[…] Bajo ciertas circunstancias y afectados por algunos procesos del desarrollo, nuestra mente prioriza estilos perceptivos más o menos cerrados. […]
Va a ser un poco verdad eso de que “atraes lo que necesitas” o, también, que “el universo conspira a favor de tu desarrollo personal”.
Ya está. Ya está. Gorka se ha fumado unas flores raras, se ha comido unos monguis (Psilocybe semilanceata), o ha sido captado por una secta. Ya lo sabía yo: era cuestión de tiempo que se fuera directo a la mrda.
A ver, yo me explico y luego tú piensas lo que te dé la gana. A favor o en contra. Que yo no quiero tener la razón en nada.
Hay etapas en la vida que están dominadas por determinados estados de la conciencia. Eso no quiere decir que sólo estemos situados bajo el influjo de una determinada fuerza perceptiva o instintiva. Eso es prácticamente imposible. Pero sí parece más o menos cierto que, bajo ciertas circunstancias y afectados por algunos procesos del desarrollo, nuestra mente prioriza estilos perceptivos más o menos cerrados.
Piensa, por ejemplo, en algo de lo que ya hemos hablado previamente: en cómo durante la adolescencia una o uno necesita iniciarse en el “viaje del héroe” para diferenciarse de los suyos y adquirir cierto sentido de competencia y valía, más allá de las restricciones que, queriéndolo o sin querer, le impone su familia. Son procesos en los que uno necesita “dragones” a los que vencer, por los que su estilo interpretativo —basado en el arquetipo del héroe, Heracles— es especialmente sensible para captar o construir esta modalidad de experiencia.
Vamos, que en ese momento de la vida, en el que aparecen y enraízan los pelos en los genitales, uno está especialmente motivado para ver dragones, princesas y magos, donde otros ven otras formas de experiencia. No porque altere la realidad o su mente funcione mal, sino porque los arquetipos que nos poseen, nos obligan a captar y modelar según nuestras necesidades vitales ciertos aspectos de la experiencia.
Corrijo un poco lo que he dicho al principio, porque no es tanto que atraigamos nada o que el universo se configure a nuestro favor, como que construimos el mundo en torno a las necesidades vitales que se sitúan como prioridad en cada momento. Se vive como que el mundo nos coloca frente a los retos que necesitamos en la pta. vida, pero es más bien que hacemos del mundo y de sus avatares, algo significativo en la historia en la que creemos en cada momento.
Lo que es válido para el héroe, es igualmente válido para el rapto del amor. Piensa, por ejemplo, en una chica o un chico que inicia una relación pasional e intensa con su primera relación romántica. Con la intensidad que ésta implica. Puede que sus padres lo vivan como un rapto, como una negación de lo que era hasta ese momento, sintiendo una gran angustia ante la sexualidad de su pequeña o su pequeño, placeres, embarazos, enfermedades, o por lo que pueda descubrir en esa intimidad a la que nunca han tenido acceso, ni de la que deberían saber nada los adultos de su familia. Parece bastante evidente que esa chavala o ese chaval —me estoy imaginando a adolescentes en torno a los 15 años, pero esto puede pasar en cualquier momento de la vida—, van a tener una especial sensibilidad a cuestiones que a un viejuno como yo, con una relación estable, más o menos da por hechas y se la pelan: el contacto con la piel, el hecho de compartir la vulnerabilidad, explorar los placeres del sexo, o ilusionarse con un proyecto que, desde esa perspectiva, tiene posibilidades infinitas. No son cosas neutras, ni meramente estimulantes o placenteras. Tienen el componente iniciático que pueden transformar la personalidad o condicionar toda una vida.
¿Significa eso que el mundo coloque frente a la persona las experiencias que necesita para evolucionar en su vida?
Pues sí y no. Porque las experiencias están ahí, pero es la persona quien las inviste en relación a las necesidades que son prioritarias para ella en esos momentos.
