Masculinidad tóxica y cuidados, un patrón

[…] la socialización de género que recibimos los hombres no nos permite sentir que cuidamos efectivamente si no es a través del control y la violencia […]

«Es que la socialización de género que recibimos los hombres no nos permite sentir que cuidamos efectivamente si no es a través del control y la violencia; y esto es especialmente jodido porque nos obliga a desactivar la mentalización», y se hizo un cri cri crí en la reunión.

En muchos patrones de violencia escolar, tanto contra iguales como contra el profesorado, hay un chaval o una chavala —si es algo explícito suele ser más probable el primero— que está cuidando de algo o de alguien especialmente importante, pero de una forma torpe e inadecuada.

No siempre, claro. Pero el maldito patrón es tan frecuente, que conviene señalarlo, para no caer en los errores de siempre.

Cuando un adolescente se muestra oposicionista o violento en clase, cosa que no vamos a idealizar ni romantizar, el centro escolar suele tratar de explicar ese comportamiento meramente a través de los actores que están presentes físicamente: el alumno, sus iguales y las figuras docentes. Y solo con esos protagonistas es muy complicado que se abra el campo a otras posibilidades de interpretación.

Que si lo que pasa es que no tiene normas en casa, con lo que se machaca a la familia para que haga algo.

O que tiene una patología mental, con lo que se presiona a los suyos para que lo contengan químicamente.

O que es el trauma que no se le va, y requiere de atención especializada, porque sigue habiendo en él algo que no marcha bien.

De todo esto, puede haber parte de verdad. Claro que sí. Es probable que sus padres no estén en condiciones de “domarlo”, como muchas veces se pretende, que necesite ayuda farmacológica, o que tenga aspectos no integrados de su historia que se lo hagan pasar verdaderamente mal.

Pero, a menudo, los problemas escolares graves se sostienen por dinámicas en las que está implicada la respuesta de los chicos —no hablo en masculino por despiste o casualidad—, la de la escuela y la de la familia, enlazadas en un nudo borromeo, que nadie se atreve a tratar de desatar del todo.

Porque da mucho miedo lo que pueda pasar.

Y aquí es donde entra LA HIPÓTESIS, claro que sí. Una hipótesis que no es, ni de coña, aplicable a todos los casos —por favor, no la liéis— pero que sí se repite con una regularidad sorprendente; y que nos puede ayudar a ampliar los significados y la mirada, no tanto con el afán de dar con la clave y responder, sino de hacer un ACTO DE JUSTICIA NARRATIVA, que nos coloque a nosotros y al resto de agentes implicados en una posición diferente, con suerte, permitiendo los nuevos movimientos al ritmo que estos puedan suceder.

Muchos chicos que agreden en el aula están tratando de cuidar. Sí, de cuidar. Por muy psicópatas que se muestren en el contexto de la escuela. Están tratando de cuidar.

No es extraño que, en la historia de estas chicas y chicos confluyan una serie de factores como, por ejemplo, la socialización en una masculinidad violenta, en al que la tristeza no tiene cabida, y donde los hombres nutren y cuidan aportando económicamente, y ejerciendo violencia hacia las diferentes amenazas que sufra el contexto familiar. Y que, en el contexto de esa masculinidad tóxica, hayan presenciado episodios más o menos intensos de violencia de género, teniendo que tomar posición.

Y tampoco es raro que estos chicos, cuando veían que se insultaba, vejaba o golpeaba a su madre, hayan tenido que tomar partido a favor de ella y contra el agresor. Posiblemente colocándose entre ella y los golpes, o a hostia limpia, cuando uno se va haciendo mayor. De manera que, poco a poco, se va constituyendo un patrón: cuidar es defender a las figuras más débiles a través de la violencia, que no sólo es lo que he mamado, sino también lo que se espera de mí como “hombre de valor”.

Proteger a los débiles a través de la violencia no sólo es legítimo, sino que, a veces, es lo único que se puede hacer. Pero tenemos que entender que, para un chico que ha vivido algo tan monstruoso, y al que la propia cultura le impide explorar otras formas de cuidar en contacto con la vulnerabilidad, es muy complicado salirse de ese patrón. Incluso cuando la violencia ha cesado.

Si alguien o algo vuelve a atacar a la figura débil de la familia, saltan como un resorte, para protegerla del agresor. Es el lugar en el que les ha colocado la vida —Heracles, el héroe— para dar sentido a su historia, sentirse reconocido por el otro, y sentir deseo y motivación. Por eso, cuando las cosas empiezan a ir mal el clase —por las notas o por lo que sea—, el cole contacta con la madre y, sin quererlo, le casca un hostión que la deja temblando, sale el chaval a defenderla, en plan, “por aquí sí que no”.

Vaya por delante, antes de que alguien me diga cualquier cosa, que una conducta tenga sentido relacional no la convierte en aceptable, inocua ni legítima. Existe un riesgo real no sólo asociado al momento presente, sino a que estos chicos repitan patrones violentos con sus parejas o familias. No se puede negar.

