Educación performativa (II)

[…] A veces, hay que abrazar al diablo y llevarlo con mimos y besitos a un tablero donde no dicte él las malditas normas. […]

Llamaré educación performativa a aquella que tiene por objetivo NO MODELAR a las infancia en base a un prototipo de excelencia, sino EXPLORAR con cuidado y curiosidad las partes que, aunque no se amolden a lo que supuestamente es bueno o la sociedad espera —o generen incomodidad y sufrimiento—, también pueden aportar algo a la persona o al grupo. Se trata de nombrar, poner en valor, normalizar y experimentar sin cortapisas lo que las fuerzas morales empujan por relegar a la sombra.

Se trata de entender que, en momentos en los que, bien la vida, bien otras personas, nos obligan a conectar con la vulnerabilidad extrema, es prácticamente imposible decidir mediante la razón. No nos cabe otra que comportamos como mamíferos en peligro, asustados. Desde ahí, desde este reconocimiento de la mísera condición humana, es más fácil que aflore la ternura como cierto acercamiento afectuoso hacia el ser humano —nosotras, nosotros u otras personas— en apuros. 

Eso es. Dejar de juzgar al otro desde un privilegio de seguridad en demasiadas ocasiones asociado a unas condiciones materiales, económicas, de salud, de género, históricas o relacionales que nos permiten sentirnos en presencia de un refugio o una base segura. 

Es entender, por ejemplo, que en el robo y en el desprecio de las víctimas del mismo puede haber mucha dignidad y anhelo de cuidados. Como esa señora de una minoría que tiene que despreciar a las personas mejor situadas económicamente y deshumanizarlas, para poder perpetrar el robo que alimente o permita llevar ropa digna a su hija. Es muy fácil decir que ese mismo acto se pudiera evitar o, en caso de realizarse, hacerse sin desprecio ni violencia, pero, co*o, la naturaleza humana no funciona así: una persona que hace daño y se hace cargo del mismo, no puede sobrevivir con determinadas cotas de disonancia cognitiva. 

Y ahora habrá alguno que diga, host*a, Gorka, estás justificando la violencia. No, no, y no. Sólo estoy siendo realista, entre otras cosas para que si metemos mano al asunto, lo hagamos con criterio de realidad, y no sobrevolando como ángeles impolutos una barriada llena de mier*a. 

A veces, hay que abrazar al diablo y llevarlo con mimos y besitos a un tablero donde no dicte él las malditas normas. 

Lo dije el otro día: hay algo muy peligroso en esto de tratar de que las infancias se vayan acercando, con nuestro esfuerzo o el suyo, hacia el ideal de la niña o el niño bueno, que no molesta, que se expresa con asertividad, que saca buenas notas, y que en situaciones de conflicto actúa desde la cabeza. Luego nos extrañamos de que hombres supuestamente normales, con un buen sueldo, trabajo de 8 a 15 horas, y olor a colonia cara, se vayan sistemáticamente de p*tas. A vi0lar mujeres en situación de pobreza. Porque no nos estamos dando cuenta de que, lo que negamos de nosotras o nosotros mismos, tratará de recuperar el equilibrio, saliendo de diferentes maneras y con suma fuerza. 

Pan persiguiendo a las ninfas. 

No quiero decir con ello que haya que dejar a las niñas o niños hacer cualquier cosa. Claro que no. Y menos a los adultos con poder. Esos sí que pueden destruir con sus perversiones a otras y otros más frágiles. La infancia requiere normas y límites no sólo para habitar la sociedad, sino también para poder ordenar su vida en torno al deseo. Permitirles hacer lo que les venga en gana es igualmente dañino para su desarrollo, y para las personas con quienes tengan que relacionarse en el futuro. 

