La maldición (cuento TLP)

Está diagnosticada de #TrastornoLímiteDeLaPersonalidad. Hoy le he escrito un cuento. He pedido a su familia que encuentren “entre líneas” las claves que le pueden ayudar. Yo digo que les ha encantado ¿dónde nos llevará? 

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A dos millones de años luz de la tierra existía un planeta singular, poblado por una civilización extraterrestre. Los Permeos.

Era un pueblo que vivía en paz. Se alimentaban de frutas y verduras que recogían paseando apaciblemente. Se querían. Se tranquilizaban los unos a los otros. Se cuidaban.

Un día Lilibeth —una Permea especialmente sensible— encontró una curiosa piedra en la arena. Su apariencia le maravilló. Parecía una concha en espiral, con formaciones que cambiaban de aspecto según les alcanzase la luz ¿qué será esto?

Le llamó tanto la atención que decidió llevársela a casa. Esperaba enseñársela a su familia y amigos, y presumir de su descubrimiento.

Durante el trayecto notó un fuerte olor a azufre, pero no le dio importancia. Al llegar a casa buscó en su zurrón. La piedra había desaparecido. No había agujeros por los que se hubiese podido caer. Lo comprobó. La bolsa estaba bien cerrada. Incomprensible.

De repente ¡Pum! un ruido fuerte. Como si el techo se hubiese venido abajo. Miró hacia atrás y se encontró una figura humana. Llevaba una espesa barba, un enorme sombrero y un traje y una capa negros. Daba miedo. El color de sus ojos estaba invertido. El globo ocular era negro, y la pupila blanca como la nieve. Le dio un vuelco el corazón.

—¿Quién eres? —balbuceó Lilibeth.

—Soy el Adivino de la Piedra Sagrada. El que ve más allá. El que no puede mentir —dijo la sombra.

—¿Y qué quieres de mí? —la joven se temía lo peor.

—He venido para avisarte —no movía los labios para hablar.

—¿Avisarme? ¿De qué? —el terror le hacía sudar.

—Un peligro enorme se cierne sobre ti y sobre tu pueblo. Algo horrible que no se puede contar. Sólo puedo decirte que empezará con un leve sufrimiento. Que luego irá a más. Y a más. Y a más. Hasta aniquilar todo lo que quieres. Terror, pánico, muerte y destrucción. Hasta llegar a ello. A lo que no se puede nombrar —era como si su voz hubiera estado sepultada en hielo— Lo que no se puede imaginar —concluyó.

—Pero…

¡Zaaas! Con el ruido sintió un gran empujón. Cayó y golpeó la espalda contra un armario. Cuando abrió los ojos la figura había desaparecido. Se sorprendió al encontrar entre sus piernas el fósil ¿cómo había llegado hasta allí?

Se levantó.

Vaya. Qué agobio. Esto es muy malo. Muy malo. Tengo que contárselo a los demás. Entre todos sabremos qué hacer. Hay que actuar —sudaba mucho, aunque era invierno.

La asamblea estaba dirigida por 3 sabios. Al escuchar el relato de Lilibeth les cambió la cara. La maldición de Aramanoth —dijeron—. El sufrimiento que envenena la sangre y extermina a los pueblos. Hay que frenarlo como sea. Todos nos debemos esforzar. Trabajar en ello. No dejéis crecer el malestar, o nos aniquilará.

Muy asustada, Lilibeth no podía olvidar las palabras del mago ni de los sabios. Se sentía responsable de lo que había pasado, porque era la protagonista principal. Así que hizo lo más inteligente. Recurrió a su madre para que la calmase. Para encontrarse mejor. Le quería mucho y confiaba en que sabría qué hacer.

—Mamá. Necesito tu ayuda. Estoy preocupada por todo lo que ha pasado, y necesito que me ayudes a encontrarme mejor —dijo con ternura.

—No pasa nada. Estate tranquila. No es nada —no era la repuesta que esperaba. Lilibeth sólo quería sentirse acogida y comprendida, nada más.

—Estoy bien —replicó.

—Mira, vete a casa, respira, tómate un baño, relájate. Date un paseo, vete a recoger fresas ¿te gustan mucho las fresas ¿verdad? —según hablaba se ponía más nerviosa, y eso le llevaba a hablar más rápido; se atropellaba a sí misma— sube al monte, haz ejercicio, duerme bien —seguía y seguía; imposible de parar.

Según le escuchaba cada vez se sentía peor. En su pecho empezó a crecer una bola de angustia. Cada vez que su madre hablaba, se hacía más grande. Recordó las palabras del mago. Seguro que es eso. El sufrimiento que crece. Qué miedo ¡qué horror!

Salió corriendo de la casa.

—Ya ha empezado. La profecía se va a cumplir —resonaba en su cabeza.

De camino se encontró con su padre. Llegó hasta él agitada.

—¡Papá! ¡Papáaa!

—¿Qué te pasa, hija?

—Tengo una angustia en el pecho. Y cada vez me siento peor.

—¡No fastidies! —era evidente que había recordado lo hablado en la reunión. Se preocupó.

—Sí Papá, ayúdame. Por favor… —se le saltaban las lágrimas.

—A ver ¡Para! ¡Paraaa! ¿Estás loca? ¡Para, por favor, que nos vas a matar!

—No puedo —su voz era desgarradora— No puedo ¡estoy maldita! No puedo, papá.

—¡Tienes que parar! Recuerda lo que dijo el mago. Si tu sufrimiento crece te vas a hacer daño, y nos vas a hacer daño a los demás —su preocupación parecía rabia— ¡Para! ¡¡Por el amor de Dios!!

