El secreto de Bebé Ardilla 

[…] Recogiendo moras de unas zarzas, descubriste algo que se movía. Era un animal muy pequeño, y parecía triste e indefenso. Me llamaste, ¡Aita!, ¡Aita!, y fui a verlo. Di un respingo: ¡era un bebé ardilla! […] 

Quiero contarte una historia.  

Es algo que te pasó cuando eras muy pequeñita y apenas sabías hablar. Por eso no tienes recuerdos sobre ello.  

Un día tú y yo nos internamos en el bosque. Nuestra idea era ir por el sendero, mirando hacia las copas de los árboles porque nos habían contado que podíamos encontrar frutas deliciosas.  

Recogiendo moras de unas zarzas, descubriste algo que se movía. Era un animal muy pequeño que parecía triste e indefenso. Me llamaste, ¡Aita!, ¡Aita!, y fui a verlo. Di un respingo: ¡era un bebé ardilla! 

Estaba claro que algo le pasaba. Se movía nervioso de un lado para otro, temblaba, y miraba con angustia hacia lo más alto de las ramas.  

—¿Qué le pasa? —me preguntaste con tu lengua de trapo. 

—No lo sé —respondí—, puede ser que se haya perdido y esté sufriendo mucho porque no encuentra a su aita y su ama.  

—¡Vamos a ayudarle! —dijiste con decisión.  

Estuvimos un buen rato por la zona, buscando un nido, un hueco en los árboles, o cualquier rastro de su familia. Pero no encontramos nada.  

El bebé ardilla nos seguía con torpeza y los ojitos muy abiertos, como si supera que íbamos a ayudarle.  

Cuando empezó a caer la noche, te dije que no podíamos hacer nada por él. Que era imposible encontrar a su familia.  

—¿Qué le pasará?  

—Lo siento mucho. Probablemente se muera y sirva de alimento para los cuervos y alimañas. Así es la naturaleza —respondí, con un nudo en la garganta.  

Vi como arrigabas la frente y hacías un esfuerzo para no llorar. Tus puños se apretaron y tus piernas se cargaron de energía:  

—¡No! —gritaste, y una piedra grande se rajó por la mitad, con un estruendo.  

—Sí, cariño, debemos ir a casa. La noche cae y es peligrosa incluso para los humanos —dije, mientras tiraba de tu brazo.  

—¡¡Noooo!!  

Tiraste de mí con tantas ganas que perdí el equilibrio. Madre mía, ¿de dónde habías sacado tanta fuerza? 

«Vale, hija», pensé, entendiendo que esta misión era más importante para ti que hacerme caso.  

Llegó la noche y, con ella, el ulular de los búhos, el crepitar de las cigarras y el sonido invisible de los murciélagos. Había ruidos entre los matorrales y la oscuridad cada vez daba más miedo.  

De repente, gritaste:  

—¡Mira, aita! 

En la base de un enorme roble había un agujero. De lo más oscuro salían algunas ramitas, como si el interior del árbol tuviera pelo.  

—¡No me lo puede creer! ¡Es un nido! —grité, incrédulo.  

—¡Vamos! ¡Vamos! 

Miramos a Bebé Ardilla y su cara ya no estaba triste, sino iluminada desde dentro. ¡Buah!, era evidente que lo habíamos encontrado.  

Decidimos quedarnos a unos pasos del tronco, para no intervenir en el momento. Bebé Ardilla se acercó despacio. Creo que todavía no se podía creer que estuviera salvado.  

Una carita se asomó desde dentro. Y tras la carita vimos un cuerpecito rojizo, y una cola enorme con mucho pelo.  

—¡Ardillas! —dijiste, mientras las lágrimas te caían por la carita.  

Lo habías conseguido. Bebé Ardilla estaba a salvo, con su familia.  

La ardillita llegó corriendo. Se dieron unos lametones, y su ama le agarró para llevarle dentro.  

Vimos como Bebé Ardilla desaparecía dentro.  

—Estará bien. Vamos a casa —te dije, y asentiste con la mirada.  

Nos dimos la vuelta y empezamos a alejarnos.  

Entonces, de repente, notaste algo que mordía tu pantalón. Bajaste la mirada y lo descubriste, asombrada.  

—¡Bebé ardilla! 

Fue decirlo y Bebé Ardilla corrió de nuevo hacia su casa. En seguida salió con una flor roja en la boca. 

Dejó la flor a tus pies y esperó paciente a que la recogieras.  

—Gracias —dijiste, sosteniéndola con cuidado.

Entonces, Bebé Ardilla volvió a su casita y nos despedimos para siempre.  

Esa noche dormiste fenomenal. Y mientras estabas en la camita guardé la flor en un cajón. La olvidamos durante años allí dentro.  

Pero, ayer, al ir a limpiar, la volví a encontrar, y casi me muero del susto.  

La flor no estaba pocha ni seca, sino bonita y fresca como el día que te la dio Bebé Ardilla.  

Mírala, huélela, parece recién recogida.  

Para mí que este regalo oculta un secreto, y te corresponde a ti, y sólo a ti, desvelarlo.  


Gorka Saitua | educacion-familiar.com 

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