[…] Patologizamos las formas que nos resultan instintivas y naturales de cubrir nuestras propias necesidades al creernos la milonga de que nos parecemos más a un padre celestial que a un jabalí en apuros. […]
Creo que nos hemos pasado de moñas en la educación que hemos diseñado para las niñas y los niños.
Quizás deberíamos revisar el enraizamiento moral de la crianza y del currículum, tan basados ambos en la idea de que una niña o un niño “bueno” es aquel que se somete a la autoridad adulta, rinde académicamente y prioriza las necesidades e intereses de los demás sobre las propias.
Puede que te sorprenda está afirmación, ¿verdad? Sobre todo, siendo consciente de lo individualista, egoísta y depredadora que se está volviendo está sociedad a un ritmo exponencial, en detrimento de los valores sociales o qué sostienen relaciones saludables entre las personas.
Sin duda, parece que necesitamos más personas buenas, empáticas, sensibles y prosociales que compensen esa deriva. Y creo que esa afirmación es cierta. No cuestionó tanto la finalidad, como el camino. Porque quizás instar a las infancias exclusivamente a que se “porten bien”, sembrando sólo contención, valores, ideas y sensibilidades “positivas”, puede tener paradójicamente el efecto contrario:
Al negar una parte de la persona como mala, indecente, indeseable, censurable, o los adjetivos que se te ocurran, la psique trata de compensar el desequilibrio impuesto. Y no es extraño que intente hacerlo de múltiples formas: a través de sueños perturbadores, con fantasías que se imponen, en lapsus de la palabra, con ataques de ansiedad, o con pasajes al acto en los que no nos reconocemos, en los que parece que ha tomado el mando una parte desconocida y cruel de nosotros.
Imponemos —sí, imponemos— a nuestras hijas e hijos una educación mojigata en la que los cuentos clásicos se suavizan, llevan moraleja, los protagonistas de sus series son siempre excelentes e irreprochables, nos asustamos si se identifican con los malos, se les premia por reprimirse y simular ser una sola parte de ellas y ellos mismos, y cumplimos a rajatabla la edad para la que se supone que están hechos juguetes y otro tipo de contenidos. No vaya a ser que vean algo inadecuado, vayan con preguntas raras a la escuela, y algún adulto —repito, adulto— se traumatice.
No me digas que no: parece que sólo reconocemos el valor de niñas, niños y adolescentes cuando asoman partes que se adaptan a las exigencias adultas y al comportamiento “prosocial” que no compromete ningún equilibrio. Y cuando éstos mismos niños explotan, tienen un ataque de ansiedad, hacen maldades o sencillamente se comportan como mamíferos que necesitan retomar contacto con el vigor y la vitalidad implícita en su naturaleza, actúa el sistema represivo. A veces, en forma de violencia adulta (castigo); otras veces, de forma más sutil y despiadada, aconsejando, tratando de corregir con amabilidad o mandándoles donde un especialista a quien se pide que actúe como “taller de reparaciones”.
Propongo que, frente a una educación moralista que presiona hacia un ideal inalcanzable —nadie puede priorizar al otro frente a uno mismo sin pagar un precio excesivo—, y que implica un “efecto rebote”, exploremos la posibilidad de una EDUCACIÓN PERFORMATIVA.
Una educación que facilite a la infancia reconocerse en todas las partes que la conforman, explorando con curiosidad esa modalidad de experiencia —egoísta, violenta, perversa, manipuladora, dañina—, con límites a la conducta —¡claro!—, pero sin tanto juicio moral asociado a la idea de que sólo existe una idea del bien absoluta.
Reconociendo la necesidad de:
Frialdad para poner límites.
Explosión para romper barreras.
Guerra para hacer justicia.
Chulería para enfatizar la dignidad.
Muerte para que algo nuevo viva.
Violencia para beneficiar al esclavo, en contra del poder del amo.
Superioridad moral para generar impacto.
Difamación para proteger la propia hospitalidad.
Agresión para conquistar territorio vital, o para preservar lo propio del enemigo.
Locura para disolver el peso del ego.
Desparrame para reconectar con la vitalidad.
Engaño y humor para preservar el movimiento, y las conexiones entre territorios que parecen incompatibles.
Desdén y devaluación para afirmar que el propio placer, la propia belleza y el propio deseo importan.
Silencio para que una experiencia perviva.
Depredación para recuperar agencia.
Autorrepresión para disponer de retos en la vida.
Aplastar para hacer posible la expansión.
Etc, etc, etc.
—Amara, ¿a qué no te arrepientes de montar el pollo ayer?
—No, Aita, en absoluto.
Patologizamos las formas que nos resultan instintivas y naturales de cubrir nuestras propias necesidades al creernos la milonga de que nos parecemos más a un padre celestial que a un jabalí en apuros.
Y tomamos medicación para anestesiar señales de alarma que nos dicen, y repiten, que hay necesidades vitales insatisfechas y que luchan por ser reconocidas y volver a la vida.
Porque hay conversaciones que sólo pueden producirse después de montar el pollo, y hay deseos y necesidades que sólo se pueden afirmar actuando de forma agresiva, jodiendo a los demás para colocarnos por delante y encima del otro. Y lo paradójico es que, cuando esas necesidades (de autoafirmación, de vitalidad, de defensa del propio deseo, de justicia, de restablecer el propio sentido de agencia, etc.) son satisfechas, y son reconocidos como legítimos los medios asociados a su preservación, podemos empezar a ver con cierta ternura los vulnerabilidad y los errores de los demás, como reflejo de los propios.
No forzando la máquina para asemejarnos a un ideal, sino porque no hemos perdido el contacto con la humanidad que habita en nosotras y nosotros, no tanto como seres que se planifican y se dirigen a un fin, sino como animales que se revuelven para buscarse la maldita vida.
A fin de cuentas, nuestras “miserias” son el sustrato en el que puede aflorar el deseo de que el otro también prospere sin él mismo sufrimiento.
Sé que ahora habrá un montón de peña echándose las manos a la cabeza. Especialmente quienes reciben un sueldo y un estatus de privilegio a cambio de promover la falsa promesa de que el esfuerzo conforma buenas y buenos ciudadanos (alcohólicos, consumistas, adictos al trabajo, torturados por fantasmas, desconectados y deprimidos). Y sé que no les puedo pedir acuerdo o aceptación de este tipo de ideas. Es jodido reconocer ciertos errores cuando éstos han sostenido nuestro ego personal o profesional durante largos periodos de la vida. O cuando se tiene la sensación —cosa harto común para el ser humano reprimifo— de que sí nos dejamos llevar por la maldad, sería el acabóse de todo. Sólo quiero lanzar la idea, y que madurez dónde tenga que madurar y como tenga que madurar:
Quizás estemos pidiendo un imposible a las infancias, y lo que tenemos ahora sea un acto compensatorio que nos llueve de vuelta.
¿Qué hubiera pasado si les hubiésemos dejado explorar con tiempo y curiosidad muchas más facetas de sí mismas?
¿Sí les hubiéramos invitado a explorar su maldad, con límites a la conducta, pero sin el miedo mojigato y represivo del adulto?
Pórtate mal a propósito, y luego me dices qué has ganado por el camino.
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Gorka Saitua | educacion-familiar.com
