Rabia para un mundo mejor, más seguro y más tierno 

[…] Por eso, no se trata de suprimirla, sino de hacerla digerible o manejable para que las niñas y niños puedan usarla de manera primero asertiva y, si las cosas se tuercen, dando un puñetazo en la mesa. Pero sin dañar a los demás, porque sentirla y aceptarla como una parte valiosa de nosotros mismos no implica necesariamente un pasaje al acto, sino todo lo contrario. Lo que sabemos acerca de ella va en la línea de que sentirla en toda su intensidad, con todas las fantasías destructivas que aparecen en la mente, y compartirla en un entorno seguro, es un factor de protección a corto, medio y largo plazo. […] 

Cuando Egoitz dijo a su madre que quería morder en la cara hasta hacer sangre a Ekaitz, un niño de su clase, esta se quedó fría y paralizada. No reconocía en esa rabia a su hijo, quedando bastante perturbada.

Al preguntarle cuál había sido la respuesta de su hijo a ese colapso, su madre me dijo que el niño había cambiado de registro y había seguido hablando de otras cosas sin importancia “como si nada”. 

Ojo con eso.  

Esta secuencia, aparentemente inocente, describe una secuencia peligrosa y bastante frecuente. Una niña o un niño expresa su deseo de hacer daño a alguien (rabia intensa) y, en el espejo que son sus padres, se encuentra una respuesta de colapso (vagal dorsal) que sugiere o indica amenaza, es decir, un peligro del que esa madre o ese padre no se pueden proteger, y del que —en consecuencia— tampoco puede protegerse la pequeña o el pequeño. La consecuencia natural es que el sistema nervioso cortocircuita, llegando a un punto en el que se produce la disociación, esto es, apartar las sensaciones desagradables asociadas a la rabia para no sentirlas y evitar así la amenaza.  

Estos episodios pueden dejar a las madres y los padres la sensación de que ¡uff! lo peor ya ha pasado. Porque la rabia que no se ve, no aparece como una amenaza. Se llega así muchas veces a un equilibrio que es cómodo para todo el mundo, porque se aparta lo peor que es esa sensación de amenaza. Una amenaza para los padres que no toleran esa rabia; y una amenaza para la niña o el niño, que siente que lo que lo que ha sentido o le ha pasado ha puesto en peligro la relación o el vínculo con las únicas personas capaces de protegerle, dejándole desamparado.  

Estas secuencias son más dañinas, si cabe, para las niñas y niños que han sufrido adversidad temprana en forma de abandono porque, para ellos, esa repuesta de los padres ante la rabia puede significar que no son suficientemente buenos y, por tanto, un nuevo peligro de ser rechazados o abandonados. 

Sin embargo, lo que pasa es justo lo contrario. Esa rabia, al no poder ser expresada ni atendida, queda en una caja negra aparte, luchando por salir, y generando un enorme estrés para la niña o el niño, que seguirá luchando por reprimir lo que le convierte en alguien malo que hace daño a las personas que quiere y necesita. Esta represión, unida al esfuerzo de controlarse o no sentir, según la estructura psíquica o el momento, provoca justo lo contrario de lo que todos desean y, a la mínima debilidad, esa rabia saldrá sin filtros ni control de ningún tipo, generando más miedo, más susto, más disociación y peor pronóstico a nivel de conducta.  

Cómo gestionamos la rabia de nuestros hijos tiene mucho que ver con cómo nos relacionamos con nuestra propia rabia, y con cómo gestionaron la rabia las personas de las que un día dependimos y que tenían la función de protegernos de los demás y del daño que podíamos causarnos a nosotras o nosotros mismos. Y, si me apuras, también con la cultura y valores en los que estamos inmersos que, a veces, imponen una narrativa sobre la rabia atribuyéndole características peyorativas como, por ejemplo, que es algo a controlar y suprimir, porque de no ser así se hace daño a las personas.  

«La rabia es seductora.» 

«La rabia te puede llevar.» 

«Sentir la rabia es el primer paso para dañar a la gente.» 

«Cuando más rabia se siente, mayor es la probabilidad de dañar a otras personas, incluidas a las que más se quiere.» 

