[…] imagina que aceptamos que la profundidad —o, si lo prefieres, el inconsciente— puede responder a una geometría horizontal, no vertical. Nos podríamos preguntar si la exploración tiene el objetivo de encontrar algo valioso, o el de situar la mirada sobre algo que ya estaba presente, pero, por no cuadrar con nuestras estructuras perceptivas a priori, nos está pasando desapercibido. […]
Hay un sueño de C. G. Jung que es especialmente famoso, y que, según se suele entender, formó parte del cúmulo de experiencias que dieron lugar al concepto de inconsciente colectivo.
Muy resumidamente, Jung está en una casa que parece ser la suya, pero a la que no reconoce del todo. Va descendiendo niveles o estratos, hasta que se encuentra con una trampilla que traspasa, encontrándose con una especie de desván-cripta, en la que, entre otras cosas interesantes, hay viejos huesos humanos.
Tradicionalmente, se ha interpretado como el proceso de profundización que la persona debe hacer durante su proceso de individuación, comenzando en la conciencia, integrando información del inconsciente individual, y llegando a los arquetipos que forman parte de ese cúmulo de instintos y experiencias comunes a la humanidad, a la que el autor denomina inconsciente colectivo.
Ya, estoy siendo más simple que el mecanismo de una escoba, pero dejadme que, a riesgo de parecer idiota, resuma las cosas para poder ir de lleno al grano. Que granos tengo un montón, porque duermo casi en pelotas con la ventana abierta y me están devorando los mosquitos.
A mí lo que me llama la atención de ese sueño es la dirección de descenso. Es decir, parece que lleva implícita la idea de que, cuanto más baja una o uno, más y mejor se encuentra con verdades que tiene que integrar para poder ser una persona más completa. Y la imagen funciona, porque ofrece metáforas y estructura, pero también nos podemos preguntar qué más cosas podría haber en esa casa que no estamos mirando, precisamente porque nuestra búsqueda está enfocada en el “hacia abajo”.
Porque Jung, por muy listo que fuera —y a diosito pongo por testigo de que me daba mil millones de vueltas—, también era hijo de su tiempo. Estaba, como solemos decir en las formaciones, en un contexto relacional mediado por una mirada. Y en el contexto del psicoanálisis de principios y mediados de siglo, esa mirada deseada probablemente tenía mucho que ver con las ideas que el mismo Freud había consolidado: “quien mola es quien ve más allá de la conciencia, y alrededor de lo profundo”.
No estoy seguro de que al sueño de Jung le afectará esto, claro, pero es una posibilidad, porque detrás del mito también había un ser humano, con miserias parecidas.
Me pregunto yo si este sueño de Jung no estaría también, de alguna manera, mediado por ese deseo de reconocimiento. Sabe dios. Un deseo que, de alguna manera podría constituir la trama de dicha película, imponiendo una dirección a la exploración onírica, de arriba hacia abajo; porque, si así fuera, se despiertan, por sí mismas, una serie de preguntas muy vivas como, por ejemplo, ¿qué partes de esa casa no han sido exploradas?, ¿qué podría haber fuera?, y si aceptamos que no toda exploración del inconsciente pasa por profundizar, ¿hay otras formas de inconsciente que posiblemente estemos omitiendo o desatendiendo?
Porque sí, te compro que hay un inconsciente individual y un inconsciente colectivo. O, al menos, que son conceptos muy útiles para comprender la experiencia humana, más allá de los que las palabras, símbolos o metáforas facilitan. Pero quizás, oye, puede haber otras cosas que estamos desatendiendo, que son relevantes, y que no caben necesariamente en este modelo de categorías.
Por ejemplo…
¿Qué interés verdad? A saber a dónde nos lleva este tipo.
Porque quizás profundizar no siempre es bajar, sino que puede ser también recorrer con otras miradas el territorio.
Por ejemplo, imagina que aceptamos que la profundidad —o, si lo prefieres, el inconsciente— puede responder a una geometría horizontal, no vertical. Nos podríamos preguntar si la exploración tiene el objetivo de encontrar algo valioso, o el de situar la mirada sobre algo que ya estaba presente, pero, por no cuadrar con nuestras estructuras perceptivas a priori, nos está pasando desapercibido.
