La fortaleza

[…] Mis muros no nacieron con piedras. Tampoco con zanjas que hiciesen las veces de cimientos. Nacieron de la invasión y la impotencia. […]

Estoy orgulloso de las fortalezas que he construído durante 46 años. 

No hablo de fortalezas como recursos o capacidades, sino como murallas que impiden que ciertos poderes accedan a mis vulnerabilidades. 

Muros de concreto reforzado, sumamente eficaces contra el enemigo en tiempos de guerra. 

Lo que quiero contarte hoy, hija mía, es la historia de esos muros. No para que tú hagas lo mismo, sino para que podamos colocar, juntos, algunas cosas en perspectiva. Porque hay algo muy injusto que hacemos mucho los adultos con las niñas y niños, y que yo, sin duda, estoy haciendo contigo: pediros que actuéis hoy, con 8 años, como si tuviérais los recursos que algunos hemos tardado en construir toda una vida. 

Mis muros no nacieron con piedras. Tampoco con zanjas que hiciesen las veces de cimientos. Nacieron de la invasión y la impotencia. 

Siendo un granjero solitario en la estepa, escuchando el reverberar de los cascos de los caballos de los Hunos. 

Esa sensación de terror y de insuficiencia. De ser incapaz de proteger mi territorio frente a la barbarie humana. 

Metafóricamente, mis tierras fueron repetidamente saqueadas. Las hordas de enemigos tiraron en repetidas ocasiones la puerta de mi casa, se comieron mi comida, mataron a mis animales y vulneraron en lo más precioso a mis seres queridos. Y yo me quedé mirando, sin hacer nada. 

No sabía, ni podía hacer nada. 

Se repitió el desastre muchas veces. Y volví a ver como ardía mi refugio, junto a mis pertenencias. Pero, entonces, empecé a vislumbrar un plan: haría algo aunque el enemigo me destrozara. No iba a quedarme quieto. 

Poco a poco, noche tras noche, cuando la faena estaba hecha, empecé a planificar una estrategia. Hice planos, sopesé los materiales que necesitaba con los que tenía, y empecé a fraguar una idea: la idea de una fortaleza que, con sumo esfuerzo, nadie pudiera derribar, aun si Atila o Gengis Khan vinieran. 

Uno convierte en soportable esa situación cuando tiene estos proyectos en la cabeza. 

Y creo que tú andas ahora por aquí, justo en este punto donde comienza la faena. Sabes que la tarea es formidable, que necesita tiempo y esfuerzo. Pero ya no se ve como imposible. 

Un día, coloqué la primera, la segunda y la tercera piedras. La muralla no existía. Los enemigos seguían invadiendo mi territorio. Mis animales temblaban sabiendo que yo no les protegía. Pero luego coloqué la cuarta, la quinta y la sexta. Durante muchos años, la muralla no se interpuso contra los agresores, pero día a día aumentaba su altura, su grosor y su consistencia. 

Hace 5 años regresó ese mismo ejército, con flechas ardientes para quemar, una vez más, mis cosechas. Había un hueco en la muralla con forma de puerta. Lo sellé con 3 bloques, colocando el último cuando veía las espadas asomar por el horizonte. 

Ese día, los guerreros chocaron rabiosos contra la piedra. Intentaron derribarla, me insultaron, me amenazaron de muerte, y finalmente se retiraron, dejando tras de sí un majestuoso silencio. 

Los animales me miraron asombrados. No porque yo fuera especial, ni más capaz que nadie, sino por lo que había construído con esfuerzo: un espacio seguro, con puertas que se abrían para quien acudía con buena fe, pero cerrado a cal y canto para quien quisiera introducir en él su miseria. 

Estaban orgullosos de mí y de lo que había hecho. 

Desde entonces, vivo mucho mejor. Ya no tengo miedo a la noche, ni a los monstruos de la estepa. 

Pero, cada vez que siento que esos mismos bandidos pueden arrollar, te exijo que actúes como si tú ya hubieras construído un castillo a tu medida. Te exijo que tengas terminada, con 8 años, la obra que a mí me llevó más de 40 años de mi vida. 

Eso es injusto y violento, y me convierte a mí en parte de esas hordas salvajes y desconsideradas. 

En el mismo peligro del que tendrás que protegerte, con tu propio muro, llegado el día. 

Pero, pasado el miedo que siento por ti, quiero que sepas que también sé algo. Sé que tú también haces planes donde te sientes insuficiente. Y sé que es posible que hayas cavado una zanja y colocado las primeras piedras. Sé que ahora parece imposible que esa estructura te pueda proteger, porque yo sentí algo parecido en ese mismo momento de mi vida. Pero también sé que vas a persistir con la tarea. 

No construirás fortalezas como las mías. No vives en el mismo lugar, ni te enfrentas a los mismos enemigos. Pero estás en el proceso de hacerte más fuerte, no por lo que eres, sino por lo que empiezas a construir con sudor, sangre y lágrimas. 

Y algún día, tus enemigos golpearán con un muro infranqueable. Tus animales estarán a salvo. Y tú podrás vivir más tranquila. 

O quizás te mudes a un lugar más cálido y seguro, resguardado por montañas, o por otro ejército de personas amables, que te protejan como te mereces, sin necesidad de estar tan sola ni de ser tan protagonista. 

O puede que les enseñes a ellos a construir más y mejores muros frente a las amenazas que les acechan. 

Hagas lo que hagas, estará bien. Esta no es mi vida, sino tu historia. Y nadie tiene derecho a decirte cómo debes vivirla. 

Entonces, quizás yo no esté, y no pueda verlo. El tiempo es la condición que hace formidables algunas decisiones, relaciones u obras de ingeniería. Pero ten por seguro que, allá donde esté mi recuerdo, te guiñaré un ojo y brindaré por la paz que has logrado por ti misma. 

Gorka Saitua | educacion-familiar.com

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