[…] Creo que entender el trauma meramente como una “herida” que requiere “tratamiento especializado” para “sanar”, es un elemento de riesgo. […]
Creo que entender el trauma meramente como una “herida” que requiere “tratamiento especializado” para “sanar”, es un elemento de riesgo. No quiero decir con ello que no haya traumas o modalidades de sufrimiento que no puedan y deban ser “curados”, pero sí que el trauma, como experiencia de impotencia retenida por el cuerpo para nuestra posterior protección, no siempre se amolda a esa metáfora, ni a ese tratamiento.
En este sentido, debemos ser conscientes de que hay sufrimientos que, por su propia naturaleza, se resisten a ser sanados. Bien porque constituyen una herida que, por definición, no puede sanar —como la que queda patente en el mito de Quirón—; o porque sanar implicaría algo parecido a una traición a un valor superior. No es extraño que, quienes acompañamos el sufrimiento humano nos encontremos con “entidades” o “arquetipos” que no buscan calma, ni seguridad, sino otro tipo de cuestiones como, por ejemplo, profundidad, complejidad, liberación, dominio, u otros fines que no cuadran demasiado bien con la idea de “sanar” en relación con la “seguridad”.
Además, creo que es importante hablar, también, de las implicaciones que suele tener sanar una herida, en términos de anular la energía vital que está latente en ella, y que puede utilizarse de manera altruista para cuestionar estructuras violentas de poder. A veces, las personas no desean sanar porque intuyen que relajarse o conectar con cierta seguridad les privaría de la fuerza de la que ahora disponen para luchar contra la injusticia, para proteger los intereses de los suyos o a favor de un mundo mejor. Y no están nada desencaminados con su intuición.
Por eso, a veces, no se tratará de eliminar el trauma, sino de aprender a convivir con él, preservando así el sentido de agencia de las personas afectadas. Al menos, el que ahora mismo puedan tener.
Lo que digo no implica romantizar el trauma, ni idealizarlo. El trauma nos lleva a sufrir y, en muchas ocasiones, también a hacer sufrir a los demás, incluídas las personas a las que más queremos. Pero creo que debemos dejar de ver el trauma como una herida, y pasar a observarlo como un ecosistema complejo, en el que no sólo hay respuestas somáticas más o menos automáticas, sino también sentido, identidad, formas de agencia, dignidad muchas veces no reconocida, e incluso ideales que la persona puede estar tratando de preservar. Y todo ello nos ayuda a ver que, en efecto, puede haber sufrimiento, e incluso sufrimiento cruel, pero las personas no siempre están preparadas para soltar lo que, asociado a ese dolor, también genera una estructura que sostiene la vitalidad.
En consecuencia, a menudo, el planteamiento más inteligente no es tratar el trauma, ni resolver nada, sino explorar detenidamente y con cuidado, ese territorio, no para validar sin más lo que ocurre allí, pero sí para permitir que la persona se relacione de manera más compleja, rica y satisfactoria con ese ecosistema al que, todavía no puede renunciar. El trauma pasa así de ser un enemigo, a un compañero de vida, molesto, egoísta, pero que puede colaborar con otras fuerzas de la naturaleza que también nos constituyen, y que pueden implicar otros estados de conciencia con acceso a recursos diferentes que, también, pueden adaptarse a nuestra situación.
Cuando un profesional se acerca a estos ecosistemas con el deseo explícito o implícito de destruirlos —no por capricho, sino porque evidentemente generan malestar— no es extraño que las personas afectadas se resistan. El cuerpo reacciona ante un peligro que es real: el peligro de perder lo que, hasta la fecha, ha ayudado a las personas a lidiar con su sufrimiento, conectar con el deseo, ocupar un lugar en el mundo, y sostenerse frente a los otros como sujetos con valor. Aparecen, entonces, cosas del tipo “estoy bien”, “otro tiene la culpa” o “cuando pase algo que espero, todo irá mejor”, ideas o mitos todos ellos que van el la línea de proteger, muy efectivamente por cierto, el equilibrio que se ha construído.
A mí, lo que me perturba es que muchas y muchos profesionales no nos percatamos de que estas resistencias no son meramente sucesos que acontecen en las personas a quienes acompañamos, sino respuestas lógicas ante una modalidad de violencia profesional: empujar hacia el cambio entes que haya aflojado el guardián de los tiempos, ese Cronos interior que evalúa contexto interior y exterior, para determinar cuando es seguro movilizarse y cambiar. Así, sancionamos en nuestras intervenciones e informes a las personas que “se resisten al tratamiento”, ocultando nuestra sensación de impotencia profesional.
Suelo decir que, una de las cosas que más ayudan a ese Guardián de los Tiempos a aflojar, a empezar a soltar un poco, es sentir que el profesional reconoce el valor de los patrones que una persona ha fijado, tanto desde el valor que tienen para ella como —esto es muy importante— en relación a sus personas queridas. Ocurre, entonces, algo paradójico: los patrones aparentemente disfuncionales, acaban constituyendo algo parecido a un “refugio seguro” desde el que es posible la exploración, como si dijésemos “tranquila, tranquilo, exploramos juntos, pero siempre se puede volver ahí”. Eso no solo otorga paz y seguridad a las personas vulneradas, sino que también permite el movimiento, justo permitiendo la inmovilidad.
¿Quiere decir esto que siempre hay que fomentar la inmovilidad para que el sistema y sus sistemas asociados se muevan? No, claro que no. En ocasiones, son necesarias intervenciones disruptivas, incluso desde la confrontación. Pero, aquí está la clave: una persona sólo puede metabolizar el cambio, cuando ya se ha aventurado en ese territorio sosteniendo cierta seguridad. Cuando uno ha hecho varias incursiones exploratorias, solo, acompañado, sabiendo que hay un lugar de retorno aunque éste no sea ideal, empieza a permitirse más y más movimientos, desde su sentido de agencia, no siempre en la línea que espera el profesional. Y ese moverse, en un péndulo de ida y vuelta, es lo que parece ir constituyendo progresivamente la vivencia de que se puede habitar, también, el movimiento, sin perder cotas irrenunciables de seguridad.
No es el movimiento lo que desregula los sistemas. Es el movimiento sin agencia. El movimiento impuesto que todavía desborda la ventana de tolerancia atrofiada por el miedo y el tiempo en la rigidez. Nuestro principal trabajo como profesionales, por tanto, no es tanto “conectar y dirigir” como dijo D. Siegel, sino observar el movimiento y securizar.
Lo que llamamos “recaída” puede ser retorno al único refugio provisional.
—
Gorka Saitua | educacion-familiar.com