Y si tú estás en plan Perséfone, que te tienes que desprender de tu inocencia, y de tu madre sufriente, para convertirte en la reina de los muertos (lo profundo), es normal que te vuelvas un poco gotiquilla —metalero si eres varón, jeje— y que eso te ayude a ampliar tu experiencia.
Ahora bien… cuando una o uno está regido por un arquetipo, una conjunción de planetas, una determinada parte, o como quieras llamar a este fenómeno que implica una fijación o enganchada en determinado estado de conciencia, sólo suelen percibirse dos salidas.
Y cuidado con lo que voy a decir, porque soy más que consciente de que ahora puedo meter la pata. Es lo que tiene fumarse la hierba que no es de tu camello de confianza: uno sabe que se va a colocar, pero no por dónde le va a salir el tiro.
Porque esos arquetipos que nos impregnan pueden cumplir su función o encontrarse con la frustración más jdida. Si el héroe mata al dragón, libera a la bella princesa, y es reconocido por su pueblo y por los suyos en su flamante identidad, ya está, a otra cosa y con otra mirada hacia la realidad, mariposa. Pero puede que Heracles fracase, se vaya a la mierda, y no pueda ser nunca, jamás, el héroe de su leyenda. Porque la vida, a veces, es muy jodida, y nos hace perder el arco con el que lanzábamos las flechas envenenadas con la sangre de la Hidra de Lerna. O nos falla la Égida en el momento menos oportuno. Low Battery, y a tomar por clo.
Y eso vale para la misión o función de lo que sea que nos domina en cada momento de la vida. A veces, no se puede. Lo que creemos ser no vale. O el mundo es, sencillamente, demasiado fuerte o crudo.
Esta frustración que nos impone el principio de realidad, abre un par de opciones. Pero, para ello, hay que aceptar que se puede no poder. Que uno no puede. La primera es persistir, formarse, y trabajar seriamente para disponer de más y mejores recursos para iniciar en el futuro, esa misma embarcada. Y eso está bien. Pero también está igual bien —si no se puede y todo apunta a que no se vaya a poder— aceptar que no es posible. Y renunciar a esa parte de la vida.
Esto, lo segundo, es muy fuerte. Es una hstia del Karma que lo flipas. Porque, cuando uno está principalmente dominado por determinada función psíquica, y esa fracasa —sintiéndose que el fracaso es para siempre— uno puede sentir que colapsa toda la identidad. Que ya no puede seguir siendo la o el que era. Que ya no es posible preservar un deseo asociado a esa “historia fantasmática” —la que nos contamos sobre quien somos para seguir queriendo algo en la vida—, alrededor de la cual nos habíamos organizado hasta ahora.
La sensación suele ser la de una depresión que lo flipas. Pero también la oportunidad de despojarse de ese vestido que hemos sentido como una identidad, para dejar paso, poco a poco y muy progresivamente, a otros más adaptados a este contexto.
Y esto es lo que me conecta también con ciertas afirmaciones esotéricas que por algo, parecen interpelar a muchas personas. No porque sean demasiado crédulas o estúpidas, sino porque conectan fenomenal con la experiencia de su vida. En ese estado de conciencia, en el que el yo se disuelve, no es extraño que uno sienta que es el destino, los dioses, los espíritus o el karma, quienes me han enviado esas mierdas, para hacerme “aprender y evolucionar” en la vida.
No es esoterismo. Es una experiencia profundamente humana.
Sencillamente, hay estados de conciencia —repito— que nos hacen más sensibles a determinados aspectos de la realidad. O que nos podrían ayudar a construir la realidad que necesitamos.
Y eso no nos hace más débiles, sino en muchas ocasiones más vulnerables y humanos.
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Para seguir explorando:
Jung, C. G. (2009). Arquetipos e inconsciente colectivo. Paidós.
Hillman, J. (1998). El código del alma. Martínez Roca.
Bruner, J. S. (1991). Actos de significado: Más allá de la revolución cognitiva. Alianza Editorial.
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Gorka Saitua | educacion-familiar.com