Sea como sea, la escuela ha ocupado, de repente, el lugar del antiguo agresor. Agresor, víctima y salvador vuelven a la escena, con intensidades desmesuradas, que no se puede explicar con los datos del presente o la lógica aparente.

La actitud del chico cambia en la escuela. Se muestra hosco, violento, inaccesible, como un enemigo que acecha. La escuela trata de llegar a él, pero es imposible. Lo intentan todo, y no pueden revertir la situación. Es más, en vez de mejorar las cosas, las empeoran, porque, cuanto más se siente el chico una carga o un problema, más riesgo siente de que esos mensajes lleguen a su madre, destruyéndola emocionalmente. Y cuando esos mensajes llegan, porque la escuela hay cosas que no se puede callar, no es extraño que la mujer se deprima, activando más a su hijo como soldado de honor o su “único salvador”, colocándolo sin querer en contra de la escuela, no con su voluntad, ni con sus palabras, sino con su actitud.

En este punto, suele haber graves divergencias entre profesionales, habitualmente en relación a lo mismo. Los hay que optan por ser más duros con él, e imponerle la disciplina que sienten que no tiene en casa, y los que apuestan por ser más comprensivos. ¿Y sabéis qué? Eso suele colocar a estos chicos en una posición isomórfica en relación a lo que probablemente estén viviendo en casa: adultos discutiendo, separándose, en una lucha de poder manifiesta por su culpa. Les coloca en el lugar de ser una carga para el mundo adulto que tiene la misión de cuidar y proteger.

El círculo se ha cerrado, y estamos en la mierda.

A ver quién desenreda esto.

Desenredar, lo que se dice “desenredar”, igual no se puede del todo. Pero sí es posible habitar de manera menos nociva esta situación, y desde esa convivencia con el problema, que no desata en nosotros lo puñetero peor, a veces nos podemos permitir otro tipo de decisiones o una menor carga emocional.

Y aquí la carga emocional, a saber, la intensidad, lo es todo, como puedes imaginar.

Para ello, es importante entender que muchos de estos chicos, por muy brutos que parezcan, están tratando de cuidar. Muchas veces a sus madres. A veces, a sus madres y a sus hermanos. Tratando de que su padre no se entere y arremeta destructivamente contra la madre. E incluso tratando de cuidar la relación con un padre que amenaza con el abandono, a través de una especie de lealtad que pasa por sentir cierta esperanza de ser reconocidos por este hombre violento replicando involuntariamente su sentido de valor. Es decir, que están tratando de dar salida a multitud de demandas, a veces imposibles, otras veces incompatibles, con una experiencia y un modelo de socialización que no han elegido ellos, que les ha sido impuesto, no sólo por su familia, sino por nuestra sociedad.

El hombre herido que sólo puede ser redimido mediante la hazaña, está condenado a una forma horrible de incompletitud.

Entonces, Gorka, no fastidies, ¿qué podemos hacer?

Pues por de pronto, reconocer esta complejidad. Este atrapamiento. Y desde allí, plantearnos la posibilidad de que estos chavales estén encarnando, también, a Demeter (el chaval), la diosa de los cuidados, que enloquece cuando Hades (la escuela y el padre, en isomórfica reacción: el límite que impide el “ser”) secuestra y lleva al inframundo a su hija Perséfone (la madre), sin que ella pueda hacer nada para evitar la caída o rescatarla una vez que está allí.

No lo ignores: ciertos patrones institucionales de ejercer autoridad pueden activar memorias relacionales previas, colocando a los agentes intervinientes ahora, en una historia pasada que tiende naturalmente o por falta de alternativas a la repetición.

Deméter enloquece porque, al caer su hija, ya no puede ser la diosa de los cuidados. Deja de “ser”. Es la máxima confrontación con un vacío insoportable, que obliga a elaborar otra forma de estar en conexión con el sentido y el deseo.

No sólo es una inversión de roles. Es una secuencia narrativa que no estamos sabiendo ver.

Significa esto que hay que cambiarlo todo, y dejar al chaval que haga lo que le venga en gana. No, por supuesto que no. Lo que digo es que hay historias alternativas, con las que podemos convivir, sin cerrar nada, soportando la tensión.

Porque también se acomodan perfectamente a la realidad.

A fin de cuentas, si uno se siente al menos parcialmente reconocido como protagonista de su relato, puede tomar conciencia de sus patrones, y empezar a probar autónomamente otras formas de hacer y funcionar. Porque no es extraño que estos chicos, de 14 o 16 años, confrontados a la norma y al límite de quien sienten como un verdadero enemigo, no hayan podido explorar otras alternativas menos dañinas de cuidar.

Ahora bien, ¿estamos los profesionales y nuestras estructuras capacitados para tolerar este no saber y esta ambigüedad?

Gorka Saitua | educacion-familiar.com

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