“Tengo que ser fuerte”: de la tristeza al enfado 

[…] —El enfado está muy bien —continué—. Nos saca de la tristeza y nos moviliza para hacer cosas. Es muy útil cuando tenemos que poner límites, exigir justicia o, en definitiva, hacer algo, pero, ¿puedes resolver de alguna manera lo que te está pasando? […] 

Levanté la mano para pedir la palabra y puse carita de perrito apaleado. Ella todavía estaba hablando.  

Me miró con un poco de rabia y dijo:  

—Dime.  

—Sé que te estoy interrumpiendo pero, ¿me dejas que diga una cosa? —pregunté.  

—Vale —sonó como un látigo en el aire.  

—Durante los últimos minutos, he visto dos actitudes muy diferentes en ti —expliqué—. Antes estabas llorando, muy afligida, hasta que te has levantado a sonarte los mocos. Al sentarte otra vez, tu forma de estar y percibir las cosas había cambiado.  

Me miró sorprendida.  

—Sí, has pasado de estar muy triste, a estar enfadada. Y me gustaría preguntarte en cuál de los dos estados crees que estás mejor.  

Se quedó un buen rato en silencio. Finalmente contestó:  

—Así, como estoy ahora —se refería al enfado.  

Reconozco que no era la respuesta que esperaba.  

—El enfado está muy bien —continué—. Nos saca de la tristeza y nos moviliza para hacer cosas. Es muy útil cuando tenemos que poner límites, exigir justicia o, en definitiva, hacer algo, pero, ¿puedes resolver de alguna manera lo que te está pasando? 

Se quedó callada.  

—No, no puedo hacer nada —dijo, y se le cambió la cara.  

—Ahí es donde quería llegar yo. En enfado te está empujando con fuerza hasta un muro sin salida. Ahora mismo, te veo como una olla a presión sin válvula. Según ibas hablando, sentía como te cargabas cada vez más, y he llegado a temer por la factura que esto podría pasarte en el tiempo.  

Se hizo un silencio que se llenó con nuestra imaginación y nuestros pensamientos.  

—Sin embargo, antes mi sensación era la opuesta —seguí—. Te sentía como un globo que está aliviando su presión interna. Según pasaba el tiempo, estabas cada vez mejor, pero ha habido algo que ha truncado el proceso, llevándote de vuelta al enfado, ¿qué ha podido ser? 

—No lo sé.  

—Déjame que te ayude. Yo creo que ha ocurrido justo cuando te has levantado del sofá y has ido al baño a sonarte la nariz. Algo te has dicho entonces, que ha conseguido cambiar tu actitud por completo.  

—Qué no puedo dejarme hundir, que debo hacer algo.  

Sentí como la presión se liberaba.  

—Y, ¿es eso verdad? 

—No lo sé.  

—Asumimos muchas premisas acerca de lo que debemos y no debemos hacer que no se corresponden con la realidad de nuestro sistema nervioso —dije—, pero podemos corregir estas tendencias. ¿Te acuerdas dónde o con quién aprendiste que no era buena idea estar triste o hundida? 

—No caigo.  

Sin embargo, dio un respingo.  

—Sea como sea, tienes que decidir dónde te gustaría que pasara más tiempo tu sistema nervioso. Aunque no podamos controlar nuestras reacciones, si podemos remar en uno u otro sentido, marcando una diferencia al final del día. Así que, ¿prefieres estar en la tristeza o el enfado? 

—Es que la tristeza duele mucho.  

—Quizás no duela más que el enfado o la desesperanza. Pero es verdad que la tristeza nos lleva a poner la atención en nosotros mismos y en lo importante, y somos más conscientes de lo mal que estamos y que debemos hacer algo con eso.  

—Hostia. Es verdad.  

—El enfado, sin embargo, nos lleva aponer la atención fuera, en los demás, para detectar las injusticias y mantenerlos a raya —continué—. Eso alivia un poco, porque nos hace olvidar que tenemos un mundo interno. Pero el dolor suele permanecer ahí, sobre todo, cuando su origen no es un agravio, sino la tristeza.  

Escuchaba con mucha atención.  

—Pero, lo peor de todo es el bloqueo, es decir, la indefensión y la desesperanza. Ahí sí que estamos mal, con el añadido de que llegamos a desconectar de la vida y no sentimos nuestro cuerpo.  

Asintió en silencio.  

—La paradoja de estas cosas es que, a menudo, el dolor no se corresponde con lo bien o mal que estamos —expliqué—. De hecho, lo curioso es que, a menudo, cuanto más duele, mejor estamos; y cuanto menos duele, peor estamos. En el verde (estado vagal ventral) nos duele mucho, pero estamos bien, liberando tensión, cuidándonos, conectados con los demás y pidiendo la ayuda que necesitamos; en el rojo (activación simpática: lucha o huida) parece que duele menos, pero sólo es una anestesia momentánea; y en el gris (vagal dorsal) apenas duele porque nos hemos desconectado, pero nos sentimos en otro planeta y alejados de la vida, así que apaga y vámonos.  

—Pues no lo hago mucho, pero creo que esta vez tengo que date la razón —reconoció—, creo que estoy mejor en el verde, llorando.  

—Entre otras cosas, porque estás transitando el duelo por el que tienes que pasar; porque has perdido algo muy valioso e importante. Déjate estar ahí, me parece a mí que en ese estado sí que estás conectada con lo que realmente importa.  


Referencias:  

DANA, D. (2019). La teoría polivagal el terapia. Cómo unirse al ritmo de la regulación. Barcelona: Eleftheria 

GONZÁLEZ, A. (2020). Lo bueno de tener un mal día. Cómo cuidar de nuestras emociones para estar mejor. Barcelona: Planeta 

PORGES, S.W. (2017) Guía de bolsillo de la teoría polivagal: el poder transformador de sentirse seguro. Barcelona: Eleftheria 


Gorka Saitua | educacion-familiar.com 

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