De títulos, intereses y esfínteres apretados 

[…] Hoy en día hay partes dentro de mí que repudian la idea de que existamos profesionales de la educación o, al menos, de que formemos parte de una industria que supervisa y juzga al resto. […] 

Cuando me saqué el título estaba sumamente orgulloso.  

Por fin era un profesional y podía aplicar todo mi aprendizaje. Tenía un papel rectangular que me situaba en un lugar privilegiado respecto al resto de los mortales, al menos, para hablar de pedagogía.  

Hasta cierto punto, ese orgullo era lo previsible. Para mi familia era importante, y he estudiado en un colegio de pijos donde la única alternativa visible era “ser algo en la vida”, y que esa etiqueta dependiera de algo que se muestra y se tiene.  

Hoy en día hay partes dentro de mí que repudian la idea de que existamos profesionales de la educación o, al menos, de que formemos parte de una industria que supervisa y juzga al resto. 

A ver, hay otras que dicen que es guay y que somos necesarios; pero hay reductos de resistencia que van ganando terreno día a día, con cada cosa que veo tanto en mí, como en el resto de mis compañeras y compañeros.  

Pero no se trata sólo de una cosa que tenga nombres ni apellidos, sino de algo estructural.  

Porque, ¿qué pasa cuando una función natural, como son la crianza y la educación familiar, se profesionalizan? O, lo que es peor… ¿Qué pasa cuando se industrializan? 

Con la alimentación se ve bastante claro, sobre todo, si comparamos los productos de minifundios y latifundios, los del mercado y los del supermercado, y ya no te digo si miramos los ilegales —sin código de sanidad— y los legales.  

Hay toda una red de profesionales que se encargan de garantizar la “calidad” de los productos, estandarizando su valor, y acreditando su calidad a través de mil y un procesos, todo para distinguir entre alimentos buenos y malos. Siendo los buenos los que, sin demasiado sabor, permiten beneficiarse a determinadas estructuras socioeconómicas, y los malos los que, sabiendo mucho mejor, no han pasado por la maquinaria que sirve para convertirlos en clones a los que colocar una maldita etiqueta, en la que no figura, o figura muy malamente toda la mierda que nos metemos.  

Y toda esa peña tiene por objetivo conservar su lugar, no que el producto sea en realidad bueno.  

No digo nada que no sepas, ¿verdad? 

Lo que igual no te has planteado es que en la industrialización de la educación y la crianza pasa algo parecido. Las y los profesionales basamos nuestro sueldo y nuestro poder en la segregación, es decir, en determinar, con criterios estandarizados, qué es lo que está bien y qué es lo que está mal, utilizando unos criterios valores incuestionables que imponen las instituciones o estructuras en las que trabajamos.  

Y, cuando nos salimos de allí, actuamos sin curiosidad y con miedo. Como el cervatillo que se adentra buscando brotes frescos en un pantano desconocido, sabiendo que, si se despista o relaja, puede ser devorado por los cocodrilos.  

Muchas veces pienso que, quizás, no soy más que un altavoz de los poderes establecidos. A fin de cuentas, yo no he hecho los estudios en los que baso mi trabajo, y me la han podido colar doblada. Todos sabemos que las conclusiones de la estadística son dudosas o cuestionables, y que los resultados válidos para una muestra poblacional no tienen por qué corresponderse con la realidad o necesidades de una persona, ni mucho menos de un sistema complejo, como es la familia. Pero, yo, con mi criterio profesional, me lo creo. Me creo todas las cositas que me ponen delante los libros, porque las ha escrito un profesional cuya función implícita es la segregación para mantener su poder intacto.  

Porque si algo nos coloca como profesionales es la capacidad que la sociedad nos otorga para distinguir lo bueno de lo malo, es decir, marginar la diferencia con un gesto de asco.  

Suena jodido, ¿verdad? 

Lo sé. Pero más jodido es tomar conciencia del grupo tan reducido que marca las verdades en las que basamos nuestro trabajo. La mayoría somos gente como yo, que no tiene ni idea, pero que les hace el juego como un borrego. Porque yo, estudios, lo que son estudios de la realidad, con sus notas y sus números, no he hecho ninguno. Y aquí ando, como elefante en cacharrería, atendiendo a un montón de personas sin un criterio propio, y a cambio de un sueldo.  

No olvido que lo que sé es una simplificación de la realidad que he adaptado para quedar de guay en el trabajo.  

Porque, ¿qué pasaría si me saliera de esta macrogranja o de esta industria que me hace sentir seguro? 

Es decir, si tuviera el valor y la voluntad de hacer las cosas a mi manera… 

Por de pronto, se me ocurre que me esforzaría más por crear redes de apoyo, y menos porque mis diagnósticos queden bonitos sobre el papel.  

¿Si lo hiciera a cambio de nada, sólo por gusto? 

Te aseguro que sería más sencillo en mis palabras y más cercano con los cuidados que ofrezco. Porque si me equivocara no estaría en riesgo mi sueldo ni mi prestigio.  

Sería más político en la militancia, y juzgaría menos a quien no se coloca como las estructuras desean, de su lado.   

Y quizás sea eso lo que necesitan las personas con a quienes acompañamos: una mayor implicación real, desde el corazón, sin miedo, y sin intereses espurios que nos coloquen a nosotras y nosotros, siempre, como profesionales que somos y que, por tanto, merecemos, por delante de ellas y ellos.  

No lo sé. Ojalá pudiéramos desprofesionalizarnos un poco y relajar el esfínter con lo que hacemos.  

¿Tú cómo lo ves? 

¿Crees que hay algo de cierto? 


Gorka Saitua | educacion-familiar.com 

2 comentarios en “De títulos, intereses y esfínteres apretados 

  1. elmendalerenda

    Ey Gorka, enhorabuena por el blog, no pares de escribir! Por añadir algo, estas reflexiones sobre delegar en profesionales(expertos!) aspectos que como humanos llevamos cultivando siglos también se las ha hecho, por ejemplo, el arquitecto Christopher Alexander https://es.wikipedia.org/wiki/Christopher_Alexander . Alexander ha desarrollado un lenguaje de patrones que básicamente es conocimiento tácito que hemos aprendido durante siglos, que llevamos embebido, y que hemos abandonado en favor de los expertos arquitectos que han estudiado y saben mejor que nadie como diseñar viviendas (donde no van a vivir ellos, claro). Muy interesante sus reflexiones, te recomiento su libro The Timeless Way of Building (1979)

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