Un cuento especial

[…] —Sí, Amaia. Su magia. Es un cuento cargado de magia. De una magia que no podemos predecir ni controlar, porque tiene vida propia. Pero descuida, no te apures, que siempre opera para bien, en positivo. […]

—¿Sabes? —dijo su aita—. Tengo una cosa para ti. 

—¿Una cosa? —respondió ella con ilusión; adoraba las sorpresas. 

—Sí, una cosa muy especial. Algo que es mejor que un regalo. 

Se quedó confundida. ¿Qué podía ser mejor que un regalo? Seguro que no era algo de comer. Su padre sabía que ella prefería los regalos. Tampoco podía ser una mascota. Ya tenían un gato al que adoraban, pero tenía claro que no era posible que tuviera un compañero…

Amaia se tumbó en la cama, miró hacia el techo en el que brillaban planetas y estrellas fosforescentes, y esperó la noticia. Pasaron un poco de tiempo en silencio, pero se le hizo muy largo. Parecía que su padre disfrutaba haciéndola esperar, con toda esa ilusión y esos nervios dentro. 

Finalmente, le exigió: 

—Pero ¡cuéntamelo ya!

—Vale —respondió su padre—. Te lo voy a contar, pero quiero que me prestes toda tu atención. Toda, ¿de acuerdo?

—De acueeeeeeeeerdo… —respondió apretando las cejas. 

—Te voy a contar un cuento. 

Amaia sintió un pinchazo de frustración. «¿Otro cuento?», pensó, «Si eso es la sorpresa, menuda mierda.»

—Pero éste no es un cuento como los que te he contado hasta ahora —continuó su padre, que parecía haberle leído la expresión de su cara y su pensamiento—: es un cuento especial. 

—¿Por qué es tan especial? —preguntó la niña. Muy a su pesar, su padre había sabido captar su atención de nuevo. 

—Es muy especial por muchos motivos. No puedo contártelos todos. Eso lo tendrías que descubrir tú —y añadió con tono muy solemne—: de no ser así, podría apagarse su magia. 

—¿Su magia? 

—Sí, Amaia. Su magia. Es un cuento cargado de una que no podemos predecir ni controlar, porque tiene vida propia. Pero descuida, que siempre opera para bien, en positivo. 

Amaia no entendía nada. Era un hombre muy racional: siempre le había explicado que la magia no existe. Sin embargo, ahora estaba hablando de ella como una realidad con la que se relacionaba a menudo. ¿Qué estaba pasando?

—Es un cuento diferente, porque, a diferencia de otros cuentos, todavía no está escrito. Y no acontece en un país y un tiempo lejano, sino en el interior de tu mente. 

—¿Quéééé? —ahora sí que no entendía nada. ¿Cómo se podía contar un cuento que no está escrito? Sintió como su corazón se abría para recibir algo increíble. 

—Ponte cómoda, anda. Cuando lo escuches, podrás responder a todas tus preguntas. 

Amaia se tumbó en la cama. Se tapó con la manta y se acomodó la almohada. La luz era suave, la temperatura agradable y todo su cuerpo vibraba de curiosidad hacia lo que llegaría. 

Su padre cogió su peluche preferido, y se lo puso en brazos. 

—Toma, para que te acompañe —y dio a ambos un beso. 

Asintió como diciendo “venga, dale ya, no fastidies”. 

—Una vez, hubo una niña que no podía hablar en el colegio —empezó—. Lo intentó un montón de veces, pero no le salían las palabras. A pesar de saber hablar super bien, no conseguía comunicarse ni con su profesora, ni con sus amigas. 

A Amaia se le puso un nudo en el corazón. Era lo mismo que había vivido hace algunos años ella misma. 

—Era una situación terrible —continuó él—. Si le pasaba algo, no podía pedir ayuda. Pero, quizás, lo peor de todo, es que se sentía más pequeña que los demás. Incapaz de hacer las cosas que eran naturales e incluso fáciles para las otras niñas. “Todos pueden, menos yo”, se decía. 

Tragó saliva. Este cuento no le estaba gustando nada. Pero decidió darle una oportunidad, a ver cómo terminaba. 

—Esa niña intentó una y mil veces hablar. Quería ser como las demás, pero la vergüenza le podía. Y, cada vez que fracasaba en sus intentos, se veía más y más pequeñita, hasta el punto de que, a veces, sentía que desaparecía. 

Amaia lanzó un par de pataditas, inquieta. No quería estar ahí. No le gustaba nada. Entonces, la historia hizo un giro: 

—Hoy, esa misma niña ha actuado por segunda vez en un escenario, bailando y disfrutando del momento. El teatro estaba lleno, y todo el mundo ha aplaudido. Y yo, que estaba entre el público, la he visto espléndida y segura en algo que, a muchísimas personas pequeñas y adultas, les genera un miedo tremendo. 

El corazón de Amaia sonrió. Sus piernas se acomodaron. 

—Y eso no sólo lo he visto yo. Lo ha visto también tu madre, tu abuelo y tu abuela. Y, ¿sabes quién más estaba?

—No… —respondió Amaia, abrumada. 

—Su antigua profesora. 

—¿En serio? ¿Estaba?

—Sí que estaba. Y, ¿sabes lo que le dijo a su madre?

—No —respondió Amaia; pero sus ojos rogaban una respuesta.

—Que era im-pre-sio-nan-te cómo se la veía. Que brillaba con luz propia. 