Lo tengo que decir porque si no reviento. Porque aquí quizás nos toque preguntarnos a quién beneficia que la rabia no se exprese y que, por tanto, no seamos capaces de defendernos y nos veamos obligados a ser sumisas y sumisos. A fin de cuentas, los valores que consumimos tienen mucho que ver con las estructuras materiales y de poder que legitiman la desigualdad y que configuran nuestro contexto inmediato. 

Pero nada más lejos de la realidad. Porque la rabia —es decir, el deseo de hacer daño a los demás a veces de las formas más brutales—, lejos de ser una enemiga, es una aliada, tanto para nosotras y nosotros, como para nuestras hijas e hijos. Gracias a la rabia, podrán poner límites ante situaciones injustas, de desigualdad, o cuando se sientan agredidas o agredidos. Y lo podrán hacer con la firmeza que otorga sentir a alguien con los pies sobre el suelo al otro lado, con el deseo y la voluntad de llegar donde haga falta para defender sus derechos o lo que crean justo.  

Por eso, no se trata de suprimirla, sino de hacerla digerible o manejable para que las niñas y niños puedan usarla de manera primero asertiva y, si las cosas se tuercen, dando un puñetazo en la mesa. Pero sin dañar a los demás, porque sentirla y aceptarla como una parte valiosa de nosotros mismos no implica necesariamente un pasaje al acto, sino todo lo contrario. Lo que sabemos acerca de ella va en la línea de que sentirla en toda su intensidad, con todas las fantasías destructivas que aparecen en la mente, y compartirla en un entorno seguro, es un factor de protección a corto, medio y largo plazo.  

Pero, para que ellas y ellos puedan sentirla así, como una parte de su persona a la que pueden mirar y con la que pueden relacionarse sin peligro y, a veces, sacando algo valioso, es importante que los adultos chequeemos y regulemos la respuesta corporal que nos suscita su rabia, porque lo que nuestro cuerpo hace a nivel neuroceptivo —la valoración de la seguridad y peligro que ocurre a nivel preconsciente— comunica mucho más que nuestros gestos o palabras, de manera que podemos hacerlo todo fenomenal y, sin embargo, irnos a la mierda.  

Uy, qué fuerte, he dicho mierda.  

Y decir mierda me conecta con muchas de esas teorías que se ven en historias de Instagram, en las que se enseña a los padres y las madres como gestionar, controlar o redirigir la rabia de sus hijas e hijos, en plan, oye, colega, que ya sé que lo pasas mal, yo te enseño cómo hacerlo, 5 tips y éxito absoluto. En las que se promueve que los adultos gestionen su propio malestar actuando sobre la infancia, y reproduciendo los mismos patrones de relación que a ellas y ellos les hicieron tanto daño, es decir, la misma disociación que a ellas y ellos les ha llevado a tener la certeza de que la rabia es mala, porque ellos no pueden cuidársela y sale a borbotones, hacia fuera, a hostia limpia, o hacia dentro, en forma de autoexigencia o sentimiento de culpa.   

Porque, si te llevas mal con la rabia de tu hija o de tu hijo —cosa que es más que frecuente— toca preguntarse si el problema lo tienen ellos o nosotros mismos. Porque odiar, querer agredir y querer coger un tanque y arremeter contra todo el mundo, no tiene nada de malo, es sólo algo humano. Algo humano que sólo se puede gestionar en un contexto donde las figuras adultas, de apego, sean capaces de reconocerlos y aceptarlos como sentimientos legítimos que invitan a hacer algo bueno con ellos: protegerse, proteger a los demás, poner límites, o luchar contra las injusticias que estén viviendo.  

Que nadie nos reste nuestro deseo de arrancar cabezas. Hace del mundo un lugar más humano, más seguro y más tierno.  

Un guiño a Barricada: “cuando se aprende a defender algo, también se aprende a llorar por ello”.  


Lecturas relacionadas:  

DANA, D. (2019). La teoría polivagal en terapia. Cómo unirse al ritmo de la regulación. Barcelona: Eleftheria 

GONZÁLEZ, A. (2017). No soy yo. Entendiendo el trauma complejo, el apego, y la disociación: una guía para pacientes y profesionales. Editado por Amazon 

GONZALO MARRODAN, J.L. y PÉREZ MUGA, O. Todos los niños vienen con un pan debajo del brazo. Bilbao: Descleé de Brouwer 


Gorka Saitua | educacion-familiar.com 

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