A favor de las resistencias: una cura de humildad 

[…] La hipótesis era que, lejos de lo que pudiera parecer, las familias que más resistencias muestran en los primeros estadios de su relación con el sistema de protección a la infancia presentan mejor pronóstico que las que parecen más dispuestas a someterse y colaborar. […] 

Traté de explicárselo a la chica que está con nosotros de prácticas, pero, por la cara que puso, me da a mí que no anduve demasiado fino.  

La hipótesis era que, lejos de lo que pudiera parecer, las familias que más resistencias muestran en los primeros estadios de su relación con el sistema de protección a la infancia presentan mejor pronóstico que las que parecen más dispuestas a someterse y colaborar.  

Eso es. Familias que pasan de nosotros, que se nos enfrentan, que nos rehúyen, que nos mienten, que nos manipulan o nos toman por gilipollas, están mejor situadas que las que nos doran la píldora, asumiendo nuestras ideas y narrativas como si fueran su realidad.  

Imagino que la respuesta es mucho más compleja de lo que aquí podemos explicar, pero permitidme que haya un esfuerzo para explicarme, como siempre, simplificando las cosas.  

Cualquier resistencia es, además, una BARRERA PROTECTORA contra el MALTRATO INSTITUCIONAL. Nos guste o no, las familias a quienes atendemos tienen un historial de agravios con las y los profesionales que le les han atendido. Unos agravios que no son inventos suyos, ni fantasías esquizoides, sino la más pura y llana verdad.  

Por ejemplo, ahora mismo he comenzado a currar con tres niños que se abrieron en canal con la psicóloga que les atendió en los Servicios Sociales de Base, denunciando el maltrato sistemático que sufrían por parte de un familiar. Pues bien, la respuesta de la institución fue derivar el caso a los servicios sociales especializados y, desde entonces, han pasado dos años —dos malditos años— en los que los niños no han tenido nadie que les respaldara, que les informara de lo que estaba pasando, o que les acompañara para tolerar esa situación. Estos eventos, uno detrás de otro, son los que van constituyendo y justificando la desconfianza hacia las instituciones, si no una repulsa radical hacia lo que somos y lo que podemos significar para ellos, ¿no?

«Si a nadie le he importado, ¿con qué santos cojones me dices que tengo que confiar?» 

Las resistencias —odio la palabrita— son, en consecuencia, un signo de que queda algo de DIGNIDAD. A saber, esa sensación de que una o uno es valioso, a pesar de las hostias que le dé la vida o todo lo chungo que le haya tocado vivir. Es decir, es un indicador de que hay un movimiento hacia delante, para hacerse cargo de lo que toca, de manera independiente, con los propios recursos y sin depender de los demás. Y en ese impulso hacia adelante hay mucha, muchísima valentía y motivación para avanzar. Aunque a nosotros nos manden a tomar por el culo que, en muchas ocasiones, es donde deberíamos estar.  

Pero quizás lo más interesante sea que, cuando hay resistencias, hay siempre cierta CONCIENCIA de que algo va regular o mal. Coño, que sí. Si no, ¿de qué hostias de vas a defender? Lo que pasa es que asumir en alto —y para más cojones ante unos servicios cuya agenda oculta pasa por juzgar— que se ha hecho daño a las personas a las que más se quiere, es sencillamente demoledor. Nadie puede con ello, y nadie tiene por qué poder.  

Pero quizás nosotras y nosotros, tan estudiados y sensibles, deberíamos tener una mirada un poco más amplia al respecto, ¿no lo crees? 

En mi experiencia trabajando para el Servicio de Infancia lo veo claro, clarinete. Salvo excepciones, cuando la peña se niega más a asumir que han jodido a los suyos, más conciencia hay de lo jodidos que están y el daño que han podido causar. Pero, sencillamente, son fantasmas tan formidables, que contra ellos no se puede luchar.  

No-se-pu-ede-lu-char. 

Por eso, nunca voy contra las resistencias —¡agghh, lo he vuelto a decir!— sino que trato de cuidarlas por lo que se merecen y lo que son.  

Por último, cualquier resistencia es un intento de mantener el PROTAGONISMO en la propia vida. Un protagonismo que, para las personas que han sufrido mucho y padecido situaciones traumáticas (simples o complejas) en sus vidas, es la mejor tabla de salvación. Porque, cuando yo me creo que puedo cambiar mi estado, tomar decisiones y mejorar mi situación familiar, es posible cualquier tipo de reparación. La putada, colegas, es que esas resistencias serán más potentes cuanto más complicados y dolorosos hayan sido los sucesos que una o una haya tenido que enfrentar.  

Y esto tiene implicaciones clave para cualquier tipo de intervención. Porque si las personas sienten que llevan el timón, y que lo que hacen influye n su estado y en el de los demás, puede producirse la magia de la pendulación. Es decir, la sensación de que uno puede estar mal, regular, o bien, y que NO SE QUEDA ATASCADO en ningún punto por muchas hostias que le den. Y eso es clave para sentirse suficientemente seguro y/o ganar seguridad y, en consecuencia, para lanzarse a explorar. Explorarse a sí mismos y a la gente a la que quieren.  

A fin de cuentas, de eso va nuestro curro…  

De eso, y de bajarnos de nuestro narcisismo y nuestro pedestal.  

¿Verdad? 


Referencias: ver los trabajos de F. Javier Aznar Alarcón y Ricardo Ramos.


Gorka Saitua | educacion-familiar.com 

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