Su padre hizo un silencio para que ella pueda degustar sus palabras. Disfrutar de ellas. 

—Esa misma niña, que no era capaz de hablar hace dos años, ahora habla Euskera. ¿Te lo puedes creer? ¡Euskera! Uno de los idiomas más difíciles del mundo, y que ella, al contrario de otras niñas, nunca ha hablado en casa. Y su profesor está encantado. Flipa con ella. Se da cuenta de su esfuerzo y de su valentía, porque sabe acerca de su historia, y de los esfuerzos que ha tenido que hacer para llegar hasta donde se encuentra ahora. 

Amaia sentía que algo se relajaba en su corazón. Era como si su pecho se abriera al amor y el reconocimiento del mundo. ¿Sería esa la sensación que deja en el cuerpo la magia?

—No sólo eso. También lee estupendamente. Y cada vez se entera más y mejor de lo que se dice en clase —continuó su padre—. Cuida de sus amigas fenomenal, y las protege. A pesar de las cosas terribles que les puedan pasar, y del dolor que le genera su tristeza o su sufrimiento, siempre está ahí, para lo que ellas necesitan. Porque es una niña sensible con acceso a su luz interior, a pesar de todo lo vivido. 

—Es mi historia… —murmuró Amaia. 

—En efecto, es tu historia. Pero es una historia de la que sólo se ha escrito el comienzo. Y es un comienzo impresionante para tu vida. Pero, Amaia, déjame que te haga una propuesta. Y lo que te voy a pedir es justo lo que hace este cuento especial, mágico, vivo y maravilloso. 

—Claro, dime.

—Escribamos algo juntos. 

—Escribir, ¿cómo?

—Imagina, por un momento, que esas dos niñas se encuentran. Ya sabes, la niña que se congelaba y no podía hablar, y la que bailaba orgullosa ayer, y a la que tantas personas aplaudían. Imagino que la primera no se atreve a decir nada; pero la segunda ya habla estupendamente bien. Podemos dejar, entonces, que le diga las cosas que sabe que son verdad, y que esa niña no sabía cuando lo estuvo pasando tan mal en la Ikastola. 

—¿Cómo qué?

—No sé, díselo tú. A fin de cuentas, tú eres ahora esa niña que tanto ha logrado. 

Amaia se quedó pensando. Seguro que le iba a costar mucho. 

—Me gustaría decirle que no se mereció pasar por todo eso. 

—Veo que el hielo de la niña que no habla empieza a descongelarse —apuntó su padre— . Caen gotas de agua que mojan el suelo. Creo que vas bien por ese camino. 

—También que todo lo horrible ha pasado. Que ha logrado vencer a la vergüenza. Que no se olvide de eso.

—Veo que ha roto el hielo ¡crash! apretando con los brazos. Ahora está respirando con fuerza, a cuatro patas en el suelo. Parece agotada por el esfuerzo. 

—Que es impre… —sintió un fuerte nudo en la garganta—. Que es impresionante lo que ha logrado. Que fue muy duro iniciar el cole en una situación de desventaja, pero que ha conseguido alcanzar en casi todo al resto. 

—Veo que nos mira a los ojos. Quiere más de nosotros. 

—E incluso, en algunas cosas, a superarlos. 

Fue decirlo, y Amaia se echó a llorar. Era una verdad que nunca se había atrevido a nombrar. Y ahora la había expresado profundamente orgullosa. 

A su Aita se le habían humedecido también los ojos. 

—Veo —añadió con voz temblorosa— que la niña se empieza a levantar. Casi pudo sentir como la sangre llena de nuevo sus músculos. Siento cómo le llega la fuerza y da solidez a sus huesos. 

—Quiero decirle, también, que ahora se ve claro que todo lo que le pasó no fue porque era menos que los demás, sino porque era una niña extremadamente sensible. Y que ser sensible no es un problema, sino un superpoder que se aprende a manejar con mucho tiempo. Quiero que sepa que ahora estoy súper segura de ello. 

—Veo que su columna se pone recta. Saca pecho. Está abriendo los brazos despacio, con seguridad, ocupando cada vez más y mejor su espacio. 

Sin darse cuenta, Amaia empezó a hacer el mismo movimiento. 

—Hazlo, Amaia, no te cortes. Acompáñala en esto. 

Amaia abrió los brazos todo lo que pudo. Y, al hacerlo, sintió como se ensanchaba toda su figura, y con ella lo más profundo y bonito de su pecho. 

—…Eso es, libérala. Sabes que puedes hacerlo. 

—Quiero decirle que ella soy yo, que somos la misma persona —dijo, entonces, Amaia, con mucha fuerza—. Que no se olvide. Que sin su sensibilidad, su valor y sin su coraje, nunca hubiésemos llegado a esto. Que la valoro y la quiero. 

No hizo falta que su padre le dijera nada. Amaia vio como la niña que había estado congelada, ahora gritaba al viento. Y con ese grito desgarrador, comenzó a arder. Y  todo el mundo tembló bajo sus pies, consciente del poder que había estado años atrapado en el hielo. 

—¿Te viste ayer, en el escenario? —le preguntó, Amaia. 

—Y la niña, todavía ardiendo, abrió hacia ella los brazos. 

Amaia fue hacia ella. No había nada terrorífico ni peligroso en ese fuego. 

Gorka Saitua | educacion-familiar.com

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