[…] Porque cuando tú fallas, te equivocas o la cagas, también abres las puertas a un fenómeno clave: la redistribución de la agencia y la dignidad. […]
No es una exageración.
Cada vez que fallas pueden ocurrir maravillas muy difíciles de ver porque nuestro sistema nervioso y nuestro estado de conciencia lo impiden.
Por eso vengo yo, tu pedagogo de cabecera, para contarte esta historia que solemos ignorar. Y es lógico que la ignoremos porque vivimos en un contexto que ensalza la figura de los padres infalibles como el único arquetipo que podemos encarnar.
Solo hay que ver el tono con el que se suelen dar determinados consejos en Instagram. El apoyo profesional se vende con la promesa implícita de ayudarte a conseguir «hacer las cosas bien» para que tú puedas asemejarte lo máximo posible a ese ideal.
¿Tendrá algo que ver con que estamos en una sociedad culturalmente monoteísta? Da igual si crees en Dios o no, hemos heredado de la religión una cosmovisión y una moral que hemos normalizado, como los peces que no se percatan de estar en el agua.
Pero volvamos a la pregunta de partida: ¿qué ganan nuestras hijas y nuestros hijos cuando nos ven fallar sistemáticamente? No me refiero a que un día la cagues, sino a que te vean recurrentemente fallar.
No todo el mundo se formula esta pregunta, pero me atrevo a decir que tiene una importancia capital.
Llegados a este punto, seguramente muchas y muchos de vosotros estaréis pensando que ahora os voy a hablar de la importancia de la reparación. De que las niñas y los niños necesitan esos momentos en los que sus madres y sus padres se percatan de que la relación ha sufrido y se esfuerzan por cuidar el vínculo.
Esto es importante, sin duda, pero a mí me gustaría mirar el fenómeno del fallo materno y paterno desde otro lugar.
Porque cuando tú fallas, te equivocas o la cagas, también abres las puertas a un fenómeno clave: la redistribución de la agencia y la dignidad.
¿Intuyes a qué me refiero?
Piensa en un momento en el que tu hija o tu hijo te ha visto hacer las cosas mal o, más en concreto, fallar respecto a algo importante para él. Deja un ratito ahí la atención.
Casi podríamos dar por hecho que haya pensado algo parecido a «mi padre es gilipollas», con los matices de su lenguaje interior.
No nos gusta nada estar en esa posición en la que alguien a quien queremos tanto nos atribuye estupidez o maldad, pero es precisamente gracias a esta atribución descarnada como ellas y ellos nos bajan del pedestal. Y nos pueden mirar cara a cara, a la misma altura, o incluso un poco por encima, con paternalismo o desprecio.
Sí, pica. Cura.
Se rompe el techo de cristal. Dejamos de ser la representación de lo que es deseable y el objetivo al que deben aspirar.
Ese momento puede ser doloroso para el adulto que hasta entonces ha ocupado ese lugar, pero también es el momento en el que nuestras pequeñas y nuestros pequeños pueden sentir que, incluso en comparación con sus progenitores, pueden gozar de máxima dignidad.
«Soy mejor que la pedorra de mi madre, ¡toma ya!».
Y fíjate que esto no solo es un chute de orgullo y dopamina, sino que también abre las puertas a funcionar de otras maneras dentro del contexto familiar.
«Si soy mejor que mi padre, tengo la posibilidad de hacer las cosas de manera diferente, basándome en mi propio criterio, mi propia intuición u otros referentes que elija y que no me hayan sido impuestos por el lugar donde me tocó nacer».
Toma, moreno.
Pero esto no acaba aquí. Podemos penetrar en otra capa que todavía es más difícil de ver.
Muchos problemas que aquejan a las familias no tienen tanto que ver con las decisiones que se toman ni con lo que se comunica a nivel verbal o no verbal, sino con los «personajes» que se encarnan y con cómo estos restringen la conciencia o los recursos disponibles para enfrentar los problemas o gestionar el sufrimiento.
El problema no es tanto que el padre se enfade y gestione mal la disciplina, sino que no puede salir del arquetipo del guerrero, porque desde ahí solo puede confiar en la lucha y en la victoria como forma de gestionar esa realidad.
El problema no es tanto que la madre cuide —y permitidme que conscientemente me pliegue a los mandatos de género—, sino que, al confiar solo en que a través de los cuidados su hijo puede estar mejor, le está colocando en un rol pasivo que este no quiere aceptar.
El problema no es lo que hacemos, sino quiénes somos cuando hacemos lo que hemos decidido hacer.
El fallo materno o paterno, la pequeña cagada o la gran cagada, tienen un potencial asombroso para sacarnos de estas dinámicas circulares o ciclos de retroalimentación en los que dos personajes quedan fijados. En los ejemplos que hemos puesto, podría ser el guerrero con el guerrero, o la nodriza con el bebé que rehúye la teta. Son oportunidades excelentes para recuperar el movimiento y la frescura familiar, pasos previos ambos para encontrar otro equilibrio más satisfactorio para todos.
A mí me cuesta mucho pensar en padres perfectos, en madres perfectas, que no hayan quedado atrapados y atrapadas en un determinado arquetipo, en una determinada parte de su persona o en un determinado rol. Y esto es sumamente peligroso en cualquier dinámica familiar, entre otras cosas porque todos los personajes que nos componen colocan a nuestros hijos en una posición que pueden aceptar o rechazar.
El guerrero y el enemigo.
El volcán que arrasa y la civilización arrasada.
La nodriza y el bebé.
El maestro y el alumno.
El héroe que se sacrifica y el desagradecido.
La protectora del orden y el chivo expiatorio.
La calmada y el nervioso.
El profundo y el superficial.
Siempre que encarnamos un arquetipo dejamos al otro como un personaje secundario en nuestra historia que podría resultarle desagradable o incompatible con lo que él necesita al ser protagonista de su propia realidad.
No hay nada de malo en encarnar estos personajes. El problema es cuando se vuelven rígidos y, al volverse rígidos, rigidifican también la dinámica familiar.
Y aquí es donde llega el fallo, para romper con esta rigidez familiar, para permitir no solo otras alternativas, sino también un cambio en los roles, un meneo en las relaciones de poder.
Este movimiento no es en sí mismo ni bueno ni malo, aunque suele ser desagradable. Nos puede llevar a un lugar mejor o a un lugar peor. No se sabe. Pero suele ser uno de los primeros pasos para salir del atasco en el que se está y para recuperar ciertas cotas de autonomía que antes del error materno o paterno parecían imposibles.
Por eso es tan importante fallar. Ser un puñetero desastre. Pero no de manera fingida ni estratégica, sino honestamente y de verdad.
Qué movida.
¿Qué te lleva a pensar?
Gorka Saitua | educacion-familiar.com
