Falsos asintomáticos

[…] Jaimito es un ASINTOMÁTICO. Si le hubieran preguntado, diría que está bien. Que tiene cosas que atender. Que no seas exagerada, que no pasa nada. […]

Suena por megafonía la canción de moda: «Usen mascarilla y mantengan 2 metros de distancia de seguridad».

Es hora punta, y la frecuencia del metro no ha variado.

—Buff —resopla Jaimito.

Cuando se abren las puertas, no cabe una mosca.

Qué chungo.

Se dice a sí mismo que para dentro. Que no puede llegar tarde. Que el trabajo y la puntualidad son valores incuestionables. Que no se puede permitir que su jefe le regañe por llegar tarde.

Entra, empujando a las personas que están delante.

Siente una punzada en el estómago, la piel de la cara fría, sus músculos casi se bloquean y se le pone visión de túnel.

«No pasa nada. No hay tantos casos. A mí no me va a pasar nada.»

Mientras lucha por agarrarse a una barra, se lamenta de no haber madrugado para evitar la muchedumbre. Mañana lo hará diferente, o no, yo qué sé, que esos cabrones no se merecen ni un minuto más de mi tiempo.

Que les jodan.

«Seguro que lo he pasado ya. Mira la tos que tuve en enero. Yo no me voy a poner enfermo.»

10 días después, está de bajón.

No puede con su vida.

«Sólo es una mala racha, mecagoentodoloquesemenea. Venga, no seas perezoso —se dice—, que estás de puta madre.»

Durante el desayuno, tose bastante.

«Otra vez la sugestión. Estoy hasta el miembro de los medios de comunicación, que sólo meten miedo. Sólo hay que hacer un esfuerzo, que estoy bien, y no quiero que me riñan por llegar tarde».

Eso es, tú, por encima de otras cosas, sé un niño bueno.

Así es como Jaimito regresa al mismo vagón del metro. Y se encuentra con las mismas personas. Esa chica colombiana que fijo que “va a limpiar una casa”, la joven atractiva que parece una secretaria, el señor mayor bien vestido que parece que trabajara en un banco… Y otras muchas personas, a quienes tampoco conoce y que, por tanto, le importan una mierda.

Tose un par de veces y la gente le mira mal. Pero, al salir, borra sus expresiones angustiadas.

Jaimito es un ASINTOMÁTICO.

Si le hubieran preguntado, diría que está bien. Que tiene cosas que atender. Que no seas exagerada, que no pasa nada.

Hace un par de días, me topé con una reflexión de Violeta CE (https://www.facebook.com/alasmadrigueras) en este sentido. Se preguntaba si muchos asintomáticos realmente lo eran.

Porque, lo que sí sabemos, es que convivimos con muchas personas desconectadas de su cuerpo. Que, para sobrevivir, o hacerse cargo de la realidad, funcionan como una mente disociada de la propiocepción, esto es, las sensaciones que les devuelve su cuerpo.

Que cuando empiezan a sentirse flojos, por ejemplo, activan la rabia, como una huida hacia delante y una forma de sacar energía de la nada. Que ni siquiera son capaces de dedicar un tiempo a sentirse, y preguntarse qué tipo de trato necesitan. Ni mucho menos de darse el cuidado que merecen.

Esta condición depende, básicamente, de un par de cosas: del trato recibido, y de los valores del contexto en el que todas y todos inmersos.

Se aprende a no sentir.

Puede ser porque no disfrutamos de cuidadores o cuidadoras suficientemente sensibles, o porque nuestro sufrimiento los desbordara, decidiendo aislarnos.

Porque ellos también eran niñas o niños heridos, que se regulaban como el culo.

O porque jamás nadie les acompañó bien para prestar atención a la información que les devuelve su cuerpo.

O por mil razones.

Algunas, tuvieron que enfrentar tiempos difíciles, y priorizar dar alimento a su familia, reduciéndose a fuerza de trabajo.

Otros, vivieron en una cultura machista, que los preparaba para la competitividad, la agresividad y la guerra, perdiendo toda sensibilidad por el camino.

La mayor parte nos educó así, pensando que si controlábamos e ignorábamos lo que sentíamos, estaríamos mejor. Seríamos más eficientes en la vida.

Jaimito, además, vive en una cultura capitalista, que prioriza SIEMPRE los beneficios y nuestro desempeño como mera fuerza de trabajo, sobre los cuidados.

¿Cuidados? Eso es cosa de débiles y perdedores. Tú, ponte las pilas.

Donde el valor de una persona está determinado por sus logros profesionales, o el sueldo a fin de mes. Y con esa vara siempre nos han medido.

Cuando era pequeñito, los profesores, que eran sus referentes, sólo atendieron a sus destrezas en el aprendizaje. Aprendió que la información es sólo una deglución molesta que sirve para vomitar en un examen, demostrando, así, que es mejor que otros.

Sabe que sí, pero NO SIENTE que la información sirva para nada. NO CONFÍA en que pueda hacer algo con ella.

Está indefenso e impotente ante la pandemia.

Y no puede regular el miedo que tanto le hace sufrir, así que lo aparta en una cajita, lejos de su conciencia.

Pero el miedo sigue ahí, afectando al cuerpo. Intentando salir para prevenirle de que sufre un riesgo.

Y es justo esa activación constante, la que va minando su sistema inmunológico. Porque, cuando nos protegemos, todos los recursos se enfocan a la lucha o la huida. La lucha contra las infecciones pasa a un segundo plano.

No sé qué tal le irá a Jaimito.

No sé qué dará en la PCR, si enfermará, o se morirá por el camino.

Pero creo que es justo y legítimo preguntarnos cuántas vidas se hubieran salvado si pudiésemos apostar decididamente por los cuidados.


Referencias:

PORGES, S.W. (2017) Guía de bolsillo de la teoría polivagal: el poder transformador de sentirse seguro. Barcelona: Eleftheria

SIEGUEL, D. (2012). El cerebro del niño.  Barcelona: Alba Editorial

VAN DER KOLK. B, (2015). El cuerpo lleva la cuenta. Eleftheria: Barcelona

WALLIN, D. (2012). El apego en psicoterapia. Bilbao: Descleé de Brouwer

En este blog «caminamos a hombros de gigantes». La mayor parte de las ideas expuestas se basan en nuestra bibliografía de referencia.

Gorka Saitua

Autor: Gorka Saitua. Soy pedagogo y educador familiar. Trabajo desde el año 2002 en el ámbito de protección de menores de Bizkaia. Mi marco de referencia es la teoría sistémica estructural-narrativa, la teoría del apego y la neurobiología interpersonal. Para lo que quieras, ponte en contacto conmigo: educacion.familiar.blog@gmail.com

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