El precio del reconocimiento

[…] Toda excelencia puede ser también una prisión. De oro, con admiradores y mayordomos, pero una maldita prisión. […]

Hay niñas y niños que evitan el reconocimiento. Se dificultan activamente ser líderes en algún aspecto de su realidad. Y es una postura estratégica. Sumamente nteligente.

A ver, si eres una persona adulta, seguramente haya algo que haces especialmente bien. Puede ser una tarea del trabajo, cuidar de los tuyos o croquetas. Me da igual. La cosa es que, sea cual sea ese ámbito de excelencia, es muy probable que te haga sentir que puedes aportar algo al mundo y a los demás.

¿A que mola?

Desde una perspectiva “viejuna”, en la que una o uno más o menos ha construido una identidad —lo que creo que soy— y una forma de ser —los recursos con los que me planto frente al mundo—, es fácil sentirse más o menos orgulloso de haber conquistado ese pequeño territorio en el que es admirado o, al menos, siente que lo puede ser. Y es normal que deseemos para nuestras hijas e hijos una experiencia así. Pero, desde la perspectiva de una persona en desarrollo, sea niña, niño o adolescente, el reconocimiento de la capacidad, el talento y el brillo puede sentirse con gran angustia. A fin de cuentas, toda excelencia puede ser también una prisión. De oro, con admiradores y mayordomos, pero una maldita prisión.

En demasiadas ocasiones, el reconocimiento atrapa. La excelencia restringe movimientos. El brillo nos obliga a evitar determinados lugares o a ciertas personas. Cualquier privilegio asociado al éxito —real o anticipado—, implica profundas pérdidas. Y hay infancias especialmente sensibles hacia esto.

Otros, sin embargo, no tuvimos esa suerte, y perdimos movilidad. Yo, por ejemplo, debido a la búsqueda de la excelencia —que parte del mundo me reconocía—, perdí el gusto por dibujar. Ojalá hubiera ocultado mi talento para no tener nada que demostrar, ni ningún éxito al que aspirar.

¿Ves por dónde voy?

Hay algo maravilloso en no ser líder en nada. En no ser reconocido con ningún valor en especial. Hay algo profundamente libre en muchas y muchos de esas muchachas o muchachos grises, que se comportan como seguidores, y que renuncian activamente a las luchas de poder por ser el más popular, o el más guay.

Al carecer de liderazgo y talentos, pueden explorar el mundo por aquí y por allá, sin presiones para llegar a ningún sitio, disfrutando del paseo por la vida, de perder el tiempo y de lo que aparezca por allí.

A menudo, aceptar la lógica del éxito y de la competición, implica organizar demasiados esfuerzos en torno a la cultura de la productividad.

Muchos adultos miramos a estas infancias, incluso intuímos sus capacidades, y casi inevitablemente les presionamos para que demuestren el valor que tienen. En la escuela, frente a sus amigos, o aprendiendo a hacer esas deliciosas empanadas. Yo qué sé. Ellas y ellos se resisten, no porque crean que no puedan brillar ni ocupar determinados lugares, sino porque son sensibles a las renuncias que hay que hacer ante esos regalos envenenados, y tienen claro, sumamente claro, que por ahí, Manolete, no es.

Así que cuando te encuentres con una niña, niño o adolescente parece que puede, pero no demuestra, hazme el favor de no interpretarlo automáticamente como un problema, una dificultad de aprendizaje, un bloqueo emocional, o sea lo que sea en lo que haya que imponer apoyo o ejercer presión. Echa antes un vistazo a tus propios destellos, a los territorios donde brillas, pregúntate que has perdido por aceptar ese lugar, y respóndete con suma sinceridad.

Entonces, y sólo entonces, acércate a esa persona, ahora no con sólo con la idea de que debe mejorar, sino también mirándola como un sujeto activo que igual, también, está priorizando su frescura, territorios valiosos donde el reconocimiento no importa, o su flexibilidad nerviosa o mental.

Que estoy también pasa, aunque tú ya hayas comprado el marco de referencia neoliberal 🙃

Quizás no estés frente a un problema o una necesidad de apoyo, sino frente a una persona sensible que sabe intuitiva pero sabiamente el precio que, para ella o para él, tendría esa modalidad de reconocimiento social.

Y ahora para tí…

¿En qué conseguiste brillar?

¿Qué edad tenías cuando alguien se percató de tu talento o capacidad?

¿A qué tuviste que renunciar para conseguir ese brillo?

¿En qué lugar te colocó el reconocimiento asociado a esa excelencia?

¿En qué te agrada o desagrada ese lugar?

¿Cómo expande o limita tu capacidad de movimiento o tu libertad?

¿Qué ganarías si el mundo abandonase esa mirada sobre ti?

¿Qué tal se te da hacer croquetas? Manda un táper, y tal.

Para seguir explorando:

Honneth, A. (1997). La lucha por el reconocimiento: Por una gramática moral de los conflictos sociales. Crítica.

Han, B. C. (2012). La sociedad del cansancio. Herder.

Goffman, E. (2006). La presentación de la persona en la vida cotidiana. Amorrortu.

Hillman, J. (2000). El código del alma. Martínez Roca.

Honoré, C. (2008). Elogio de la lentitud. RBA.

Gorka Saitua | educacion-familiar.com

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