de la gente despierta, es una persona que, si bien me resulta objetivamente atractiva, no despierta en mí ningún tipo de deseo sexual ni impulso de acercamiento. Pero, en el sueño, parece que nos enrollamos, aunque mis recuerdos son difusos y nada concretos.
O más bien debería referirme a la primera parte del sueño, en la que yo rescato ese recuerdo junto con sensaciones físicas asociadas a estar muy a gusto, y sentirme deseado por ella. Hay telita que cortar aqui, pero me la guardo para mí solito. Pero el nudo o conflicto llega cuando el sueño me deposita en otro lugar, a saber, en la supuesta realidad. En ese momento, dudo de mi recuerdo. Me pregunto si lo que imagino ha ocurrido. Y entonces, mi mente se divide: hay una parte de dice que sí, que ha pasado y que ha sido bonito, mientras que otra comenta en plan “no te flipes”, “estás imaginandotelo”, “acepta que tu vida no es tan interesante” y “sigue a lo tuyo”.
Imaginaos estar en ese campo de tensiones: Pan (el impulso salvaje de posesión), Afrodita (el deseo de estar en contacto con algo hermoso y gratificante), Hestia (la necesidad de intimidad y hogar en el cuerpo de otra persona), Cronos (la frustración que nos conecta con la realidad) y Hefesto (la herida de humillación que tiene potencial de convertirse en esfuerzo creador). Cada uno tirando para su sitio.
Puntazo para sonreír e investigar: cada dios folla diferente. Guiño, guiño.
Pero, además, imagina cómo afecta a estas figuras la pendulación constante entre esfuerzo y realidad —que es el núcleo narrativo del sueño—, porque uno pasa, sin hacer nada y sin tener control alguno, de un territorio donde Pan, Afrodita y Hestia dominan, a otro donde reinan Cronos y Hefesto.
¿Y si miramos hacia la chica?
En el sueño, mi amiga aparece como la personificación de Apolo, el dios de la perfección, de la belleza, que tiene potencial para colmar con su luz a quien sea su elegido. Se aparece —me sorprende verlo así ahora, aunque estoy siendo completamente sincero— como un lugar que invita a la disolución en una perfección momentánea pero absoluta.
Poseidón, ¿tienes tú algo que ver en esto?
Qué movida tú. Qué movida.
Sea como sea, al relatar el sueño, la atención se me va naturalmente hacia la parte que más duele: la confrontación con la realidad y la herida. Pero esto parece resolverse más o menos bien en el momento en el que me despierto: me doy cuenta de que nada pasó, se activa cierta tristeza (Hades), y acepto la realidad tirando para adelante (Perséfone) como todos los días.
Y aquí es dónde aparece un punto de ruptura. Si es Hades quien aparece, seguramente no le valga con decir “tranki, es un sueño chorra, tú a lo tuyo”. Hades es uno de los dioses más poderosos para los antiguos griegos. No acepta instrucciones de los vivos.
Así que, yo qué sé, igual podemos quedarnos ahora un poco con esa tristeza. La tristeza de lo que no fue, del deseo que no se pudo colmar, pero también —de repente lo veo— con una tristeza existencial, mucho más profunda. Una tristeza que tiene que ver con la imposibilidad de saber jamás con suficiente certeza qué es lo que somos o fuimos para los demás, e incluso que es lo que son realmente los demás para nosotras y nosotros mismos.
Porque las relaciones tienen eso, ¿no?, un misterio asociado a la idea de que nunca podemos aprehender —con hache intercalada— qué es lo que pasa en el contexto de las relaciones, porque muchas veces no nos lo preguntamos, otras veces no nos lo decimos, pero también porque siempre va a haber una grieta que separe lo que pasó en nuestro cuerpo, lo que imaginamos, y lo que pueden contener las palabras que sirvan como vehículo para codificar el mensaje que emitimos a otra persona, o que nos ayuda a relacionarnos con la realidad a nosotras y nosotros mismos.
Para mí, este sueño va sobre eso, que es un tema bastante presente en mi vida. La idea de que no se puede contener con metáforas, símbolos, imágenes o palabras, la realidad tal y como es, entre otras muchas razones porque cambia cada vez que se convoca o se evoca. Y eso implica una suerte de angustia: la de no poder saber, nunca jamás, cuáles son los impactos que intercambiamos con el mundo.
Esto me lleva a una sensación de parálisis, de pérdida de sentido de agencia: si yo no puedo saber qué impacto tengo en mi vida y en los demás, y sólo puedo imaginarlo, ¿qué lugar debería tener en el mundo? ¿Cómo puedo organizarme para tomar decisiones? E incluso, ¿qué valores puedo dejar aquí cuando muera y desaparezca?
Vaya hostia para este personaje que acompaña el sufrimiento humano.
Pero, también, me reporta una sensación sumamente grata. Algo que quizás tenga que ver con la restauración del misterio. Es decir, con el reconocer que, más allá de la paja mental que me pueda hacer, hay cosas que pasan entre nosotros que no se pueden contener y que van a seguir impactando no como sucesos, ni como recuerdos, sino como entidades vivas.
Porque, ¿qué es lo importante?, ¿Lo que realmente pasó entre nosotros, o cómo ese recuerdo dinámico nos sigue afectando, impactando o reconfortando hoy en día? Quizás el recuerdo ya no tenga demasiados anclajes con la realidad ahora, pero eso no le resta ni sentido, ni importancia, ni protagonismo. Porque cuando un recuerdo se vuelve relevante, deja de ser recuerdo y empieza a comportarse como un personaje interior, o una parte viva.
Y sin haberlo pretendido, me ha quedado un ejemplo perfecto de “función transcendente”, a saber, eso que aparece como novedad cuando habitamos una tensión sin la urgencia de resolverla. Aquí, ahora, en esa tensión entre el recuerdo y la realidad, entre lo que fue y no fue, ha aparecido un concepto que no sé yo si tú lo esperabas: el recuerdo no como registro de información más o menos fiel a los hechos, sino como entidad autónoma y viva.
Y fijaos qué curioso, oye. Imagina a los personajes del sueño de nuevo Pan, Afrodita, Hestia, Cronos y Hefesto, mirando justo hacia ese punto. Hacia lo que ha llegado como real y nuevo. ¿Qué cara se les queda? ¿Cómo viven ahora esas tensiones?
No sería extraño pensar que algo hubiera cambiado en ellos, entre ellos, o en la relación con cierta realidad a cuyo contacto aspiran.
¿No es cierto?
Sé que todavía se le pueden dar infinidad de vueltas a esto.
—
Gorka Saitua | educacion-familiar.com
