[…] Ni todas las hipótesis son inertes, ni conscientes, ni independientes de lo que hacen las otras. Es como si mi cabeza estuviera poblada por un ecosistema formado por seres vivos. […]
Puede que se me vaya la pinza.
No lo descarto. Pero os juro que es como lo veo.
En la universidad y en las sucesivas formaciones que hice, me hablaron de las hipótesis como meros constructos técnicos. Algo así como formas de explicar la realidad que, si eran coherentes con los hechos, permitían diseñar el trabajo mejor y llegar a resultados deseables.
La idea más tradicional y la más constructivista coincidían en algo: las hipótesis pertenecen al ámbito de las ideas y, como ideas que son, carecen de vida independiente a la de sujeto o sujetos que se las plantean.
Sin embargo, hoy miro hacia dentro, durante mi propia práctica profesional, cuando me encuentro en el barro, y no es ésta la realidad que me encuentro: ni todas las hipótesis son inertes, ni conscientes, ni independientes de lo que hacen las otras. Es como si mi cabeza estuviera poblada por un ecosistema formado por seres real e ineludiblemente vivos.
No digo que lo sean, recuerda, sino que se comportan “como” si fueran seres vivos: nacen, crecen, se relacionan, se reproducen y mueren en un determinado contexto.
Mirar las hipótesis como habitantes de un ecosistema complejo, no anula necesariamente otras perspectivas, pero quizás nos ofrezca otro lugar desde el que observar determinados procesos. Es como si antes observasemos los engranajes de una máquina de precisión, y ahora un bosque vivo.
La teoría del caos y la geometría fractal desbordando las intuiciones de la matemática euclídea.
La idea de partida es que, a nada que lo pensemos, es probable que tengamos que reconocer que, probablemente en su mayoría, no controlamos las hipótesis que formulamos. Puede que creemos algunas, pero otras sencillamente emergen incubadas en la realidad que observamos —”incubadas” en la tensión existente entre el deseo profesional y los hechos que podrían ser explicados—, porque miramos hacia determinado lugar influidos por un determinado estado de conciencia.
Por ejemplo, si yo me acerco a una madre y un adolescente que discuten desde mi “mentalidad de taller”, es más probable que perciba y dé importancia a determinados aspectos del fenómeno. No porque no pueda ver otros aspectos de la realidad, sino porque me percepción, desde ahí conformada, limita las explicaciones en las que puedo confiar.
Por ejemplo, es probable que me centre en lo que la madre hace o dice, y las repercusiones que tiene en su hijo ese comportamiento. Pero, si me acerco desde la lógica del agricultor, quizás pueda ser más intuitivo de los procesos incipientes que podría haber debajo de la tierra. Todo eso que también existe, pero todavía no ha aparecido como voz, mirada o conducta observable.
Sea como sea, parece ser la realidad en interacción con mi estado de conciencia, lo que que facilita el alumbramiento de determinadas explicaciones provisionales de la realidad, a saber, hipótesis. Pero luego, esas hipótesis comienzan a gatear, caminar, y a hacer vida de manera independiente —las miremos o no— y a relacionarse de manera diferente con otras entidades de su mundo: coaliciones, luchas de poder, intentos de asesinato, afinidades… como si pudiera pasar casi cosa entre ellas.
Llegados a determinado punto puede que sigamos pensando que responden a nuestra voluntad y a la lógica tradicional, pero no suele ser el caso. Parece que hubieran adquirido vida propia y se protegieran, expandieran y combinaran de manera autónoma, según los impedimentos o respaldos del contexto.
Aceptar que las hipótesis tienen una vida oculta en relación con otros aspectos de nuestra percepción o psique, es bastante incómodo para las y los profesionales que basamos gran parte de nuestro prestigio y poder en disponer de un “exclusivo” saber técnico. Pero, hecho el duelo que toca, y la cura de humildad que parece inevitable, también nos puede recolocar de mejor manera frente a los procesos de metacognición que nos permiten vernos a nosotras y nosotros mismos como integrantes de ese mismo hábitat que promueve, respalda, compite o extingue ciertas experiencias explicativas.
Porque eso son las hipótesis, ¿no? Pequeñas narrativas que pretenden explicar cómo son las cosas, cómo pueden cambiar, o que nos espera si no hay movimientos significativos. Siempre impregnadas y motivadas por una suerte de instinto o estado de conciencia traspasado el cual quedan en evidencia.
La ecología de la mente nos ayuda a formularnos preguntas que antes eran imposibles. Y son precisamente esas preguntas novedosas las que nos van a ayudar a recolocarnos y a actuar con mayor libertad ante el sufrimiento humano, quepa o no en una teoría o en un libro.
Por ejemplo, una mirada ecológica nos puede ayudar a distinguir cuáles son las especies dominantes, en peligro de extinción o ya extintas; pero también sugiere una mirada en relación al alimento que sostiene esa dominancia. Es decir, nos permite ver las hipótesis en el nicho ecológico donde prosperan, asumiendo que, si somos estrictos, esas mismas hipótesis no se podrían sostener tan efectivamente en un territorio diferente. Probablemente murieran.