Porque, ¿en qué se diferencia realmente lo inconsciente de lo que siempre ha permanecido en un punto ciego? Quizás sea algo cualitativo, o sólo el estrato o piso de esa supuesta casa.
Desde lo metafórico, me viene a la cabeza la idea de que, si Jung hubiera explorado esa casa en otras direcciones, quizás podría haberse encontrado (o no) en los estratos iniciales una habitación vacía. Yo qué se, podría ser. Una estancia en la que no habría aparentemente nada, ni objetos, ni muebles, ni restos humanos. Nada en absoluto.
Con la sensibilidad que tenía, podría haberse quedado un rato dentro, sin pretensiones de ningún tipo, sintiéndose, esperando, observando. Y quizás, tras mucho rato, fíjate, transcurrido una gran cantidad de tiempo, podría empezar a ver cosas que, desde la urgencia del deseo, no eran visibles. A saber, madera del suelo que se está deteriorando, carcoma, polvo, una araña pequeñita. Cosas todas ellas que no estaban disponibles, hasta que uno no se ve obligado a convivir en “la nada” durante el debido tiempo.
Y fíjate que cosa más bonita —Hillman se pondría palote—: es como si el mismo inframundo pudiera estar a la luz del sol, arriba, junto a la conciencia. Y esto conecta muy bien con procesos que ocurren cuando acompañamos a personas que sufren: hay quien puede deshacerse de significados, identidades, sin pasar necesariamente por la oscuridad propia de un profundo bajón existencial o un proceso depresivo.
Si estás pensando que se me va la olla, probablemente tengas razón. No carburo en condiciones. Pero hay una idea que no me puedes rechazar: que gran parte de lo que está fuera de nuestra consciencia tiene que ver con los tiempos en los que se desarrollan naturalmente determinados procesos. Porque hay cosas que pasan tan rápidas que no se ven, como las microinteracciones que estudia la teoría del apego; y otras son tan lentas que es como si no pasara nada, como todo lo que tiene que ver con la reconfiguración de una identidad, una vez abandonada la que había sido habitada.
¿Podemos llamar inconsciente a todo eso que es importante y que pasa en el terreno personal o interpersonal en unos tiempos que no son los de nuestra conciencia? Yo tengo la intuición de que sí, y de que puede ser muy positivo hacerlo.
Pero ésta no es la única forma de profundidad que habitualmente desatendemos. Hay otra a la que podemos llamar profundidad atencional, y ésta depende de la calidad de la mirada. Porque hay miradas entrenadas para ver lo que habitualmente está oculto, explorando los márgenes como una Hécate curiosa. La idea es sencilla. Durante nuestra socialización y proceso formativo, nuestra atención ha sido educada para ver determinadas cosas y omitir otras. Y esa deriva no natural de la atención está íntimamente asociada con lo que nuestra cultura profesional valora como valioso o digno. Por ejemplo, en mi contexto de trabajo, es relativamente fácil que las personas prestemos atención al trauma, al apego, a los estilos educativos o a cómo una familia maneja las consecuencias para gestionar la disciplina —nuestra atención ha sido educada para eso—, pero al enfocar la linterna hacia esas cuestiones, lo esperable es que dejemos otras desatendidas. Por ejemplo, los recursos, no necesariamente relaciones, que sirven naturalmente a las personas que acompañamos para sentirse con agencia, dignas y vivas.
Piensa, por ejemplo, en lo difícil que nos resulta atender a los fenómenos asociados a la emergencia de los sistemas, es decir, a lo que aparece de nuevo como respuesta al malestar o a las tensiones sostenidas entre incompatibles u opuestos. Si atiendes al trauma, y a sus protocolos, casi fijo que te lo pierdes un poco.
¿Significa esto que el trauma no exista o que no tenga impacto? Ni de coña. Pero, cuando una teoría educa nuestra atención, también crea necesariamente una oscuridad significativa.