Pero cuidado, porque eso de límites sí o no, es una falsa dicotomía. Aquí no estamos hablando de eso, sino de cómo se posiciona el mundo adulto a priori frente a las actitudes humanas que, sin duda, pueden generar y generan sufrimiento a la persona y a los otros. Porque la apuesta del sistema educativo tradicional, y de la crianza que se pregona a través de influencers está clara: lo prioritario es, por un lado, preservar la inocencia de las niñas y los niños —qué asco—, y por otro, enseñarles a través de cuentos, sermones o el modelaje, cómo es un ser humano respetable, para que se esfuercen y aspiren a ello. Vomito. 

Hemos creado “contextos infantiles” que recrean un mundo paradisíaco, una pradera llena de flores, por lo que cuando a uno le da por volcar una mesa, tener un ataque de ansiedad, o sentirse derrotado por la vida, le imponemos terapia o sanciones. Es como si les dijésemos algo así como “tú no puedes estar mal en esta vida de perlitas, tan maravillosa”. A ver quien comunica en este escenario, que hay 5 gilip*llas que se están riendo de él o atemorizándole en el patio. 

Parece que no nos damos cuenta de que, al negar las respuestas naturales al sufrimiento (asustarnos, negarlas, castigarlas, petologizarlas, etc.), estamos negando la existencia del propio sufrimiento. En sí mismo. Es como si sintiéramos el terremoto y nos acoj*násemos tanto, que tratásemos de contener con ingeniería las tierras, sin evacuar la ciudad construida en la falda de un volcán en activo. 

Así de estúpidos somos para sostener la ilusión de que lo estamos haciendo bien, porque damos buen ejemplo, y nuestras hijas e hijos vivien en un entorno sin peligros. Pues no, ellas y ellos, como nosotros, habitan un campo de minas, entre depredadoras y depredadores humanos, sometidos a cotas de competencia brutales, y bajo un millón de estímulos que atacan a su desarrollo y su individualidad mercadear con su atención o venderles productos. 

Y es normal que, como nosotras y nosotros, estén jodidos. 

Pero, oye, si el niño te viene con “un carácter fuerte”, descuida, que ya te vendo yo mi curso. 

Y aquí me quiero parar un momento. Hay un mercadeo que lo flipas entre gente como yo, a costa de patologizar la la infancia, y situarse como “expertos” en determinados temas. Es muy evidente y sumamente sucio. Porque, siendo verdad que las niñas y los niños vienen al mundo con características diferenciales, todas ellas reportan posibilidades junto a la amenaza de que, si se encuentran solas en la que sea que sea su misión, la van a liar de lo lindo. Así que no, el problema no es que tu hija o hijo “sea” o “actúe” de una determinada manera, sino que no disponga aquí y ahora de otras maneras de enfrentar cualquiera que sea su sufrimiento. 

Y de eso, justo, se trata eso de la “educación performativa”. De que niñas, niños, adolescentes y por qué no, personas adultas, podamos disfrutar de un repertorio amplio de formas de estar frente a los problemas. No en hacer las cosas como se deben hacer, sino de disponer de más —y no necesariamente mejores— recursos. Para que, cuando llegue el momento, y como no puede ser de otra forma, haga lo que pueda, revuelto, jodido, p*teando a los demás, como salga, pero no me quede atrapada o atrapado en un sólo modelo de respuesta. 

Pero, para eso, hace falta una mirada apreciativa a todas las partes que nos componen, cuadren o no con la mirada predominante monoteísta. 

Tú, hija mía, también vas a ser —y lo habrás sido ya—, en algún momento de la vida, como lo he sido yo, el lobo que se merienda a la abuelita. Y no hay vergüenza en ello, tan sólo una naturaleza y una condición humana que, al verlas en mí desde mi propia vulnerabilidad, también me generan cercanía, aprecio y ternura. 

Para seguir explorando: 

Hillman, J. (2007). Pan y la pesadilla. Atalanta.

Jung, C. G. (2009). Arquetipos e inconsciente colectivo. Paidós.

López-Pedraza, R. (2006). Dionisos en exilio: Sobre la represión de la emoción y el cuerpo. Festina Lente.

Gorka Saitua | educacion-familiar.com

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