Salió corriendo. Corrió una, dos horas, hasta desfallecer. Su padre nunca le había tratado así ¿Le estaría afectando también la maldición? Le quería muchísimo. No podía soportar su enfado, ni sentirse lejos de él. Le desgarraba el alma.

No sabía qué hacer. Así que fue a casa del sabio. Ergomether tendría la solución.

Llegó, le saludó. Le contó lo ocurrido. El anciano la escuchó atentamente. Se veía que comprendía lo que pasaba.

Por fin —pensó— me va a dar la solución.

—Tres Bayas de Nughita por la mañana, tres por las tardes, y tres por la noche —sentenció.

—¿Y con esto se parará? —preguntó.

—Es lo que dicen los grandes ancestros. Los que nunca se equivocan —respondió con gran autoridad.

Lilibeth se esforzó en seguir el tratamiento. Pero las Bayas de Nughita eran difíciles de encontrar. Crecían en los aleros de los tajados del pueblo. Y para recogerlas tenía que coger una escalera muy grande, colocarla en la pared de las casas y trepar.

La gente del pueblo empezó a mirarla diferente. Siempre con su escalera a cuestas. Trepando por las paredes ¿Qué estaba haciendo? ¿Espiaba a los vecinos? ¿Les quería robar?

Pronto empezaron tratarla con suspicacia, y hostilidad. Algunos le ponían motes. Otros le miraban mal. Sus amigas dejaron de acompañarle, de compartir buenos momentos. Y sin ellas, llegó un profundo sentimiento de soledad.

La situación llegó a ser insoportable. Lilibeth se sentía responsable y culpable por no poder controlar su malestar. Se veía a sí misma como una bomba a punto de explotar. Y si algo le hacía sentir peor, era la idea de hacer daño a los demás.

Ya está. Dejaré de tomar las bayas. Así me volverán a tratar normal. Cualquier cosa para proteger a mi pueblo. Les quiero y haré lo posible para que se estén seguros.

Ese día salió sin su escalera. Respiró el aire limpio. Se sentía liberada. Bien. Decidió darse un capricho y comprar un pastel de remolacha. Al entrar en el local, la tendera se alarmó ¿Qué haces loca, que no llevas la escalera? ¿Has dejado de tomar las bayas? ¡Qué irresponsable! ¡Vete de aquí!

Al salir se encontró rodeada de un grupo muy numeroso. Unos le reprochaban que estaba dejándose llevar por la maldición. Otros le preguntaban por qué había dejado de tomar las bayas. Otros le decían que estaba haciendo daño a sus padres, que eran personas de bien. Todos le reprochaban que estaba poniendo en riesgo a toda la comunidad. Muchos murmuraban entre ellos, y la miraban por encima del hombro. Superioridad y desprecio. Y mientras tanto, la angustia de su pecho crecía… y ella no sabía cómo frenarla ¿Otra vez? ¡¡No!!

Se abrió camino a empujones entre la multitud. Corrió, se encontró con su madre. Ya está, cálmate, que no es nada. Vete a casa, tranquilízate, sube, baja, vuela… Cada vez más angustia, y más culpa por hacerlo mal. Para mamá. Quiero que vuelvas a ser como antes. No me digas que no pasa nada, no me digas lo que tengo que hacer. Necesito verte bien. Pero su madre no respondía, estaba tan preocupada por la maldición que afectaba a su hija que no podía escuchar ni comprender ¡Paraaaaaaa! ¡No me hagas esto, por favor! ¡¡Mamáaa!!

El portazo dejó a su madre llorando de impotencia en el suelo. Su padre llegó sobresaltado, porque había escuchado gritos. Y se encontró a su hija gritando, y a su mujer llorando en el suelo.

—¡¿Qué has hecho?! —dijo con frialdad y firmeza.

—Nada… —laa ngustia seguía creciendo— Nada, papá…

—¿Qué pasa que no puedes calmarte? ¿No te das cuenta de que nos expones a todos? ¡Tienes que parar! Mira a tu hermano —le señaló— aprende de él, que se sabe controlar.

Entonces el dolor explotó dentro de ella. Fue como si se apagase la luz en el mundo entero. Como si volviese al momento justo antes de nacer. Sabía que gritaba, que rompía cosas, que golpeaba y que hacía daño a los demás. Pero no escuchaba sus gritos. No le dolían las heridas. Y no sentía el miedo y la desesperación que provocaba en los demás.

3 días después el planeta entero era un solar arrasado. Escombros y cenizas. Ni rastro de vida. Por el horizonte se acercaban unas naves con el aspecto de un buque fantasma entre el humo y la desolación.

—Las palabras son más fuertes que las armas. Ni un solo disparo y hemos vencido a toda una civilización —Las pupilas blancas brillaban como el hielo.

Educación_Familiar_Caos


Gorka SaituaAutor: Gorka Saitua. Soy Pedagogo. He trabajado desde el año 2002 en el ámbito de protección de menores de Bizkaia, en la Asociación Bizgarri – Bizgarri Elkartea. En 2016 comencé con el proyecto educacion-familiar.com que me apasiona. Para lo que quieras, ponte en contacto conmigo: educacion.familiar.blog@gmail.com

Este artículo pertenece al blog www.educacion-familiar.com, antes www.indartzen.com. Si quieres saber más sobre nosotros echa un vistazo a quiénes somos y síguenos en nuestras redes sociales Facebook y Twitter, somos @educfamilia.

 

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