[…] —Lo fue en el pasado porque la tripulación abusó de su hospitalidad —respondió su hijo—. Tendremos cuidado para no cometer los mismos errores. […]
Cuando los hombres de Ulises regresaron a Eea, se reunieron en la playa. Antes de pisar hierba, su líder les habló:
—Sabéis de los riesgos. No cometamos las mismas equivocaciones. Aprovisionemos las naves, y zarpemos lo antes posible. Este lugar está maldito.
La isla era escasa en recursos. Apenas había árboles , las frutas escaseaban, y no existía fauna terrestre. Al cabo de unas horas, la trompa tomó conciencia de que pasarían semanas para llenar las bodegas.
—Solicitemos hospitalidad a Circe —propuso Telémaco, que ahora acompañaba a su padre—: en su palacio encontraremos todo lo que necesitamos.
Los hombres se miraron entre ellos.
—Hijo mío, la diosa es sumamente peligrosa.
—Lo fue en el pasado porque la tripulación abusó de su hospitalidad —respondió su hijo—. Tendremos cuidado para no cometer los mismos errores.
—Si la tratamos en el debido respeto, ella nos corresponderá —señaló el timonel de la primera nave, y un rumor afirmativo recorrió la asamblea.
—De acuerdo, pero extremad las precauciones.
La diosa le recibió a Ulises con genuino afecto, prometiéndole generosidad. Con su permiso, Ulises invitó a las tropas a entrar en su solemne recinto.
Descansaron, y llegó el banquete. Ulises y sus hombres se sentaron en las mesas. Duendes y ninfas amenizaban el ambiente con su música. Tras una breve espera, y una conversación amable, llegaron los platos.
—Comed y disfrutad —dijo la anfitriona—, con suma dedicación y esfuerzo he preparado mis más preciados alimentos.
Las bandejas contenían algo parecido a cristales luminosos, de colores. Duros y con aristas cortantes.
Un pesado silencio se apoderó de la sala. Los hombres miraban inmóviles las viandas, mientras la diosa observaba detenidamente sus reacciones.
Telémaco se llevó un trozo a la boca. Intentó masticar, pero era tan duro que se dañó una muela. Discretamente, apartó el pedazo de su boca.
La expresión de la diosa era cada vez más gélida y severa.
El resto de los hombres intentaron simular también que se alimentaban. Tenían hambre, y sabían que podían faltar a la hospitalidad de la diosa, pero les sangraba la boca.
—¡Pero si es alimento de dioses! —gritó finalmente Circe, y se dio media vuelta.
Todos los hombres, incluído Ulises, se convirtieron de nuevo en cerdos.
La diosa se retiró brevemente, y trajo bellotas para ellos. Las arrojó al suelo. Pero una de esas bellotas, rebotó y fue a parar a una de las bandejas que había preparado con tanto esmero. .
Circe se quedó mirando esa bellota, en la platea de cristales de ambrosía.
Mientras, los cerdos retozaban. Cada vez más animales, y menos humanos.
Gotas de lluvia se colaron desde el techo, cayendo sobre el rostro de la diosa, que seguía ensimismada. Cada impacto, arrastraba un pedazo de ella, como si estuviera hecha de barro fresco.
No se quejó, ni se movió. Dejó que el agua la disolviera. Terminó como un charco marrón en el suelo.
Sólo entonces, los cerdos volvieron a su forma humana. Desnudos.
Miraron la mesa. Dirigieron su atención al suelo. Observaron la belleza de las bandejas, colocadas perfectamente unas al lado de otras. Y por primera vez, pudieron apreciar el valor y la belleza de esos alimentos, no humanos.
—Es alimento de dioses —dijo Ulises—. Afortunados somos por estar en su presencia, aunque nuestros cuerpos mortales no puedan con ellos.
En ese momento, un rayo de sol se coló por ese techo permeable iluminando los magníficos alimentos.
Alimentos que quedaron ahí, por respeto a la divinidad, y a la hospitalidad de la diosa.
—
Yo no interpreto. Sólo pregunto. ¿Qué ves aquí? ¿Cómo te toca esto?
—
Gorka Saitua | educacion-familiar.com