Esto conecta con una aparente verdad que, una vez que te das cuenta, parece evidente. Piensa, por ejemplo, en algo que se suele decir mucho: “lo que necesita este niño son normas y límites, y se los tiene que poner su familia”. No sólo es una idea, sino que es una idea que prospera en un terreno en el que encuentra alimento. Puede que ese alimento sea que genera la esperanza de que la situación pueda cambiar, que exculpe al colegio por no saber redirigir la conducta, a la psicóloga de sostener el “no saber”, o que libere al niño de una responsabilidad que no puede asumir en esos momentos, pero, sea como sea, es indiscutible que ese ser de sostiene en un contexto que le reporta la nutrición que necesita.
El tema del “alimento” es clave, porque uno suele pensar espontáneamente que las hipótesis se nutren solo de ideas. Sin embargo, está respuesta parece sumamente parcial cuando vemos que también “comen” de determinadas relaciones de poder, de códigos morales compartidos, de una epistemología dominante, de los valores que ensalza una cultura, y de las necesidades económicas de las y los implicados, entre otras. Y eso sólo en periodos de abundancia, porque, cuando la comida escasea, incluso los ciervos pueden comer carne.
A ese fenómeno podríamos llamarlo delirio profesional. Acontece cuando una hipótesis está a punto de morir y busca alimento hasta bajo las piedras, invadiendo a la desesperada los nichos ecológicos de otras especies. Algo doloroso, pero también crítico para el cambio.
Una especie dominante desplaza a otras menos fuertes o agresivas. No porque no existan, o porque no tengan valor para el ecosistema, sino porque ocupan el mismo lugar donde les resulta posible prosperar, y no hay espacio para dos gallos en este gallinero.
Imagina, por ejemplo, lo difícil que puede resultar para la anterior hipótesis, la de las normas, convivir con otra que diga, no, hombre, lo prioritario es que la madre acepte que la conducta de su hijo no es maldad, sino que podría tener un sentido. Las dos cosas difícilmente pueden ser a la vez en el mismo sitio: compiten a muerte por nuestra atención o, lo que es lo mismo, su alimento.
Piensa que una hipótesis adquiere poder en un sistema no sólo por como se comporta como ente aislado, sino también por la solidez de relaciones simbióticas con otros seres. Por eso hay hipótesis que parecen muy sólidas —están enredadas con otras de su especie—, mientras que otras parecen frágiles, porque no hay otras que las sostengan. Esto nos lleva a otra conclusión incómoda: que las hipótesis quizás se sostengan no tanto por su parecido a una posible verdad, sino principalmente por disponer de redes de apoyo.
Otra idea que me ayuda mucho a pensar sobre nuestro trabajo, es la idea de los “ecotonos”, es decir, de esos espacios liminares donde confluyen dos mundos y que, aunque inestables, son especialmente fructíferos para la vida.
Por ejemplo, el encuentro del río con el mar, o del bosque con las marismas. Aquí no sólo prosperan las especies de cada territorio, sino que aparecen otras nuevas que pertenecen exclusivamente a la frontera entre mundos.
Ahora me sale hacer autocrítica —y severa—, porque, ¿cómo solemos actuar cuando nos toca coordinarnos con “profesionales de otros nichos” con quienes intuimos que hay hipótesis incompatibles? No es extraño que lleguemos, soltemos nuestra perlita y salgamos despavoridos por miedo a que suelten a los perros. Y ya está, check, ya puedo decir que el trabajo está hecho, aunque no me hayan hecho ni puñetero caso.
Sin embargo, ver esas reuniones como ecotonos, en los que otras formas de vida pueden emerger a su debido tiempo, repito, a su debido tiempo, cambia los planteamientos de trabajo: quizás la prioridad ya no sea tanto cumplimentar la “check list” o convencer a nadie, sino permitir que las aguas se mezclen y permanezcan mezcladas con la confianza de que en ese limo puedan emerger especies nuevas que no amenacen a los anteriores ecosistemas.
Cómo cambia la vaina, ¿no es cierto?
Yo no digo que la mirada ecológica sea la única posible, ni que deba excluir a otras, ni que lo vaya a cambiar todo para mejor. Sabe dios cuál podría ser su impacto. Recuerda que nuestras formas de hacer están aquí porque la “selección natural” lo ha facilitado. Honremos eso. Pero cada vez tengo más claro que necesitamos otras o nuevas herramientas que nos inviten a pensar y pensarnos menos desde la linealidad, y más como sistemas vivos y complejos, que se adaptan al medio y modifican su medio para satisfacer con la mayor eficiencia posible multitud de necesidades, a veces compatibles, y otras veces contradictorias.
Y ahora, trabajo para tí.
¿Puedes conectar con alguna hipótesis que te creíste?
¿Qué preguntas te podrías formular para desmentirla? ¿Qué ocurre en ti al hacerlo?
¿Quién o qué se incomoda ante esta situación? ¿Quién o qué pierde un lugar que le resulta propicio?
¿Qué hace esa hipótesis para sobrevivir?
¿Cómo afecta eso a su entorno?
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Para seguir explorando:
Bateson, G. (1998). Pasos hacia una ecología de la mente. Buenos Aires: Lohlé-Lumen.
Biblioteca UNIBE
Maturana, H. R., & Varela, F. J. (2003). El árbol del conocimiento: Las bases biológicas del entendimiento humano (18.ª ed.). Buenos Aires: Lumen.
Latour, B. (2008). Reensamblar lo social: Una introducción a la teoría del actor-red. Buenos Aires: Manantial.
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Gorka Saitua | educacion-familiar.com
