[…] ser o no ser afortunados, en el sentido de sentirnos atravesados por ese daemon existencial, cambia radicalmente nuestra forma de relacionarnos con las posibles crisis y, si me apuras, también con la incertidumbre del mundo en general. […]
Creo que hay personas que son afortunadas, mientras que otras no lo son. Y esto marca una diferencia fundamental en su existencia. Cuando hablo de fortuna, no me refiero sólo a personas que atraen la suerte, sino que también son capaces de percibir, con suficiente claridad, las oportunidades que es deparan las crisis, como si tuvieran una confianza ontológica en que, pase lo que pase, el universo va a “conspirar a su favor”. Mientras tanto, otras personas viven una experiencia radicalmente diferente, a saber, experimentan los golpes de la vida, la desestabilización de las condiciones que les reportan seguridad, implican la posibilidad más que real de una catástrofe inminente.
Me parece importante destacar que en este “ser afortunada” o no, confluyen no demasiado bien separados, dos aspectos de la realidad. Los hechos que, por su relación con el problema, pueden ser beneficiosos o no, pueden constituir oportunidades o no, y la percepción que la persona tiene acerca de los mismos, en una especie de contínuo que no se puede separar. A fin de cuentas, en la existencia de la persona que se siente afortunada, o no, no se distingue demasiado bien entre hechos y percepciones, sino que ambos quedan sólidamente ligado en ese contínuo o esa experiencia, en la que una o uno se siente con suerte o no. En el primero de los casos, dispuesto a explorar la crisis o el cambio desde una posición curiosa; y en el segundo, cerrándose o volviéndose más rígidas para recibir los golpes que esperables atendiendo a esta forma arquetípica de percepción.
Repito, ser o no ser afortunados, en el sentido de sentirnos atravesados por ese daemon existencial, cambia radicalmente nuestra forma de relacionarnos con las posibles crisis y, si me apuras, también con la incertidumbre del mundo en general. Y mucho me temo que este tipo de experiencias —tocado por la suerte o por la desgracia— no dependen demasiado de los posibles ejercicios de la voluntad que una o uno pueda hacer; sino que se enraízan en una estructura de carácter primordial, y en cómo ese carácter pudo metabolizar experiencias tempranas en relación con la incertidumbre, la impotencia o el azar.
Por mi parte, por ejemplo, y a pesar de lo que suelo decir, soy un tipo que se siente afortunado. Pesimista —veo siempre el lado malo de las cosas primero, no sin emoción, previendo un futuro nefasto—, pero tocado por la gracia de la suerte. Ambas experiencias pueden coexistir. Aunque augure un futuro peor que el presente, en el momento en el que mi mundo queda amenazado, siento que algo haré pero, sobre todo, algo ocurrirá, para devolverme al confort o, con suerte, a un lugar mejor. No sin molestias, ni sin dolor. ¿Dónde aprendí que la vida sería así de benévola conmigo? La verdad es que no lo sé; y creo que eso importa más bien poco cuando somos dominados por este arquetipo o patrón. A lo sumo, creo que es importante saber cómo nos orientamos frente a la incertidumbre, y como nos condiciona esto, para elegir, en la medida de lo posible, hasta qué punto queremos o no participar con nuestra voluntad de ese patrón.
Para mí, por ejemplo, ha sido especialmente relevante darme cuenta de que “soy una persona afortunada” para no pedir a mi hija —que no lo es— o a las personas que acompaño —muchas no lo son— que actúen desde esa confianza radical de que, pase lo que pase, algo pasará que nos lleve a un lugar mejor.
Si has llegado hasta aquí, pensarás que ser una persona afortunada —mira que no hablo de “sentirse” una persona afortunada, porque no se trata tanto de una experiencia provisional, sino de algo que caso se siente como rasgo de identidad— implica sólo ventajas, ¿verdad? Pues ya te anticipo yo que no es así. En mi caso, por ejemplo, me ha evitado muchas, demasiadas crisis existenciales. Es como si sentirme tocado por la suerte haya impedido a Hades, el rey del inframundo, llevarme consigo allí debajo, a sus territorios, el único lugar donde uno puede ponerse cara a cara con el vacío, y permitirse una transformación radical. A fin de cuentas, ¿qué necesidad hay de caer en un proceso depresivo, fértil, de reubicación o reconstrucción del deseo, si todo va a salir bien?
Tampoco se puede idealizar la experiencia de las personas que tienen la experiencia contraria. Ellas y ellos seguramente sí hayan podido transitar muchas experiencias existenciales, a saber, las que acontecen cuando Hades nos coloca el límite que dice “ya no te vale seguir siendo así, ya no te sirve esa forma de estar en el mundo o o lograr motivación”, invitándonos a que nos despidamos de cierta forma de ser. En esos procesos se sufre, y además cabe un riesgo real de quedar atrapados en la anhedonia, el terror, el consumo de tóxicos o la desesperación.
