La emergencia de Hebe

[…] Lo de la emergencia en los sistemas es un temazo en servicios sociales, donde curro yo; porque es algo que la mayor parte de los profesionales no solemos tener en cuenta, y así nos va, desconfiando de los nuevos procesos que puedan emerger, y condenando con nuestra desconfianza a las familias que tratamos de acompañar. […]

Estaba hundida. Tras muchos titubeos, se había atrevido a tratar de reparar la relación con su hija, muy deteriorada tras una época más que complicada para ambas. Pero la respuesta de la chavala no había sido, ni de cerca, la que ella esperaba. «No puedo perdonarte», le dijo, «el daño está hecho». 

Portazo a la conversación. 

Al contarme la historia, quedaba claro que tenía un inicio —el daño que la madre había hecho a la niña en el pasado—, un desarrollo —la inseguridad de atreverse o no a dar el paso de la reparación—, una protagonista principal y casi única —la madre—, y un final abrupto e indeseado: “no he logrado nada y nunca más lo podré conseguir”. La reacción somática era coherente con ello: importancia, desamparo, vagal-dorsal, y al maldito agujero. 

Obvio, ¿no?

Bueno, quizás no tanto. 

Lo primero que me vino a la cabeza es que estaba perdiendo de vista a dos protagonistas principales. La primera estaba clara: la hija. ¿Cómo habría vivido y vivirá a partir de este momento el intento —no logrado, pero tampoco fallido— de reparación de su madre? Y el segundo se puede ver entre líneas en lo que acabo de decir. ¿Lo ves? ¿Te lo imaginas?

La pregunta va con trampa, porque si no tienes una mirada politeísta —la mente como ecología de la multiplicidad—, es muy complicado que lo percibas, pero yo sí que creo que pasó algo importante, muy significativo, que, si nos lo perdemos, corremos el riesgo de obviar cosas de vital relevancia para la familia. 

¿Qué crees que pudo nacer de esa interacción? 

Sí, si “nacer” como nace un bebé, un personaje o un monstruo. Porque algo me dice a mí que algo vivo y autónomo nació en ese momento. ¿Lo ves? Igual no te llega la misma imagen que a mí, pero yo puedo visualizar un duendecillo, vestido de verde, con un zurrón cargado de herramientas. Es pequeño, se mimetiza, a veces se esconde, pero estoy seguro de que apareció, y de que va a mover cosas, sin seguir necesariamente las normas explícitas o implícitas que a la familia le reportan seguridad. 

Ojo con lo que acabo de decir. 

Quizás un día repare, otro día pinche, otro día invite a decir algo, otro día mueva la mano de una de ellas para cambiar un poco, pero significativamente, la comunicación no verbal. No sé lo que va a hacer, porque estas entidades autónomas van a su pedo, y no se dejan gobernar nada bien; pero estoy convencido de que algo nuevo, e incluso bueno, va a traer. 

Me dé un rayo en el ojete si no es así. 

En teoría sistémica se le llama emergencia de nuevas propiedades en el sistema. No de rescate de las propiedades que ya estaban en otro plano ocultas o sin uso, no señor. La aparición de elementos que antes no estaban ahí, nuevos, que generarán, a su debido tiempo, los movimientos que las personas necesitan. O que les perjudican. Yo qué sé. Porque toda propiedad nueva tiene una cara luminosa, y una cara oscura, como cualquier diosa o cualquier dios. 

Lo de la emergencia en los sistemas es un temazo en servicios sociales, donde curro yo; porque es algo que la mayor parte de los profesionales no solemos tener en cuenta, y así nos va, desconfiando de los nuevos procesos que puedan emerger, y condenando con nuestra desconfianza a las familias que tratamos de acompañar. 

Lo que sé, y no me cabe ninguna duda, es que, a partir de ahora, las cosas no van a ser igual. Y ojo con esto, porque, a veces, si no se reconoce el mérito de estas nuevas entidades que nacen —en este caso, de Deméter, la madre sacrificante, y de Zeus como sentido de agencia—, corremos el riesgo de ignorarlas, desatenderlas, obviar su culto, y no hay nada que más le jorobe a un dios. 

Y la ira de los dioses no es baladí. 

Quizás ese duende que me viene a la cabeza sea una imagen asociada a la diosa secundaria Hebe, hija de ambos dioses, cuya función en el Olimpo es, curiosamente, servir el alimento a los dioses, nutrirlos, hacerlos sentir cómodos a través de pequeños gestos, cuidando la armonía relacional. Es la diosa de las comidas familiares, cuando éstas van más o menos bien., XD XD. 

¿Qué hará ese duende, esa Hebe, a partir de ahora? Seguramente no será algo épico, no señor, pero es probable que su presencia se note, se sienta en el cuerpo, haga la vida un poco más confortable y tolerable aunque no cambie nada, cambiándolo todo con el hecho de servir néctar y ambrosía, nutriendo con lo pequeño, diario y confortable a toda la divinidad. 

Dicho en plata, en el momento en el que se INTENTA por primera vez la reparación, nada puede seguir igual. Hay pequeños gestos que lo cambian todo, aunque todo siga dando por el orto ahí. 

La historia no ha acabado. Quizás sólo hayan cambiado los personajes, el tono, la esperanza, la curiosidad. Y ahora, ya no hagan tanta falta movimientos heróicos, como sentarse a la mesa, y… disfrutar. 

Gorka Saitua | educacion-familiar.com

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