La pregunta es, ¿qué cosas de las que son importantes nos quedan fuera del foco, porque dirigir hacia allí nuestra atención no genera seguridad o prestigio? Podemos decir, sin miedo a equivocarnos demasiado, que estamos en una especie de monocultura de la atención, donde la violencia profesional e institucional no sólo se explican por la ineptitud o malas intenciones, sino por la falta de diversidad en la mirada.
Aceptar esto no es moco de pavo, oye. Significa que, si aceptamos que ejercemos violencia por tener una mirada monolítica ante el sufrimiento humano, cabe preguntarse, también, qué perderíamos si diversificamos nuestra mirada. ¿La seguridad de no saber a qué agarrarnos? ¿El prestigio de saber aplicar la tecnología de la profesión? ¿La capacidad de comunicarnos en los mismos códigos con nuestras compañeras y compañeros? Posiblemente, un poco de todo. Lo que está medianamente claro es que muy probablemente comprometeríamos nuestra posición y poder en el grupo, es decir, el estatus que otros nos atribuyen a través del reconocimiento. Y aquí aparece, como un a flecha bien precisa, la siguiente pregunta: ¿hasta qué punto nuestra necesidad de reconocimiento sirve de sustrato para las violencias que todos sabemos que ejercemos?
Por ejemplo, hay otra forma de profundidad que no aprovechamos lo suficiente. Es fácil de entender. Cuando una persona se protege o protege su deseo, su sistema nervioso se hiperactiva o hipoactiva, estando especialmente sensible ante los posibles peligros o amenazas. Pero esa sensibilidad hacia la inseguridad, deja en la penumbra o en la oscuridad a todo lo que tiene que ver con la seguridad, no porque seamos torpes o estúpidos, sino porque priorizamos nuestra protección frente al retorno a un estado que nos deja vulnerables y desvalidos. Otra vez la linterna que enfoca hacia el “rojo” y el “negro”, dejando “el verde” en el inconsciente, porque para nosotras y nosotros sencillamente no existe lo que no está alumbrado.
Pero también podemos decir que cualquier tipo de fijación de partes o arquetipos en el contexto de la relación, imponen cierto estado de conciencia que permite ver con suma claridad algunas cosas a cambio de opacar u ocultar otras. Piensa, por ejemplo, en una Hestia que está a gusto que lo flipas, recreándose en el calorcito y en las ricas viandas, pero que es incapaz de aceptar que hay un ejército enemigo que se acerca. Aunque tenga a una Artemisa tensando el arco justo encima.
Y eso no pasa en el sótano ni en la penumbra, sino a plena luz del día.
Creo que tenemos que agradecer mucho, muchísimo, a Jung y a los suyos, pero, como toda cosmovisión, hay cosas que alumbra y otras que deja de lado. Y en su caso creo que cabe señalar que no toda profundidad es vertical o arqueológica. Hay otro tipo de profundidades o inconscientes que son temporales, atencionales, relacionales, cotidianas, que siendo realmente importantes, nos suelen pasar desapercibidas.
Por eso, quizás toque invitar a una cierta rebeldía: a dejar de excavar y empezar a observar por un rato, también, lo que está pasando delante de nuestras narices, sin ser sostenido por atención alguna. Porque, a veces, en esos procesos se puede encontrar una seguridad y una vida que no esperábamos.
Llámalo inconsciente, Paco, Manolete, o como quieras.
Pero, a veces lo hermoso no está escondido bajo nuestra casa, sino en una habitación vacía, extraña, desatendida, llena de polvo y telarañas. En los vecinos y en su barbacoa, en la guerra que se libra fuera, o en un jardín que todavía no hemos descubierto.
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Para seguir explorando:
Jung, C. G. (1964). El hombre y sus símbolos. Barcelona: Paidós.
Hillman, J. (1975). Re-imaginar la psicología. Madrid: Siruela.
Han, B.-C. (2022). Vida contemplativa: Elogio de la inactividad. Barcelona: Taurus.
Tsing, A. L. (2015). The Mushroom at the End of the World: On the Possibility of Life in Capitalist Ruins. Princeton, NJ: Princeton University Press.
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Gorka Saitua | educacion-familiar.com
