El problema de la calma

Sentir no está reñido con dar una estructura a las niñas y niños. Sentir no lleva necesariamente al caos, sino todo lo contrario: cuando una persona siente y se deja sentir, está generando una impronta sobre la que construir con solidez. 

Me cago en el pavo (o la pava) que dijo que las rabietas o cristos con las hijas y los hijos hay que enfrentarlos desde la calma. 

Qué daño ha hecho el gilipollas. 

Para mí que fue uno de estos psicólogos con cara de seminarista, o una de estas psicólogas con olor a monja, que siguen pregonando los valores de la antigua España, en la que los poderes públicos besaban sumisamente la mano de la más rancia Iglesia Católica. 

Hala, dónde vas. 

Sí, seres de luz que pasan de puntillas sobre las injusticias. Que no se enfadan, porque están a otro nivelón. 

Porque, no me digáis que no, a veces, las maneras de determinadas personas descubren los valores que motivan su comportamiento. 

Pero no quiero seguir por ahí, que creo que se me está yendo la castaña. 

Sea como sea, nos seguimos tragando que existe una dicotomía entre lo racional y lo emocional, y que lo primero debe superponerse a lo segundo, porque sólo así se actúa de manera racional, libre o superguay. Y no terminamos de entender que toda comunicación comienza (y termina) por el canal de las tripas, que es dónde se manifiesta, siente y expresa todo lo que tiene que ver con la seguridad. 

Y que, coño, no está bajo nuestro control. 

Porque, ¿qué pasa cuando un chaval está a hostia limpia con las puertas, cagándose en todo lo habido y por haber, y tratamos de acercarnos desde esa calma que pregonan personajas y personajes que siguen entendiendo que la ira es como un fuego a apagar?

Madre de Dios.

Puede que lo consigas —aunque lo dudo bastante— y que él sienta que estás en otro plano de la realidad, pasando de él o conectado sólo con tus mierdas, lo que le va a cabrear aún más. O puede que no lo consigas y que, con tu esfuerzo, te traslades a un estado más vagal dorsal (desconexión, bloqueo o colapso), en el que empieces a ver la escena como una peli y a ti mismo (o misma) como un personaje secundario sobre el que no tienes control. Y eso, también, lo va a percibir ella o él, que sentirá, si cabe, más que su mensaje no te llega y que, por tanto, debe incrementar más su mala hostia para que te des por enterao. 

Con el agravante de que te has metido en un pozo del que es muy jodido salir. Y ya me dirás tú qué es lo que eso provoca en las personas a las que quieres y que también captan esa muerte en vida en la que te has atascado, y en cómo sus reacciones, a su vez, te afectan a ti durante ese bajón. 

La aspiración a la calma, amigas y amigos, es esencialmente paradójica: cuanto más la deseamos o más nos esforzamos para acceder a ella, más se nos escapa. Y cuanto más nos reprochamos no haberla logrado, más se oculta a la vista, en un ciclo sin fin. 

Ya sabéis que la mente es muy complicada y que no hay recetas para todo el mundo, pero oye, cuando alguien está jodido, realmente jodido, lo que necesita es que quien acompaña sienta algo parecido a lo que siente ella o él. En parecida intensidad. Es decir, que se putoausente de la calma y reaccione como el ser vivo que es. Porque pocas cosas hay más chungas que estar bien puteado y que nadie se percate (o se quiera percatar) de todo ese dolor: es la más absoluta soledad. 

Y es que lo contrario del sufrimiento no es la calma, señoras y señores, sino la SEGURIDAD. Es decir, sentir lo que haya que sentir pero con la certeza de que no nos va a sacar del eje, manteniendo la conexión. Y si llega la calma, cojonudo, sobre todo, si queremos pasar un día en la playa; pero si no llega, también. 

Eso sí que es la hostia. Que alguien se acerque a nuestro dolor sintiendo lo que nos pasa, pero con la capacidad de estar presente, en lo que nos pasa a nosotras y nosotros, y en lo que se le remueve por dentro a ella o a él. 

Y, para ello, toca darse permiso para sentir. Toca arriesgarse a perder los papeles, a hacerlo como el ojete, una actitud que paradójicamente nos facilitará arreglar el estropicio cuando la hayamos liao. Y eso es justo lo que necesitan las personas que sufren, adultas y niñas: no tanto que actuemos de manera perfecta (como curas y monjas que responden a un mundo de fantasía), sino que estemos disponibles para la reparación. Pero, para ello, tenemos que priorizar la frescura, el movimiento de nuestro sistema nervioso autónomo, el flujo de la comunicación… 

Justo lo que no muestran los fantásticos vídeos de padres que acompañan rabietas en los vídeos de Instagram, mirando desde otro planeta cómo su hija se retuerce de dolor, y que andan en busca de Likes y follar. Y que una sociedad disociada premia con el aplauso popular. 

Porque, oye, se puede estar suficientemente bien sintiendo en el propio cuerpo el dolor de la gente a la que queremos, y eso es justo lo que suelen necesitar para no sentirse solas y solos en lo que les pueda llegar. 

Cosas todas ellas que las y los profesionales —sobre todo las y los que curramos con gente que lo pasa especialmente mal— destruimos repitiénonos que somos cojonudos, porque hemos “aconsejado” bien. 

¿Aconsejado?

¿Pero qué me estás contando?

¿De qué palo vas?

Puaj.

Recuerda, no hay pautas que ayuden, sino sistemas nerviosos que pueden re-sintonizarse para gestionar el sufrimiento y el dolor, e historias que pueden dar sentido y preservar esa conexión. 

Viva y viva mil veces los padres y las madres que pierden la calma, entre otras cosas, porque no han renunciado a la conexión.  

¡En mi equipo! 

Manos arriba, con orgullo. ¡Ya!

Gorka Saitua | educacion-familiar.com

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