Metáforas en nuestra historia 

[…] las metáforas son mucho más que eso, porque están en el núcleo de las narrativas que describen nuestra relación con el mundo, con los demás y con nosotras o nosotros mismos, pudiendo tener connotaciones que nos lleven a la flexibilidad, la esperanza y la confianza o, al contrario, significados que nos aboquen a un mayor caos, rigidez o regresión o desesperanza. […] 

La única vez que me hablaron sobre metáforas en el colegio fue en una clase de literatura. La metáfora era, entonces, algo que podía embellecer un texto, dotándola de un sentido más profundo o poético. Algo meramente estético.  

“Eres la brújula que orienta mi vida”. Oh, ¡qué potito! 

# Hablamos de metáfora cuando una palabra o significado sustituye a otro, normalmente para hacer referencia a este último.  

Sin embargo, las metáforas son mucho más que eso, porque están en el núcleo de las narrativas que describen nuestra relación con el mundo, con los demás y con nosotras o nosotros mismos, pudiendo tener connotaciones que nos lleven a la flexibilidad, la esperanza y la confianza o, al contrario, significados que nos aboquen a un mayor caos, rigidez o regresión o desesperanza.  

El mismo cine de masas nos condiciona para que veamos la vida en términos de buenos o malos, estando los buenos siempre cortados por el mismo patrón, y los malos construidos con el mismo molde; así cuando colocamos alguna de ambas etiquetas, explícitamente o no, colocamos también todos los significados añadidos, sin olvidar que los malos son los héroes en historias alternativas en las que deben protegerse y proteger a los suyos. Como Bane, el malo de la peli de Batman titulada “El Cabellero Oscuro” que, a todas luces, es el líder de una masa de gente pobre y desahuciada que luchan, claro, con rabia para recuperar cierta dignidad y su lugar en el mundo. 

Las metáforas están a caballo entre lo consciente y lo inconsciente, y pueden ser un puente —valga la metáfora— para unir ambos mundos. También son un enlace entre lo más racional o delibertativo, y lo más emocional, holístico o narrativo, por lo que, intuyo, pueden tener mucho que ver con esa capacidad maravillosa del cerebro humano para representar globalmente la realidad que llamamos integración horizontal.  

Dicho esto, las metáforas están por todas partes, a menudo ocultas en el relato que hemos nauturalizado. De esta forma, decimos que tenemos que “sanar una herida”, cuando sufrimos una pérdida; que la inflación “ha pegado fuerte”, como si fuera un boxeador; o que “la cosa está muy fea”, como si tuviera rostro, cuando anticipamos que van a llegar tiempos difíciles.  

Las metáforas rara vez se presentan como lo que son —la atribución de significados emocionales mediante palabras sustitutivas—, por lo que pasan desapercibidas. Así, decimos que “hay algo sucio en sus ojos” sin ser conscientes de que la palabra suciedad conlleva significados peyorativos hacia la persona a quien nos referimos.  

Somos poco conscientes del impacto que ha tenido en nosotros la estructura de los cuentos infantiles, pero nuestras narrativas están llenas de brujas, héroes, orcos, hadas, príncipes, dragones y princesas, que condicionan sistemáticamente las relación con ellas y ellos.  

Las metáforas tienen un impacto profundo en cómo nos posicionamos en las relaciones que mantenemos con otras personas, y en qué relación sostenemos con nosotros mismos, no sólo porque contienen una elevadísima carga emocional, sino porque pasan desapercibidas y burlan las defensas de nuestro cerebro más racional y consciente.  

Dicho esto, uno de los trabajos más bonitos en intervención educativa familiar es trabajar con las metáforas que sostienen las dificultades o los problemas, enriqueciéndolas o sustituyéndolas por otras que se adapten mejor a la realidad en todas sus facetas.  

Por ejemplo, recientemente trabajé con una madre que decía que tenía una “guerra abierta” con su hija. Y esa metáfora, como todas las de su clase, tenía mucho de verdad. Madre e hija se pasaban el día gritándose y, en alguna ocasión, habían pasado a las manos. De esta manera, ocurría un fenómeno muy frecuente cuando hablamos de metáforas, y que se relaciona con la psicología cognitiva: el sesgo de confirmación. La metáfora condicionaba la percepción de la realidad, y la realidad reforzaba la metáfora, como única explicación posible de los acontecimientos. Así se creaba un círculo vicioso del que parecía imposible salir.  

Llegado el momento oportuno, se me ocurrió dar vuelta a la tortilla.  

—He visto, Sandra, que siempre te refieres a la relación con tu hija como una guerra —dije.  

—Es que es una guerra —me contestó, contundente.  

—Sí, se le parece mucho.  

—¿Cómo que se le parece? —contestó irritada.  

—Sí, digo que se le parece, porque hay mucho caos y mucho ruido, y ambas lucháis para protegeros. 

Aquí introduje sutilmente un leve cambio. No estaban luchando para hacerse daño, sino para protegerse.  

—Pues eso.  

—Entiendo que tú lo veas así, a fin de cuentas estás “bailando” dentro —continué—, pero desde fuera se ve un escenario bastante diferente, y no tan malo como lo cuentas.  

Creo que le picó un poco la curiosidad poque preguntó:  

—¿Qué escenario ves tú? 

—Yo lo veo más como un baile —dije, y noté el gesto de perplejidad en su mirada—. Pero es un baile desorganizado. Hay dos bailarinas que quieren expresar algo importante en el mismo escenario, pero cuanta más pasión ponen en la escena, más chocan con la una contra la otra, porque es tan importante lo que tienen que decir, que no pueden estar a la vez a expresar y respetar los turnos.  

Se quedó boquiabierta.  

—Hay algo de verdad en lo que dices —reconoció pensativa.  

—Me pregunto qué pasaría si se respetasen los turnos… 

—Bailaríamos más a gusto.  

—No me parece un mal comienzo… 

La metáfora es uno de los recursos más valiosos para la intervención familiar, porque permite cuestionar o modificar las narrativas que sostienen el síntoma, pero sin levantar las habituales defensas, dado que no operan en el terreno de lo real —es decir, no son amenazantes—, sino de lo figurado.  

Es la trampa de las matáforas… que parece que estamos hablando meramente de lo estético, cuando estamos yendo al núcleo de lo importante.  

Si bien es cierto que las metáforas sostienen los problemas y los estilos relacionales que causan daño, también cambian fácilmente si aparece una metáfora nueva que represente bien la realidad, pero que sea más amable con las actrices y actores en juego. Porque las metáforas son el cableado que permite unir los relatos predominantes (los que se han hecho fuertes y sostienen los síntomas), con los relatos subyugados (los que han sido relegados a un segundo plano y, aunque también son ciertos, parecen incompatibles con los primeros). Por eso me resulta tan extraño que las y los profesionales sigamos priorizando los conceptos asociados a nuestra teoría, a una herramienta tan potente para motivar la esperanza, la confianza y, en consecuencia, el cambio.  

Somos poco más que metáforas en nuestra historia.  

Y a ti, ¿qué metáfora te representa? 


Lecturas recomendadas:

LAKOFF, G. y JOHNSON, M (1986). Metáforas de la vida cotidiana. Madrid: Cátedra

NARDONE, G. (2015). Ayudar a los padres a ayudar a los hijos: problemas y soluciones para el ciclo de la vida. Barcelona: Herder

NARDONE, G. (2009). Psicosoluciones. Barcelona: Herder

WHITE, M. y EPSON, D. (1990). Medios Narrativos para fines terapéuticos. México: Paidós


Gorka Saitua | educacion-familiar.com 

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