La parte abandonada

[…] —Creo que esa sensación la lleváis dentro ambas —intervine de nuevo—. Me refiero a la sensación de que no sois suficientemente buenas, y de que os tenéis que exigir demasiado para estar al nivel que os toca. No sé si lo sentís ahí, pero a mí me está resonando como una pelota negra, fría y enorme, que me presiona en el centro del pecho. […]

—No puedo soportar estar sola —dijo la parte abandonada.  

—Entonces, ¿por qué te escapas? —respondió la parte crítica.  

—Porque me da la gana —dijo la primera—. No quiero saber nada de ti. Eres insoportable.  

—Tú sí que eres insoportable —contestó la otra—. Me estás haciendo la vida imposible.  

—Te quejas de que te haga la vida imposible, ¿eh? Si no tienes ni idea de lo que estoy pasando.  

—Creo que ahora está conectada con su dolor —intervine yo—. Igual ahora puedes preguntarle qué es lo que le hace tanto daño.  

—¿Qué te hace tanto daño? —respondió, la parte crítica, con un tono cortante.  

Se hizo un silencio tenso. Se me aceleró el corazón, y se me quedaron fríos los pies y las manos.  

—Tu maldita mirada —dijo la parte abandonada.  

—¿Qué le pasa a mi mirada? —contestó la parte crítica, a la que se sentía más aplacada.  

—Me dice todo el rato que soy una mierda.  

—Creo que esa sensación la lleváis dentro ambas —intervine de nuevo—. Me refiero a la sensación de que no sois suficientemente buenas, y de que os tenéis que exigir demasiado para estar al nivel que os toca. No sé si lo sentís ahí, pero a mí me está resonando como una pelota negra, fría y enorme, que me presiona en el centro del pecho.  

—Puede ser —respondió la madre.  

Su hija permanecía mirando al suelo, con los brazos cruzados con fuerza.  

—¿Yo te hago sentir así, cariño? —soltó la madre, acercándose a su hija.  

—No es eso —dijo la adolescente, relajando los brazos.  

—¿Qué es, entonces? —respondió la madre, con os ojos muy atentos.  

—No quiero que me dejes —dijo la chica, desgarrándose por dentro.  

Lloraba con angustia, a trompicones, desde el estómago.  

Ella le colocó suavemente una mano en el cuello, y empezó a acariciarle por detrás del pelo.  

—A mí me pasa parecido —arrancó la madre—. Yo tampoco puedo soportar que te marches de casa. Siento que el mundo se acaba, y que he perdido lo que más quiero.


* Texto de ficción basado en la intervención sobre casos reales.


En este blog «caminamos a hombros de gigantes». La mayor parte de las ideas expuestas se basan en nuestra bibliografía de referencia.

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Autor: Gorka Saitua. Soy pedagogo y educador familiar. Trabajo desde el año 2002 en el ámbito de protección de menores de Bizkaia. Mi marco de referencia es la teoría sistémica estructural-narrativa, la teoría del apego y la neurobiología interpersonal. Para lo que quieras, puedes ponerte en contacto conmigo: educacion.familiar.blog@gmail.com

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