Las multiplicidad en las relaciones: un temazo

[…] la mente de las personas no es una unicidad, sino una multiplicidad: está compuesta por partes que, como veremos, tienen sus propias cargas, su propio legado, su propia autoestima y diferentes modelos de relación con otras partes con las que mantienen alianzas o conflictos. […]

Uno de los grandes errores de las y los profesionales que trabajamos con familias, es concebir las relaciones como entidades monolíticas. Es decir, entender que una persona y otra están conectadas por un modelo de relación que, si bien puede cambiar, tiene una sola “esencia” en cada momento. 

Por ejemplo, hablamos de que entre una madre y un hijo hay una relación “distante y hostil”, o de que, la relación entre un padre y una hija se caracteriza por la “fusión”. 

Sin embargo, la naturaleza de las relaciones no suele ser ésta, casi jamás. Éstas son mucho más complicadas, porque la mente de las personas no es una unicidad, sino una multiplicidad: está compuesta por PARTES que, como veremos, tienen sus propias cargas (lo que les pesa), su propio legado (lo que supuestamente se espera de ellas), su propia autoestima (la mirada que vuelcan sobre sí mismas) y diferentes modelos de relación con otras partes con las que mantienen alianzas o conflictos. Y es a través de estas “partes” como nos relacionamos con las “partes” que otras personas colocan, también, en el terreno de juego. 

Recuerdo un momento muy malo de nuestra vida. Nuestra hija lo estaba pasando francamente mal y, como respuesta a su sufrimiento, activé una parte protectora a la que vamos a llamar “el profesional”. Como todas las partes protectoras, este profesional que  venía a salvarnos del horror, acumulaba enormes CARGAS: sentía que, si fallaba, sería rechazado y abandonado en el mundo. Sería el final para mí, y me llevaría a la niña conmigo. No se podía permitir errores de ningún tipo. También sentía presiones por parte de un LEGADO: estaba muy conectada con la idea, mamada desde la infancia, de que “hay que ser alguien en la vida”. Tenía la AUTOESTIMA muy dañada, porque otras partes siempre la habían señalado como un fraude, porque veían o entendían que estaba al servicio del orgullo, y no estaba tan conectada con la compasión como le gustaba presumir ante el mundo. Y al aparecer, ahí, desesperada, revolviéndolo todo, también aparecía el contrapeso de otra parte, a la que llamaré el “crítico interno”, algo así como un señor de hacienda, frío y cortante, que le afeaba actuar de manera ansiosa y todos sus errores, del pasado, del presente, y los que iba a cometer en el futuro. 

Y muchos espectadores que, a menudo, murmuraban entre ellos. 

La movida es que mi hija estableció —como otras hijas e hijos de padres que sufren—, al menos, una doble relación conmigo. Cuando aparecía yo mismo, de manera más o menos natural, quería permanecer en el contexto de la relación, refugiarse, divertirse y explorar el entorno. Pero cuando aparecía “el profesional”, repito, con sus cargas, legado, autoestima dañada y las partes que, a su vez, lo atormentaban, todo cambiaba al momento: ella no quería que se le acercara ese padre que, intuyo, le obligaba a reconectar con sus mierdas y, también, a reconocerse o identificarse como “un problema”. 

Una de las grandes dificultades que se dan cuando aparecen partes tan cargadas y en conflicto, es que están tan cargadas de intensidad que se llevan casi todos los recursos de nuestra memoria, y acaban copando el relato de nuestras vidas. Como dice F. Javier Aznar Alarcón, a quien admiro mucho: “a veces, el problema no es el problema, sino el hecho de que hayamos hecho del problema el tema de nuestra vida”. Y añado yo que no es por estupidez, dejadez, o falta de voluntad, sino porque las partes que sufren necesitan demasiados recursos para sostenerse con esas cargas y conflictos. Se convierten en las únicas escritoras de un relato cuyo tema principal e inamovible es el sufrimiento. 

Entender, por tanto, que las relaciones son una multiplicidad —al igual que la mente—, ayuda mucho a poner en su lugar las cosas. Porque no es lo mismo decirse “estoy estropeando las cosas con mi hija, y no puedo ponerle freno”, que decirse “ha empezado a tomar el control una parte de mí demasiado cargada, y en conflicto con otras partes de mí mismo”. Con la segunda afirmación, se abren nuevas oportunidades para enfrentar el problema. Por ejemplo, podemos tratar de descargar a esas partes tan alteradas, cuidar de las que reaccionan a ellas, o cultivar el diálogo entre partes en conflicto; entablar un diálogo compasivo y curioso con las partes de la otra persona que generan tanto impacto en nosotras y nosotros; pero también entender que esa relaciones modelo de relación que nos atormenta, no es la única experiencia que tienen nuestras hijas o hijos con nosotros. Y eso lo coloca todo en otro lugar, desde el que se pueden ver las cosas con cierta perspectiva. 

Fácil no es, claro. Pocas cosas hay fáciles cuando se trata de la relación con nuestras hijas e hijos. Ya sabéis que en este espacio no solemos confiar en las soluciones milagrosas que operan como píldoras mágicas. Pero debemos ser conscientes de que, cuando las personas sufren mucho, sufren de verdad, un pequeño cambio puede despertar una esperanza que lidere todo un movimiento. 

Coño, menuda frase. 

Me la quedo. 

Lecturas relacionadas: 

AZNAR, F.J. (2019). La restauración de la competencia narrativa del trauma. Análisis de un caso. Fundación Meniños. Universidad de A. Coruña. (Descargable en internet).

SCHWARTZ, R.C. (2015). Introducción al modelo de los sistemas de la familia interna. Barcelona: Eleftheria

WHITE, M. y EPSON, D. (1990). Medios Narrativos para fines terapéuticos. México: Paidós

Gorka Saitua | educacion-familiar.com

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