Si vemos a la población distribuída en ambas experiencias arquetípicas (los que tienen suerte, y los que no) —entre las que es difícil vislumbrar condiciones intermedias por lo que tienen de identitario y existencial—, cabe que nos formulemos una pregunta incómoda: ¿Esa suerte se distribuye de manera igualitaria o desigual? Porque esto implica condiciones radicales en nuestro lugar de partida, teniendo una clara ventaja la gente que se siente afortunada, sobre la que no. Por ejemplo, los primeros continuarán funcionando en momentos de tensión o crisis, mientras que los segundos serán secuestrados por Hades, por lo que no. Es algo que, ahora que lo miro respectivamente, se veía mucho en una de las competiciones clave de la vida, a saber, los exámenes: quienes se sienten afortunados los experimentan de manera radical a quienes anticipan el desastre, y eso no condiciona sólo en rendimiento, sino también la oportunidad de recuperación.
Las personas afortunadas tenemos una clara tendencia a minusvalorar las implicaciones y el terror que pueden sentir las desafortunadas, ante avatares más o menos simples de la vida cotidiana. Lo que para nosotros es fácil y estimulante, como puede ser salir a la calle o iniciar un nuevo proyecto, puede ser para las y los desafortunados una fuente formidable de estrés. Es como si, en términos de Fonagy, la confianza epistémica se expandiera de las personas, a todo lo viviente e incluso a lo inmaterial. Porque, en nuestro imaginario, la experiencia que media entre el mundo físico y el emocional, las cosas tienen vida. Los dioses habitan las cosas, y se identifican con determinados cosas del mundo real.
Sea como sea, las personas afortunadas tienen más oportunidades de triunfar, no sólo por las experiencias que les ha tocado, por los eventos que las han rescatado, o por la vivencia que pueden tener de las crisis como una oportunidad total o parcial. Pero esto nos coloca ante una verdad incómoda: ¿Hasta qué punto la experiencia social está ordenada y definida por las personas afortunadas? ¿Hasta qué punto concebimos la fortuna —como en la moral protestante— como gracia divina? ¿No acaba siendo esta diferencia identitaria no elegida, impuesta, una forma de cristalizar el poder? Porque quizás estemos permitiendo un mundo y unas narrativas sociales que ensalzan a las figuras afortunadas, como si los premios que les reportan la vida fueran meramente resultado de sus esfuerzos, sin considerar el impacto que en ellas y en sus rivales está teniendo el azar. No la gestión del azar, sino el azar mismo, entendido como experiencia competitiva clave y que marca una diferencia radical.
A pesar de cómo he escrito, no creo que haya personas afortunadas y desafortunadas más allá de su experiencia existencial. Creo que, a nada que acumulemos años, todas y todos hemos vivido ambas experiencias. Por eso son arquetipos, porque son algo común a toda la humanidad. Pero lo que sí puede verse, desde este relato y esta mirada, es que hay lugares en el mundo (relaciones, instituciones, etc.) que favorecen experiencias “cercanas a la suerte” —me encanta llamarlas así— o “cercanas a la desgracia”, dependiendo de la relación que tengan con las mismas.
Por ejemplo, si pensamos en el sistema de servicios sociales, al que pertenezco, todo apunta a que se trata de instituciones y empresas que tienden a provocar en las personas a las que acompañamos, experiencias “cercanas a la desgracia”, porque, pase lo que pase, hagan lo que hagan, siempre habrá un tipo —por ejemplo, yo— que deje claro en el informe que no todo está bien. No vaya a ser que se venga arriba, pasen cosas, y luego tenga que rendir cuentas por haber escrito que las cosas iban demasiado bien. Estas experiencias no son tonterías ni algo baladí, sino que van contaminando progresivamente la experiencia que las personas a las que acompañamos, no sólo con las instituciones, sino con esa confianza básica en que el mundo se va a colocar a su favor, y todo se puede resolver.
Es muy importante que tomemos conciencia de esto. Porque, si las personas van a pasar dos años de su vida —como es muchas veces en nuestro caso— expuestos a este tipo de narrativas y modalidades de evaluación, probablemente estemos condicionando en paralelo las opciones u oportunidades que tienen de sentirse afortunadas o no. Y esto, cuando la vida te ha vulnerado reiteradamente, implica una diferencia clave, fundamental.
Las instituciones no necesitamos apostar por el castigo explícito para generar una sensación de impotencia generalizada —el trauma por intervención institucional desinformada—. A veces, vale con que exista una atmósfera en la que nunca está todo suficientemente bien, nunca desaparece la sospecha o nunca es posible una completa relajación. Eso no sólo altera la relación con el futuro posible, sino que deja marcas, estigmas visibles en la percepción del propio sentido de la suerte, que va a ser complicado combatir o limpiar.
Las instituciones que intervienen en la urgencia y con urgencia cambian o redistribuyen la relación con la posibilidad. Anulan la expectativa de reversibilidad. Y eso, en los contextos en los que curramos, es de vital importancia.
Quizás toque proponer ahora otro aspecto para nuestras evaluaciones. Pero para las evaluaciones que nos hacemos a nosotras y nosotros mismos como profesionales. No a las personas a quienes acompañamos. ¿Qué podemos hacer para que las personas puedan sentirse ligeramente afortunadas de nuevo? ¿Para facilitarles un poco de esa gracia divina que les coloque como sujetos dignos, con el cosmos un poco más a su favor? Puede que sea una forma de hablar, una manera de redactar las conclusiones de los informes, otro tipo de conciencia sobre cómo la suerte nos ha colocado en este lugar de privilegio, que es acompañar.
Sólo sé que urge, pero no lo sé.
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Gorka Saitua | educacion-familiar.com
